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A concurso

Shiraz, Cabernet Sauvignon y Merlot

Daniel Malo

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–… ¿Y? –solicitó Sandra, enfundada en su traje de chef, con casaca blanca y pantalón negro.


La muchacha tenía el cabello recogido en una cola de caballo. Andaba cocinando algo que olía suculento desde la estufa. Adolfo estaba sentado ante una barra, sobre un banquito de madera crujiente hasta el hartazgo. Ambos codos los descansaba sobre la barra, y miraba silente a la hacendosa chef.


–… Las cosas pasaron tal y como las soñé en el hotel. Fue un déjà vubastante real –se aventuró a decir el detective Olmos desde su sitio.


Sandra –que estaba concentrada en preparar un par de medallones de res con tocino –, no le prestó mucha atención al detective. Se comportaba como el amante indiferente, que asentía con la cabeza a todo lo que le dijera su pareja, sin realmente pensar.


En cuestión de minutos, la sonriente muchacha se aproximó a la barra con dos platos bien cargados. A diferencia de la velada anterior, en esta ocasión llevaba puestos sus espejuelos con armazón plateado. Puso los cubiertos sobre la barra, junto a cada plato, para después acomodar un par de grandes servilletas.


Déjà vu… Eso sonó muy francés. ¿Y qué fue lo que soñaste…? –empezó a preguntar Sandra.


A Olmos le pareció que la muchacha le hablaba dentro de una tubería gigantesca. El eco de su voz reverberaba dentro de ella con suavidad.


–… Pues soñé con todo lo que hicimos anoche, ¿o ya lo olvidaste? –habló Adolfo. Él escuchó igual su voz, dentro de la tubería.


Sandra Gortari lo miró azorada. Terminó sonriendo nerviosa.


–Guau… Detective Olmos, eres un estuche de monerías… Hasta sabes francés.


En esta ocasión, Adolfo escuchó normal la voz de la mujer. Encogiéndose en hombros, torció la boca, y dirigió su penetrante mirada hacia el exquisito platillo que tenía enfrente.


–… Un viejo conocido mío me comentó que poseo un raro don. Miro cosas que los demás no aprecian, y puedo hablar en cualquier lengua sin darme cuenta… Podría decirse que no hay barreras para mí… A lo mejor por eso fui el mejor de mi generación en la procuraduría –habló él, con cierto desdén en la voz.


–Pues con esas habilidades dejarías de ser pobre –bromeó Sandra, y se sentó ante la barra.


La chica se aproximó una botella de vino. Vertió su contenido en las dos copas que yacían a los lados de los comensales, tres dedos de líquido en cada una. Adolfo posó su mirada en la botella de vino. Descubrió que se trataba del tan mentado Akira. Sin embargo, no percibió en esa botella el fulgor marrón que ya conocía.


–Qué educación la mía. Ni te pregunté si querías vino. Ya lo hago en automático. Perdón –se disculpó Sandra.


Olmos meneó la testa –dejando de lado el desdén –, y lo sustituyó por una transparente sonrisa.


–He de confesarte que soy más de cerveza o tequila, pero si quieres enseñarme, no me resistiré –agregó el invitado de Sandra –. Ahora bien… ¿qué fue lo que preparó para la cena, chef Gortari?


 »Sandra se esmeró en explicarme con lujo de detalles las características del corte de carne, de las especias que usó, y del tiempo de cocción empleado. Y mientras ella se desvivía en explicarme, lo único en que yo pensaba era en cómo me la había jodido la noche anterior, y en cómo tenía ganas de repetir aquellas maniobras. No obstante, esa noche detecté algo en la muchacha… Se veía demasiado ingenua. Es más –para mi sorpresa –, ella no recordaba nada de lo que hicimos, y se sintió sumamente abochornada al momento en que escuchó con lujo de detalles lo sucedido.


»Tomamos vino Akira, y comimos nuestra cena como si fuéramos los grandes amigos. No pasó nada más. Acabada la cena, un beso, un desabrido buenas noches, y fin.


»Caí en la cuenta de que la dama no estaba jugando conmigo. Era un hecho que padecía una de esas extrañas enfermedades mentales de doble personalidad, o algún tipo de laguna mental. Por su lenguaje corporal –y por la forma en que se movían sus ojos –, supe que Sandra era ella misma, y que no había mentiras.


En lo que iba de la noche, no hubo intimidad con Sandra, cosa que frustró sobremanera al detective. Con una ducha bien helada, Adolfo enfrió su pasión, y se fue a dormir. Pese a ello, ese sueño que acaeció en la mente del atribulado detective fue uno lleno de presagios.


En el sueño, Adolfo se movía en un mundo rocoso. No se apreciaban plantas por ninguna parte. Las cosas se veían titánicas, en tanto que él tenía las dimensiones de un insignificante insecto. Y ahí –en medio de imponentes terrones de arcilla seca –reptaba un escarabajo negro. Sudando frío, Adolfo huía del escarabajo, con el mundo siendo un borrón ante sus temerosos ojos. El corazón le palpitaba fuerte dentro de su doloroso pecho, hasta lo sentía en la tráquea.


