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A concurso

Blanc de Zinfandel

Daniel Malo

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     Adela González.


  Aquel nombre fue repetido en incontables ocasiones por Adolfo Olmos, a lo que las cabezas de los interrogados siempre giraban hacia los lados en clara negación. Muchos de los presentes no tenían información de la dama. Cuando el sol comenzaba a derretirse sobre los cerros, el detective tenía ya la garganta seca. Hacía horas que el sargento Pimentel desapareció de escena, pero antes de hacerlo se tomó la libertad de recomendarle al detective algunos lugares donde hospedarse para pasar la noche –por fortuna, el investigador pudo alojarse en el Hotel Cortez –. La creciente penumbra le avisó al detective hidrocálido que ya era hora de dejar aquel sitio plagado de vino, música, gente, y comida del mediterráneo.


–Se ve que usted no es de por aquí –siseó una voz femenina a espaldas del detective. Adolfo giró sobre sus talones para encararse con la desconocida. Se quedó mudo al mirarla. – ¿Ya le ofrecieron los meseros algo de tomar o de comer?


Adolfo se perdió durante una pequeña eternidad en aquellos ojos negros, sin saber qué decir. Tenía ya buen rato que no miraba a una dama tan hermosa. La chica se veía más pálida de lo normal a causa de su largo cabello negro. Traía puestas unas gafas de armazón plateado. Sus labios eran carnosos, de un luminoso color carmín.


–De hecho… No, señorita. Tengo rato investigando la desaparición de Adela González, y nadie ha sabido decirme nada.


Al escuchar aquel nombre, la dama vestida en blanco y negro agachó la cara por instantes, y aspiró hondo. Poco después, ella levantó la mirada para contemplar al detective.


–No se preocupe. Yo le daré la información que necesita. Adela es vieja amiga mía.  


Y la noche cayó cual plomada sobre la pareja. El ex judicial hizo un esfuerzo sobrehumano por no ceder ante el influjo de aquella escuálida dama de mirada penetrante, mas fracasó por completo.


Sandra Gortari se llamaba ella. Reconocida chef en los alrededores, con una carrera en ascenso como enóloga titular para la casa vinícola Langor. Su sobrio vestido en blanco y negro se amalgamaba con el ambiente a la perfección. Era un camuflaje ideal. No podía decirse lo mismo de su larga cabellera azabache, junto con su inquietante mirada.


–… La última vez que vi a Adela fue hace tres días. Estuvo revisando algo relacionado con la publicidad de la casa Langor con mi hermano Aldo. Hablaron de una mejor manera de promocionar nuestro producto más joven, Akira, durante la recta final de la vendimia de este año. De ahí en adelante, no la he vuelto a mirar en ninguno de los eventos… Le adelanto que usted no es el primero que se nos acercó a preguntar, Adolfo.


Ante aquella mirada inquisitiva, Olmos asintió con la testa. Entornó sus ojos hasta que quedaron como un par de rendijas. El terciopelo negro que era ya la noche se jaspeó de estrellas, por lo que el detective no pudo evitar maravillarse ante semejante visión. Aspiró hondo la brisa salina del mar, y sonrió apacible.


–Hacía tiempo que no miraba tantas estrellas… Se me había olvidado cómo eran –confesó asombrado.


–Debería alejarse más seguido de las grandes ciudades, detective. La contaminación lumínica no es tan intensa por estos lados.


»La dama siguió hablando, y yo quedé embobado por su misterio, por su mirada negra. Tenía pinta de española, o tenía ascendencia española. A decir verdad, eso me importó un bledo en tanto la siguiera mirando. Aquellos minutos de charla sin sentido no los alojé en mi cerebro. Eso sí, algo en mi interior me dijo que me estaba metiendo en problemas. Quizás la mujer representaba una amenaza. De alguna manera yo ya lo sabía, mas me resistía a reconocerlo. Mi peor error fue no prestarle suficiente atención a mi instinto en aquellos momentos...


–… Espero que, pese a todo, se la haya pasado bien, Adolfo. Ojalá pudiéramos volver a vernos. Es la primera vez que conozco a un detective, y me pareció sumamente interesante –agregó Sandra con rostro sonriente.


Olmos pudo detectar que los dientes de la dama lucían oscurecidos por el tono violáceo del vino. Ni qué decir de su lengua, que se apreciaba casi negra.


