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Encuentros en la tercera edad

Ruth González Ousset

Encuentros en la tercera edad


Allí estaba ella, ante el establecimiento del que le había hablado maravillas su hermana. Un lugar lleno de lujo y sorpresas y la primera de todas, su nombre: Hotel para mayores. Y la promesa de experiencias únicas. ¿Qué misterios tan alucinantes le esperaban una vez atravesado el umbral? 


Primera escena


Transcurrían los primeros días de lo que prometía ser un verano más caluroso de lo normal. Una sensación de agobio y calor que rondaba la mente de Elena, clavada de pie ante la puerta que se abría al misterio. Y en cierto sentido ahora cobraban forma las palabras que desde hace meses rondaban su cabeza cuando su hermana le habló de este lugar como primer paso para ampliar sus horizontes y diversificar sus actividades: “Las rutinas ya pesan…” se solía decir a sí misma, y allí estaba con la decisión tomada.
Elena seguía sin resolver las dudas que mantenía sobre sí misma y su futuro. Se sentía joven, fuerte y con ganas de comenzar algo nuevo. Y aquella iba a ser solo el principio.
Todo lo que intuyó a primera vista distaba mucho de lo que era el típico hospital de día o residencia para la tercera edad. Contaba con un horario de actividades semejante al de cualquier gimnasio y tenía a disposición del público una asistencia semipermanente o completa. Elena no dudó en escoger la primera. Todavía sentía la necesidad de permanecer en casa, ayudar a su no tan hábil marido, y mantenerse disponible por si sus amigas del café de la tarde le ofrecían cualquier plan.
Un ambiente limpio, cuidado y lleno de detalles la atrajo inmediatamente. Pero la figura de la mujer que estaba tras el mostrador alta, de curvas definidas y bien proporcionadas, un pelo blanco cuidado y suelto, y unos profundos y vivos ojos azules, terminó de alertarla. Sí, se introducía en un mundo de misterio. A Elena le sorprendió su propio nerviosismo y se sentía confusa.
Armándose de valor se dirigió a la mujer.
 - Buenos días, querría saber dónde es la clase de Pilates, empiezo hoy. -Aquellos ojos se fijaron en ella al instante.
 - Buenas, soy Giselle. Le acompañaré –Giselle; un nombre al fin y por el acento supuso que extranjera.
No dijo nada, sino que dejó que Giselle cogiera su mano con toda naturalidad y la dirigiera entre pasillos y escaleras hasta la clase. Al entrar, Elena descubrió un espacio amplio y cubierto de esterillas ya ocupadas.
- Giselle, cómo no, los 10 minutos de cortesía... Creo que para la semana que viene debería concederos una clase a solas a ti y a tu nueva compañera. Por favor, sentaos. – Elena se fijó detenidamente en el profesor. No debía de superar los 40 años y tenía un marcado acento italiano, de complexión fuerte y una sonrisa llena de magnetismo. Se sintió seducida nuevamente.
 La clase transcurrió demasiado rápido para su gusto. Se encontró ágil, llena de vitalidad, y fuertemente atraída por Giselle. Con un cuerpo esbelto y tan femenino, se imaginaba a sí misma descubriendo las partes que disimulaba con el sugerente top y el más ceñido short. Más quinceañera que nunca, se inquietaba ante la posibilidad de despertar emociones que creía perdidas.