Luego aparecieron las hormigas rojas, enormes, toda una marabunta. Venían de todos lados, moviendo sus antenas y mandíbulas de una forma amenazadora. No había escapatoria. Y…


Adolfo despertó de repente, sudando a chorros. Temblaba como un nene asustado. Sus ojos tardaron en adaptarse a la oscuridad de su alba habitación, y al hacerlo, el detective descubrió que no estaba solo…


Sandra estaba acostada a su lado, pudo sentir su calor. La dama con cabello de noche estaba entretenida con el erguido miembro de Adolfo, quien de nuevo descubrió que la boca de la mujer púrpura estaba, tan púrpura como el glande del pene.


La chica ya no traía sus gafas.


– ¿Cómo te llamas? –fue lo único que pudo decir Adolfo, sintiéndose un estúpido.


Ella tomó aquella carne, y la relamió sin quitarle la mirada de encima a su presa. Más tarde respondió:


–Ardnas... Ardnas omall em –susurró la mujer en un lenguaje ininteligible, en tanto su desnuda fosforescencia trepó al detective bigotón. Sin titubear, obligó al palpitante pene de aquel hombre a perderse en sus ardientes tinieblas.


Ahí fue donde Adolfo lo supo. El vino hacía que la muchacha adoptara aquella personalidad de mujer fatal.


Conforme lo cabalgaba, Sandra acercó sus escasos senos a la cara de Adolfo. Él se entretuvo con aquellos pezones duros, mordiéndolos y chupándolos hasta irritarlos. Su pene entraba y salía de aquella hendidura rosa, sin piedad o dilación. Sandra no protestaba, sus jadeos arengaban al hombre a que prosiguiera con su faena. Cuando ella sintió que uno de los dedos cordiales del detective acariciaba la entrada de su sudoroso recto, se sonrió de forma malévola, y besó fogosamente a aquel hombre, metiendo la lengua en su boca para no darle oportunidad de que hablara.


Por culpa de lo intenso que era el ritmo de la actividad, la eyaculación de Adolfo no tardó en llegar, y se regó sobre la cama. Sandra dejó de besar a su cautivo, y con ayuda de la sábana, se limpió su entrepierna durante una pequeña eternidad.


–No es justo… No me hiciste venir. Es mi turno –habló la descarada Sandra entre estertores, otra vez con ese eco de subterráneo en su voz.


–… Siéntate en mi cara, y emparejemos las cosas –le dijo él entre dientes a su amante nocturna. La voz de Olmos resonó también en el subterráneo.


¿Hablaban francés de nuevo, o en qué lenguaje? Él no lo sabía con certeza.


Primero, Adolfo metió su pulgar izquierdo en la vagina de Sandra, para sacarlo de inmediato. Después, él obligó a la jadeante mujer a que se sentara en su boca.  Adolfo le metió todo su pulgar humectado a Sandra en el trasero, mientras su lengua se perdía entre los labios vaginales de la escuálida dama.


Sandra tembló de la sorpresa, fue aquel un ataque demasiado violento, no se lo esperaba. Su mano derecha se recargó en la cabecera de la cama. Su mano izquierda sujetó con fuerza la cabeza de su amante, obligándolo a mamarla con vehemencia mientras ella se vapuleaba de manera frenética. Fue tal el esfuerzo aplicado a dicha tarea, que la cabecera del lecho azotaba rítmicamente la pared.


La lengua y el pulgar del detective hicieron su magia. Además, el bigote de Adolfo le hacía cosquillas a Sandra en el pubis. Dicha sensación la abrumaba, volviéndola loca cuando acariciaba su clítoris. Ella estalló, no pudo evitarlo. Gritó sin ninguna resistencia, como si la vida le fuera en ello.


De hecho, Sandra fue un hielo que se derretía en la boca de Adolfo. O al menos eso pensó el ex judicial aguascalentense.


Una vez terminado aquel intenso clímax, Sandra se desplomó sudorosa sobre el lecho, a un lado de su amante en turno, quien no tardó en quitarse de la cara las secreciones de su anfitriona con ayuda de la sábana.


–… Hacía tanto que no me venía así... Mámame toda la noche –ordenó Sandra de forma cínica, y se acomodó bocarriba en la cama.


Olmos chasqueó la lengua. No pudo más que sonreír ante aquel planteamiento.


Otra noche en vela. Sandra iba a matarlo.


Ahora fue el turno de Adolfo de descender a la penumbra de la flaca. Su lengua se perdió de nuevo entre las piernas de la chef, lo cual le otorgó un júbilo que hacía tanto tiempo no experimentaba…


                                                            ***


A la mañana siguiente, Adolfo abrió los ojos, lagañosos y turbios. Miró que estaba solo de nuevo, pero su cara estaba pegajosa. Sonrió sin poder evitarlo.


¡Qué mala suerte tenía con las mujeres!


Puros romances fugaces, un matrimonio acabado en divorcio por infidelidades de la esposa, y ahora un amorío con una mujer de doble personalidad.


¡Qué jodido estaba todo!

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