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A concurso

¿Conoces a Mary?

Luís Duro

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¿Quién no ha conocido a personas que han marcado un antes y un después en sus vidas? Maestros o maestras que aparecen, están durante algún tiempo con nosotros y nos dejan sus enseñanzas. Personas que suponen un punto de inflexión a partir del cual todo toma un rumbo distinto. Y no me refiero a aquellas que consideramos importantes en nuestras vidas, sino a aquellas que con, tan solo, unas charlas, unos consejos o, simplemente, unos buenos polvos, rompen nuestros esquemas y nos transforman la manera de ver las cosas para siempre. Todos podemos ser esas personas para otros. De hecho, de una forma o de otra, todos somos el detonante de cambios importantes en la vida de alguien, aunque nunca lo lleguemos a saber.


Ella fue una de esas personas en mi vida. Le gustaban los hombres, como concepto. No es que no le gustaran las mujeres, es que tenía verdadera admiración por el sexo masculino; una suerte de complejo de Electra elevado a la máxima potencia. Era rubia, tenía la cintura estrecha y unos pechos exuberantes que hacían difícil no reparar en sus curvas nada más mirarla. Una pequeña cicatriz adornaba su labio superior y hacía su cara más sexy, más deseable.Vestía a menudo camisas blancas, que por la zona de sus pechos se comprimían, y hacían presagiar que el botón que coincidía con su canalillo iba a saltar por los aires en cualquier momento.


Apareció, como por arte de magia, en un aperitivo de domingo. Tomábamos cañas en uno de los bares de la calle Juan Bravo, cuando, nadie sabe cómo, se unió a la conversación. Todos nos mirábamos preguntándonos de dónde había salido semejante mujer. Nos dijo que se llamaba Mary. Tenía aspecto de ser la típica niña pija del barrio de Salamanca. Tras hablar un buen rato dentro del grupo, nos fuimos quedando, los dos solos, en una animada charla. Con cada cerveza que bebíamos, la conversación subía de tono y su personalidad comenzaba a sufrir una mutación; algo así como si Dr. Jekyll se estuviera convirtiendo en Míster Hyde


—¿Me acompañas al baño? —me preguntó, en el momento en que la conversación estaba en su punto álgido.


—¿No sabes por dónde es? —pregunté inocente.


—Tú, ven —dijo, con cara de traviesa.


Un ligero escalofrío recorrió mi espalda y me hizo saltar del taburete como impulsado por un muelle. Mientras caminábamos hacia el baño no podía dejar de mirar su cintura, y su culo, que se movía de un lado al otro como un péndulo, hipnotizándome y haciéndome perder el oremus.


—Entra —ordenó.


Entramos en el baño de mujeres y comenzamos a besarnos de forma salvaje. Nuestras lenguas luchaban y se entremezclaban locamente. Comenzó a desabrocharme la cremallera del pantalón y, con una destreza extraordinaria, sacó por ella mi pene que, en ese instante, ya caliente y duro, preparaba su momento. Sin mediar palabra, se remangó la falda, se agachó y comenzó a chuparlo con fruición.


—¿Te gusta cómo lo hago? —preguntó, mirándome con ojos lascivos.


—Sí, me encanta…


—¿Quieres que pare?


—¡Ni se te ocurra!


De pronto, comenzaron a sonar golpes en la puerta. Parecía que estábamos formando una hermosa fila.


—¿Quieres dármelo todo, o quieres irte así? —susurró sonriéndome.


—Joder, quiero dártelo…—respondí contenido.


—Pues dámelo en mi boca o, si no, paro.


Aquellas palabras fueron el detonante de un increíble orgasmo. Comencé a sentir enormes contracciones en mis genitales, mientras ella se aferraba a mi pene con su boca y su mano, sin soltarlo ni un momento. Sentía cómo salía mi semen a borbotones y cómo se llenaba su boca de mi espeso líquido. No sé si fue el morbo, o su forma de hacerlo, pero aquel momento dejó en mí una huella indeleble. Una vez terminaron mis espasmos, se levantó, acercó su cara a la mía, abrió su boca para enseñarme todo lo que había eyaculado dentro de ella, y, mirándome a los ojos, se lo tragó. Se relamió deleitándose y señaló lo evidente:


—Vamos, creo que estamos formando una hermosa fila.