Como “castigo” por llegar tarde, el que más tarde conoció como Alessandro, les pidió que se quedaran las últimas para recoger las esterillas y las pelotas de Pilates.
- ¿Hoy tu primer día? -preguntó Giselle en cuanto salió la última compañera de la sala.
- Sí, mi intención es venir por lo menos unos meses todas las mañanas. –Giselle la miró sonriente.
- Yo llevo aquí cinco años, y creo que no me importaría seguir otros cinco
- Pareces muy segura, la verdad es que sólo han sido dos horas y han resultado más excitantes que los últimos años. - Giselle la miró con tristeza.
-¿Por qué rutina? Ser mayor no es fin, es sólo inicio. – Elena sonrió abiertamente.
-Tienes razón, creo que nos acomodamos a pensar así, yo me siento llena de energía. – Giselle se rio con naturalidad y dejó caer un brazo alrededor de Elena, en gesto de complicidad.
Elena sintió vértigo de repente, como si sus piernas no estuvieran en contacto con una superficie sólida y su cuerpo perdiera gravedad. Se sintió débil ante el tacto de Giselle y una punzada de deseo agitó su bajo vientre. Instintivamente, bajó la mirada al suelo, llena de vergüenza y de culpabilidad por sentirse atraída hacia una mujer. Le asaltaban dudas sobre qué se suponía que implicaría aquello cuando Giselle dejó caer la última esterilla que quedaba por recoger y le acarició la barbilla con amabilidad.
- No tenemos toda la vida para hacernos tantas preguntas, sé tú misma.
Elena se sintió de pronto mareada ante la cercanía de Giselle, quería atraerla hacia sí y envolverse en sus curvas, ser protagonista de sus deseos, imagen de sus fantasías. Giselle la miró sin titubear y acercó su barbilla, tentándola, pero sin tomar ninguna decisión.
Elena sentía su respiración en el rostro, la tensión de la postura de Giselle, su cuerpo a escasa distancia del suyo... Sentía el desafío y la prueba de Giselle y no estaba segura de poderse resistir más, de asir sus hombros, sentir el contacto de su piel. Aunque sólo fuera por romper la tensión a la que la sometía la intensidad de su mirada, el brillo añil de sus ojos, la picardía de sus gestos. Todo en Giselle la hacía sentirse deseable.
Elena elevó el rosto y sintió rozar sus labios con los de Giselle. Ella seguía sin moverse, Elena se preguntaba si estaría esperando, pero decidió dejar de pensar y dejar fluir lo que su cuerpo le estaba gritando. Su lengua rozó el labio superior de Giselle y rápido reaccionó esta, abandonando el brazo apoyado en el hombro para detenerse en su cintura. Notó cómo Giselle presionaba con suavidad su contorno, mientras rozaba sutilmente la parte inferior de su pecho. Elena notó que su excitación se aceleraba al ritmo de su respiración. Su anterior rigidez dio paso a la flexibilidad y se sentía decidida a rodear a Giselle y atraer su cuerpo contra el suyo. Ante su reacción, notó que Giselle aceleraba el ritmo de los besos, más intensos, más húmedos. Su cuerpo acompañaba al suyo, como si intuyera y supiera qué movimiento haría para acompasarlo a los de ella.
De repente, escucharon una alarma proveniente del pasillo. Giselle se detuvo y miró el reloj que llevaba en la muñeca.
- Las 3, hora de comer. – Elena no sabía de qué estaba hablando, pero de nuevo se encontró recorriendo pasillos y escaleras hasta encontrarse con lo que parecía ser un comedor.