–Claro, Sandra. Por aquí estaré algunos días. Le daré esta tarjeta con mi número de teléfono móvil. Estaré hospedándome en el Hotel Cortez –añadió el detective a duras penas, sobrecogido por el piropo entre líneas que le aventó la enigmática mujer.


–Móvil… Sonó muy español, ¿sabe? –evaluó Sandra. De nueva cuenta sonrió.


Adolfo acabó por entregarle a Sandra la tarjeta, a la cual le garrapateó con un bolígrafo el nombre del hotel en que se quedaba, y el número de la habitación.


–… Anduve haciendo una investigación por Europa hace algún tiempo. Creo que algo se me pegó –respondió Olmos sin dilación. Acto seguido, se metió las manos en los bolsillos del pantalón.


–Habrá de platicarme esa ida a Europa entonces, la próxima vez que nos veamos. Le llamaré –concluyó Sandra, y le dio un beso en ambas mejillas al ex judicial.


–Eso fue muy europeo –dijo Adolfo sonriente.


Sandra apartó despacio su rostro de la humanidad del detective, le regaló una media sonrisa, y meneó la cabeza a manera de negación.


–No. Más bien eso fue «muy mío». Ciao.


La chica en blanco y negro se despidió. Adolfo se le quedó mirando mientras ella se alejaba, caminando con un sutil contoneo de sus filosas caderas.


***


Adolfo se adentró en el hotel Cortez, y fue directo al bar. De un diseño de interiores sobrio, aquel sitio lucía casi desierto a esas horas de la noche. El detective aguascalentense escudriñó con sus ojos a los parroquianos presentes. Percibió en algunos de ellos un raro fulgor ocre, casi marrón. Bebían vino. Acto seguido, el ex judicial siguió revisando a su alrededor, percatándose de que no todos tenían ese brillo.


«Auras… Otra vez estoy viendo cosas. Aunque éstas son de un color que no había visto antes», pensó él, sobrecogido.


Adolfo se quedó viendo aquella escena por largos y silentes segundos. Luego, dirigió su mirada hacia las mesas de las personas refulgiendo en café. Descubrió que de sus respectivas botellas de vino sobresalía un intenso halo de luz marrón.


«Lo que ingieren… Ese vino…»


Adolfo acabó por cerrar los ojos, y se talló los párpados con fuerza. Posteriormente, el detective se acercó a la barra, y pidió una cerveza oscura. Estando ante la barra, el detective le preguntó al bar tender acerca de ese vino misterioso. Con un billete adicional obtuvo maravillas:


–… Ese vino, mi amigo, pertenece a viñedos Langor. La botella se llama Akira. Tendrá seis años, con este, que salió a la venta. Es el más joven de la familia, por así decirlo.


La información estremeció a Adolfo.


Ese era el vino que Adela González buscaba promocionar.


Al detectar que aquella información le interesaba al detective, el bar tenderprosiguió:


–… Desde que Akira vio la luz, una serie de hechos extraños han sucedido en torno a la casa Langor. Accidentes en los viñedos, una pareja pudo tener hijos luego de diez años de fracasos, un sujeto se ganó la lotería nacional… Gente desaparecida…


El bar tendersiguió, y siguió. A cada enunciado que salía de sus labios, Adolfo iba entornando sus párpados, y asintiendo con la cabeza.


«Éxitos, y pérdidas. Ciertamente tengo un caso aquí. Por lo que voy escuchando, es probable que la desaparecida hija del gobernador pagó los platos rotos del padre», sopesó Olmos dentro de su cabeza.


–No me lo crea. Según las malas lenguas, ese vino está embrujado. Le traspasa al bebedor una maldición. Al principio, el bebedor festejará una fantástica victoria. Al poco tiempo, algo funesto le ocurrirá. Si no le sucede a esa persona, algo malo les pasará a sus seres queridos.


–No sería saludable precipitarme a tomar esa conclusión, muchacho. De todos modos, me daré una vuelta a donde Langor, y corroboraremos estos datos –terminó Olmos, y se empinó apresurado su cerveza.


***


Quizás fue la cerveza mezclada con el poco de vino que degustó aquella velada, o bien los diversos aperitivos con mariscos que cenó. El caso es que Adolfo Olmos, como todo un adolescente, tuvo un intenso sueño húmedo. En él, aparecía la enigmática Sandra Gortari, ostentando un largo vestido de lino blanco a una sola pieza, sin mangas. La muchacha andaba en sandalias, sin ropa interior. Se movía cual fugaz gacela por un pasillo entre los viñedos. Olmos corría tras ella, en un día moribundo, con el oxidado sol muriendo desangrado sobre unas montañas rematadas en negro. Los rayos ambarinos del astro rey se colaban entre las hojas de las parras. El detective veía que un destello cristalino manaba del escuálido trasero de la trigueña.