Salimos ante la mirada perpleja de cinco chicas, y entre las sonrisas y los comentarios de algunas de ellas.


—¿Un apretón, chicos? —comentó la más simpática.


—Perdonad, chicas, teníamos una urgencia —dijo Mary con una sonrisa.


—Menuda urgencia, guapa —contestó otra con retintín.


Nos unimos de nuevo al grupo y nadie se percató de aquella fugaz escapada.


Y así es como comenzamos a vernos regularmente. Tanto si quedábamos con amigos, como si lo hacíamos solos, llegaba un punto de la noche en el que, con unas cuantas dosis de alcohol, terminábamos teniendo sexo en los baños, en la calle o en el ascensor; siempre antes de llegar a casa. Las furtivas felaciones de Mary eran de lo más excitantes. Le encantaba hacerlas por dondequiera que fuéramos, en cualquier momento en el que nadie pasara. Le gustaba el morbo, el juego, la seducción. Cierto día, durante una cena en mi casa, me dijo que tenía un regalo para mí. Me sentí intrigado y quise saber qué era:


—Bueno, es para que me lo ponga yo —aclaró—, pero tú vas a ser quien más lo disfrute. Creo que te va a gustar —afirmó y acercó una frambuesa a mi boca.


—Dámelo cuando quieras.


—Abre la boca —ordenó—. No tengas prisa, cada cosa en su momento…


En ese instante, deduje que sería un modelo sexy de lencería. Me encanta la sensación de comenzar a desnudar a una mujer y encontrar que se ha vestido para ti, que, debajo de su apariencia normal, se esconde un maravilloso ser sensual dispuesto a tener una apasionada sesión de sexo.


Comenzamos a besarnos. Desabroché dos botones de su camisa y contemplé su canalillo, que producía un efecto inmediato en mi cerebro. Era como una droga que me narcotizaba y me excitaba de forma irracional. Impulsado por una fuerza arrolladora, rasgué su camisa; varios botones salieron volando por los aires, y comencé a besar sus pechos con ansiedad. Su sujetador lleno de encajes desataba mi lujuria. Continuamos desnudándonos hasta que ella se quedó con su lencería y sus tacones. Solo le faltaba quitarme el bóxer, cuando, muy despacio, comenzó a arrodillarse, al tiempo que recorría con su dedo índice desde mi boca hasta mis genitales. 


—Me encanta que se ponga así —decía y apretaba mi pene con su mano, mientras lo chupaba y lo mordía a través del slip. Al instante, comenzó a bajarme el bóxer y, sin tocarlo con sus manos, introdujo mi pene lentamente en su boca.


Me deshacía de placer mirando cómo realizaba cada movimiento, me desarmaba tanta iniciativa.


—Ahora túmbate, quiero comerte el culo —aquella voz hacía que accediera obediente a cualquiera de sus órdenes.


Al tumbarme, me abrió de par en par con sus manos y comenzó a lamerme el ano. Su lengua redondeaba su contorno y se introducía unos centímetros dentro de él. Aquellos anilingus de Mary fueron un antes y un después en mi vida sexual.


—¿Quieres tu regalo? —me sorprendió con la pregunta.


—Pensé que esto era mi regalo.


—No, cielo.


—Joder, pues me ha encantado, aunque no lo sea.


—Creo que voy sabiendo lo que te gusta —dijo con picardía—. Espera un momento que me lo voy a poner. —Se levantó de la cama y sacó de su bolso un arnés de cuero, que se comenzó a abrochar por la cintura.


—¿Qué es eso? —me intrigué.


—Se llama strap-on, y es con lo que te voy a follar.


—Uy, uy, uy, espera, espera...


—No te preocupes. Sé que te va a encantar.