Segunda escena


Ya eran las 6 de la tarde cuando Elena estaba cogiendo el bus que la dejaría cerca de su casa. Ahora, en frío, sentía lejano lo que acaba de suceder a lo largo del día. Como si fuera otra Elena la que estaba presente en cada una de las nítidas escenas de sus recientes recuerdos, y en la seducción de la que había sido partícipe nada más entrar en el hotel. No creía que podría volver a experimentar dicha escalada de emociones y de tensión sexual, y menos que aquello pudiera suceder por una atracción irrefrenable hacia una mujer.
Se sentía culpable ante la perspectiva de volver a su casa y explicarle a su marido cómo había sido ese día, a su marido, o quien fuera que la conociese. No creía que pudiera conciliar o creer posible que su vida aburrida seguiría después de su experiencia con Giselle. En contra de su voluntad, volvió a experimentar excitación ante la perspectiva de encontrarse de nuevo con ella.


Al llegar a casa, para su sorpresa, Juan no estaba. Se sentó en el sofá abatida. Le recordaba cuando empezó a tontear con los primeros chicos y sentía aquel incesante pero reconfortante mariposeo en el estómago. Perdida la vista en el mobiliario del salón, volvieron a asaltarle las imágenes de la sala de Pilates, como flashbacks cargados de nitidez. El ligero sudor del cuerpo de Giselle, sus hábiles y decididas manos alrededor de su cuerpo, la intensidad de su mirada, la cercanía de sus labios, la suavidad de su tacto, el roce de su lengua, su respiración entrecortada… Sus manos involuntariamente se dirigieron a su sexo húmedo. No creía que pudiera lubricar. Después de todo, con Juan llevaba años sin tener relaciones sexuales. Y allí estaba, excitada, cargada de deseo, fantaseando, dejándose llevar. 
Sonrió para sí, la imaginación volando hacia Giselle. Se situaba allí, en una esterilla, Giselle contra su cuerpo, una de sus manos acariciando su costado derecho, en el límite de su sujetador. Primero un dedo, luego otro, llegando a rozar su pezón. Y comenzó a acariciarse con más intensidad, redescubriendo sensaciones que jamás había experimentado. ¿Qué era un orgasmo? Aquella era la primera vez que exploraba su vulva, y se sentía como con un juguete nuevo. Primero por encima de su ropa interior, después su mano se libró de ella y notó mucha más sensibilidad. Aceleró y presionó intuitivamente, aumentando la intensidad de la excitación. Entonces Giselle ya estaba encima de ella, y la acariciaba por debajo del pantalón. Sentía que su mano era la suya, entonces notó cómo unas sutiles vibraciones bajaban desde su vientre y se extendían, más intensas, hasta difuminarse en un rincón de su cerebro.
Permaneció tumbada en el sofá, dispersa, sonriendo, relajada, con el cuerpo liberado de la tensión que había acumulado a lo largo de todo el día. Ya no sentía culpabilidad, estaba liberada. No tenía dudas de que al día siguiente quería explorar la oportunidad que le ofrecía la sincera insolencia de Giselle, y la promesa de unas manos que no fueran las suyas.


Tercera escena


A la mañana siguiente Elena decidió cambiarse de ropa, como si ese cambió fuese reflejo de otro más intenso que se producía en su interior. Con un conjunto más atrevido, adivinaba sus formas, todavía firmes. Se sentía femenina, mujer y deseada como nunca.
Cogió el bus saludando al conductor con una sonrisa de oreja a oreja, se sentó llena de deseo por que no hubiera atasco y llegase puntual. Recordó de pronto que Giselle le había sugerido ir al spa ese día tras la clase de Pilates. Su imaginación rápidamente voló ante la posibilidad de ver el cuerpo desnudo de Giselle, y una nueva punzada de deseo recorrió su vientre. Bajó del bus y, tras acceder al hotel, se dirigió directamente a los vestuarios para dejar la mochila con la ropa para cambiarse.
Subiendo las escaleras, se encontró a Giselle en la clase hablando con Alessandro. Éste parecía tener una actitud bastante diferente con ella aquel día. Todo elogios, miraba a Giselle como sentía que la miraba ella misma. Reconoció el deseo en sus ojos. Sin quererlo, Elena experimentó celos ante la posibilidad de que Giselle se sintiera atraída por aquel italiano cautivador.