Olmos había perdido condición física. Además, el maldito cigarro ya le estaba causando estragos en su salud.


El detective atrapó a la flaca mujer justo a la mitad del corredor, uno de tantos en aquel sembradío. Una creciente bruma se hizo presente de sabrá Dios qué parte, y el ambiente se tornó húmedo de repente. Adolfo abrazó a Sandra desde atrás, con su virilidad restregándose contra las nalgas de la muchacha. El hombre sintió que una piedra le picaba el falo a través de la tela de la ropa.


Sandra traía metido algo en el trasero.


Ella lo miró de soslayo, sudorosa y sonriente.


¿Quién fue en realidad el cazador y la presa?


–Esto es muy europeo –jadeó Adolfo, no pudiendo evitar que su pene se pusiera rígido como una barra de hierro.


La dama se dio la vuelta sin quitarse los brazos de su captor, y clavó su mirada negra en la de su oponente. Acabó meneando la cabeza en clara negativa.


–No. Eso es «muy mío» ...


Sandra desabrochó el cinturón del detective con aquellos dedos huesudos, casi fosforescentes. En un suspiro, la desinhibida chica bajó la cremallera de los pantalones de Adolfo, y sacó aquel trozo de carne palpitante y venosa.


Se notaba que la mujer sabía lo que hacía. Olmos sintió que se quedaba sin aliento.


Sandra bajó –como Perséfone –a los infiernos. Y Polifemo fue a dar a sus labios –otrora carmín –ahora purpúreos. El velo del vino los coloreaba, y ese mismo velo se engulló aquel falo falto de caricias, olvidado por el sexo opuesto.


Adolfo la sujetó de los cabellos, la atrajo hacia su vientre, e invadió a su inesperada amante hasta la campanilla. A Sandra no pareció importarle, dejándose manipular.


Perversa... ¡Qué bien manejaba su oxígeno para no asfixiarse ante aquellos vehementes embates!


Tras algunas profundas engullidas, Sandra dejó lo que hacía para elevarse al Olimpo. Ella se levantó su vestido, Olmos la tomó de las nalgas, y la elevó hasta recargarla en una de las vallas que protegían las parras. Allí, él se introdujo en ella, sin explicaciones, sin palabras de amor.


No eran necesarias.


Sandra jadeaba alegre en la oreja derecha del detective mientras este la jodía sin piedad. Ambas manos del hombretón la sujetaban del trasero, corroborando él que Sandra tenía metido un enchufe anal entre las nalgas, terminado en una joya.


¿La piedra era auténtica o de fantasía? ¡¿A quién jodidos le importaba a esas alturas?!


–Sé que lo quieres… Quítamelo… Y lléname –musitó la trigueña en un hilo de voz.


El tipo no necesitó que se lo dijeran dos veces.


Dando un veloz movimiento, Adolfo sacó el enchufe plateado del ano de Sandra, y sólo bastó un latido para que él metiera su pene por ahí.


A ella parecía divertirle aquello. Ni se inmutó cuando Adolfo la tenía ensartada hasta los cojones.


–Ya… Eres… Mío… –susurró ella entre jadeos.


Le mordió con suavidad el lóbulo de la oreja derecha, para luego meter su lengua viperina dentro del oído del detective. Al unísono, Sandra clavó sus uñas en la espalda de Adolfo, y este súbito ataque provocó que él…


Hubo algo de ruido afuera de la puerta. Adolfo se despertó hecho un asco. La caja de Kleenex ubicada a un costado de su lecho pagó los platos rotos. Mientras se aseaba de sus partes nobles, Adolfo se percató de que, por debajo de la puerta de entrada a su habitación, sobresalía un sobre color blanco.


Sin dilación, el detective acudió a la entrada de su alcoba, se acuclilló, y levantó el sobre con ambas manos. A sus vías olfatorias llegó un perfume conocido. Ni tardo ni perezoso, Adolfo abrió el sobre, y leyó la carta:


Era una invitación de Sandra para pasarse unos días en su finca de la ruta del vino, en el corazón de la casa Langor.


–Ya chingué –pensó en voz alta el amodorrado detective, poco antes de meterse a bañar.

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