Comenzó a llevar la hebilla hacia la espalda. Por la parte delantera apareció un pene negro de goma que simulaba una hermosa erección.


—Este es tu regalo —declaró triunfante—. Te voy a follar el culo.


—¡Joder, qué regalo!


—A ti te gusta follarte el mío, ¿verdad? Pues yo quiero que tú disfrutes exactamente lo mismo que lo hago yo. Y yo, sentir lo mismo que sientes tú.


—Vale —concedí vacilante—. Pero hazlo despacio.


—No te preocupes que me lubrico. Sé que te va a gustar. Estoy deseando metértela hasta el fondo —me susurró al oído.


 Lubricó su pene negro, me lubricó a mí, y comenzó a introducirlo lentamente.


—¿Te duele?


—Un poco… Pero sigue.


—Sabía yo que te iba a gustar que te metiera una buena polla —me dijo con voz de estar disfrutando de lo que hacía.


 Poco a poco el dolor fue dando paso a un enorme placer. Me producía morbo escucharla hablar con tanta seguridad.


—No sabes cómo me pone follarte el culo, cariño.


—Un poco más despacio —imploré.


—No te preocupes, sé muy bien cómo tengo que hacerlo. ¿A que te gusta?


Mary se movía con fuerza, adelante y atrás, mientras su juguete, duro y lubricado, se clavaba una y otra vez dentro de mí.


—¡Dime que te gusta, cabrón! ¡Dime que querías que fuera la primera que te lo follara, que querías que te metiera una buena polla hasta dentro! —gritaba ardiente.


De pronto, el vecino de al lado comenzó a dar golpes en la pared. Las noches con Mary tenían esto, especialmente cuando se corría: que se enteraba todo el barrio. Al principio procuraba taparle la boca, pero con el tiempo llegué a la conclusión de que era inútil. Necesitaba sacar toda su fuerza, y su lujuria, de dentro, y no había forma humana de detenerla. Nunca me ha importado lo que nadie piense de mí, pero aquella noche los vecinos debieron disfrutar, verdaderamente, del show.


A los gritos de unos y otras, se unieron los míos para animar la función. Sin apenas poder llegar a controlarlo, comencé a tener un enorme orgasmo. Mi semen salía sin la fuerza de otras veces, pero cada contracción quemaba mi glande y me retorcía de placer.


—Joder, ha sido impresionante —dije, todavía sin recobrar el resuello.


—Claro, cielo, eso es lo que yo siento cuando tú entras en mí. A mí me ha gustado la sensación de poder que he tenido, ha sido muy potente.


 Así continuamos algunas semanas más. Cada encuentro que teníamos era una nueva sorpresa; cada sesión de sexo, una insospechada aventura.


Pero, cierto día, Mary me dijo que se iba:


—Creo que es hora de seguir mi camino —afirmó.


—¿Ahora? Pero no lo entiendo. Lo pasamos bien, tenemos un sexo magnífico…


—Los hombres no siempre entendéis las cosas que hacemos las mujeres — interrumpió—. No te esfuerces, nunca seréis capaces de hacerlo. Me voy porque hay otros hombres que me necesitan. Yo llegué a tu vida por una razón. Además, con la caída del patriarcado, los cuentos clásicos están cambiando, deberías saberlo.


Esas fueron sus últimas palabras. Me dio un beso y se marchó.


Dicen que los maestros aparecen cuando el alumno está preparado, le dejan sus enseñanzas, y se van cuando el alumno ya no les necesita.


Vagaba pensativo por la calle, sin poder asimilar aquella situación, cuando al introducir la mano dentro del bolsillo de mi chaqueta encontré una tarjeta:


Mary Peppins


Cuando me necesitas, aunque creas que sabes, debo quedarme. Cuando sabes, aunque creas que me necesitas, debo irme.


Me sentía triste y abatido, pero pronto pensé: “hay que ser positivo, me podrían haber tocado Los tres cerditos”. “¡Ay, si Walt levantara la cabeza!”.

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