Elena notó que Giselle se fijaba en ella, y no tardó en acercarse y extender su esterilla junto con la suya:
- Buenos días Elena, ¿puedo ponerme contigo? Me gusta tu aspecto, muy guapa hoy. –Elena olvidó por completo los celos y se sintió rejuvenecer ante el comentario. Aliviada y satisfecha, se sentó en la colchoneta.
Durante la clase, Elena comprobó que Alessandro pedía a Giselle que fuera ejemplo de los ejercicios que se tenían que realizar por parejas. En la mayor parte de ellos, él extendía su cuerpo sobre el suyo para que la respiración fuera más intensa. La imagen, al contrario que provocar recelo como había hecho en un principio, le resultó sensual. Hasta tal punto, que se imaginaba allí, simplemente observando, mientras se acariciaba a sí misma.
Vergonzosa por si los demás reparaban en su rubor, alejó estos pensamientos hasta que acabó la clase. Giselle la cogió de la mano y musitó un ligero: “Spa”, mientras dejaba deliberadamente una toalla sin recoger encima del montón de esterillas. Se giró hacia atrás mirando al profesor antes de salir de la clase, riéndose para sí. Elena no comprendió su gesto y levantó los hombros.
 - ¿Por qué has hecho…? - mientras hacía la pregunta, Giselle hizo un gesto con la cabeza en dirección a la clase, torciendo la sonrisa hacia un lado. De repente, Elena comprendió la situación, y sin decir nada, se ruborizó.
Giselle la condujo escaleras abajo hasta los vestuarios, allí se cambiaron por separado en pequeñas cabinas. Elena se sentía vergonzosa ante el pudor de su propio cuerpo, no tan segura como se percibió a primera hora de la mañana. Rodeada por una sencilla toalla azul, salió al encuentro de Giselle, quien la esperaba ante la puerta de la sauna. Allí se dirigieron a una tranquila zona con una piscina de menos de medio metro de profundidad con chorros situados paralelamente a lo largo de toda su extensión.
Elena se agitó al pensar que se encontraban completamente solas. Giselle fue la primera en quitarse la toalla y dejarla en un pequeño banco de madera situado a la derecha de la puerta. Sin volverse, se metió lentamente en el agua y después miró a Elena en gesto interrogativo. Elena, no sin timidez y dudas, abandonó la toalla encima de la de Giselle y se metió en la piscina con la mirada fija de Giselle en su cuerpo, repasando lentamente el contorno de su silueta.
Su respiración volvió a intensificarse, y la excitación se abrió paso ante la timidez. Giselle le hizo un pequeño hueco, pero no tardó en ponerse frente a ella cuando se sentó. Esta vez, tomó ella la iniciativa con un largo, pero intenso beso que le robó la respiración por lo inesperado que lo sintió. Sus manos no tardaron en reaccionar y asieron el pelo de Giselle con firmeza, a la par que alzó su pelvis para encontrar la de ella.
Giselle se rio entre sus labios y, con suavidad, acarició uno de sus senos. Primero alrededor, hasta detenerse en su pezón y darle un ligero pellizco. Elena pegó un ligero grito y se llevó la mano a la boca, en señal de sorpresa. Giselle rio abiertamente cuando sus ojos fueron a parar a la puerta. Elena se giró para mirar y se encontró en el marco la figura de Alessandro sosteniendo la toalla que Giselle había dejado intencionadamente minutos antes.
Alessandro fingió sorpresa, dejando la toalla con un gesto que evidenciaba cierta agresividad:
-¿Giselle, Elena, qué estáis haciendo? -Giselle se levantó y desafió a Alessandro con una mirada inquisitiva y el rostro altivo.
 - ¿Crees que es casualidad? - Y de repente se volvió a reír, como una niña ante una broma que solo ella entiende.
Alessandro se quedó pensativo, inexpresivo. Giselle le hizo un gesto, el mismo que a Elena le incitó a que se metiera en la piscina. De repente, Alessandro comenzó a liberarse de la ropa. Al principio, parecía dubitativo, pero al final se la quitó con cierta rapidez, como acuciado ante la urgencia de la situación, y no quisiera esperar. Se introdujo en la piscina y Elena, para su desconcierto, se sintió invadida de deseo por experimentar el contacto del cuerpo de Alessandro, sus manos fuertes en sus muslos.
Giselle se dirigió la primera a Alessandro y Elena se quedó contemplando, llena de expectación, y deseo por lo que estaba a punto de ver. Alessandro rodeó a Giselle, la besó con suavidad, pero apartó el rostro de repente, girándose hacia Elena. Elena experimentó una sensación de alarma intensa, como quien espera ser víctima de un ataque inesperado. Giselle lo interpretó y se acercó a ella. De nuevo se encontraba tendida en la piscina, con el cuerpo de Giselle sobre el suyo. Esta vez, una de sus manos se situó directamente sobre su sexo y Elena profirió un ligero gemido, absorta en la sensación que le producía la experta y flexible mano de Giselle.
Alessandro no tardó en unirse y empezó a acariciar uno de sus senos. Elena fijó su vista en él, y se sintió tan deseada por él como lo había sido de Giselle, no creía que pudiera experimentar tal nivel de placer hasta que él acompasó las caricias con ligeros, pero cada vez más intensos besos a lo largo de su cuello. Elena se sentía al borde del éxtasis entre manos, caricias, sonrisas y miradas de complicidad.
Con un gesto posesivo, Elena asió el rostro de Alessandro para que fijara sus ojos en ella, éste respondió dándole un sutil pero acelerado mordisco en su labio inferior, a la par que adoptaba la posición que antes tenía Giselle y la penetraba con suavidad. Se dejó ir, por primera vez se sentía liberada, sin necesidad de contener ninguna emoción, sino de revelar cada parte de sí misma en medio de ese frenesí de sensaciones de calor, presión y fuerza que le transmitían cada una de las caricias de ambos.

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