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Un hotel en ninguna parte

Lana .

UN HOTEL EN NINGUNA PARTE


 


Ayer cogí un avión camino a «ninguna parte»,  justo donde quiero estar contigo.     


En «ninguna parte»hay un pequeño hotel rodeado de árboles, en medio de un espeso bosque de sauces, abedules, chopos y acacias. El pueblo más cercano está a unos cinco kilómetros de distancia. Es un hotel antiguo que ha sobrevivido al fenómeno reactivo de la modernidad, y que curiosamente no ha sido reformado. Mirando su fachada ya se puede adivinar que conserva ese fantasmagórico encanto de los edificios clásicos. A la entrada, la recepción con un pequeño mostrador de madera, y tras él, una amable señora que me recibe y me registra. Mientras va tomando todos mis datos, miró el reloj pensando en cuánto tiempo falta para que aterrice tu vuelo - al menos tres o cuatro horas -, y respiro. No sé si saberlo me relaja o me produce más tensión. Desde que recibí tu último mensaje, hace ya tres días, no dejo de pensar obsesivamente en ese momento en el que nos encontremos. Ese instante en el que nos miraremos directamente a los ojos y dejare de imaginar tus caricias, para sentirlas.    


Después de tantos años de relaciones epistolares, parecía que la posibilidad de este encuentro se había disipado por completo. Casi lo habíamos dado por pedido. Vivíamos a miles de kilómetros, y además nuestra situación personal tampoco había facilitado las cosas. Ambos teníamos pareja, familia, trabajo y otras tantas obligaciones que nos mantenían atados a la rutina. Escapar parecía imposible, y cuando lo conseguíamos no había forma de que nuestros calendarios coincidiesen. Pero de repente, nuestra suerte cambio. Sucedió exactamente hace tres días, como tantas otras veces, te envíe un mensaje para avisarte de que había cogido unos días libres. Había hecho una reserva en aquel hotel en el que te alojaste hace unos meses, y desde donde me escribiste para decirme que te habría encantado que te acompañara y preparar una sesión. Al menos de este modo, aunque no pudiésemos vernos sentiría que estaba cerca de ti. Pero sorprendentemente, por una vez, el mundo se organizó bajo nuestros pies. Me escribiste un mensaje: “He encontrado un vuelo. Espérame.”  


Y allí estaba, esperándote. El hotel era exactamente como me lo habías descrito. No podía imaginar un escenario más adecuado para poner en práctica las perversiones que tantas veces habíamos narrado.    


De camino a la habitación, atravesando sus entrañas, voy recordando tus palabras al describirlo: largos pasillos de madera con algunos cuadros, papel pintado en las paredes, algunos muebles, todo conservado con cuidado pero preservando su aspecto decadente y romántico. Cada espacio parece impregnado por las vivencias de sus eventuales inquilinos, que ahora son fantasmas que se van mostrando antes mis ojos mientras atravieso el pasillo: a un lado, unos amantes que se besan junto al ascensor; al frente, un novio cruzando el umbral de la habitación con su mujer en los brazos; al pasar junto a esa puerta abierta de la habitación contigua, puedo ver a una hermosa y fría mujer vestida de negro, está apostada en el alféizar de la ventana fumando, y entre calada y calada, espía a su marido que pasea junto al bosque, donde una hermosa muchacha se cruza con él y se vuelve para sonreírle; mientras en la habitación del fondo, la última del pasillo, retumban sin cesar los gritos callados de una mujer que dudo si solloza o gime, si es dolor o placer, pues su lamento parece acompasado por un chasquido seco que me resulta familiar y excitante.  


Al atravesar la puerta de nuestra habitación, observo todo con detalle, el suelo está cubierto por una moqueta gastada de color vino y el centro de la estancia hay una cama de madera maciza con cuatro postes en las esquinas. Al verla, siento un pinchazo en el coño, fuerte, como un latigazo. El corazón por su parte y sin permiso, empieza a latir con una fuerza inusual, de un modo que parece que pueda salirse de mi pecho. Respiro y me acerco hasta la cama, donde coloco mi maleta, pero no consigo calmarme pues no cesan de llegar imágenes a mi cabeza. Escenas en las que nos imagino follando como lo harían dos animales famélicos, alimentándonos de nuestros propios fluidos.   


Sentada sobre la cama, tratando de serenarme, me doy cuenta de que aunque quisiera escapar, jamás podría. No hay cuerdas, al menos en este momento, pero ya estoy atada al deseo y mi única ambición es verte hacer realidad todos tus vicios sobre mi piel, marcada como una puta. Estoy mareada, me tumbo. Escucho mi respiración acelerada, y trato de retomar la conciencia de mi cuerpo, mientras dejo que se vaya apaciguando lentamente. Unos minutos después consigo reunir la fuerza suficiente para incorporarme. Me levanto y localizo la puerta del baño. No es muy grande, pero tiene una pequeña ventana por donde puedo ver como se agitan las hojas de los árboles, y junto a ella, una bañera antigua algo destartalada pero que me resulta irresistible. La lleno de agua, pongo algo de música en mi Iphone, conecto el altavoz y lo dejo en la mesilla junto a la cama. Me desnudo y seguidamente me sumerjo en la bañera. Quiero estar limpia y preparada cuando llegues. Además dado mi estado, quizá el agua caliente me ayude a tranquilizarme. Cierro los ojos y me concentro. Voy limpiando mi piel, que aún está entera, sin las marcas que espero que dibujes en ella. Me meto los dedos dentro del coño, juego con sus pliegues, los saco y vuelvo a meterlos dentro, hasta el fondo. Después, unto algo de gel en mis manos y meto un dedo dentro de mi culo para dejarlo bien limpio. Mientras lo hago, apoyó una mano en el borde para mantener el equilibrio, me levanto un poco, y meto otro dedo. Esta vez voy moviendo despacio el culo en pequeños círculos, gimiendo. Al hacerlo pienso en ti, y no puedo dejar de excitarme.   


Después del baño, extiendo mi ropa sobre la cama y observo el conjunto: una pequeña braga negra con un sujetador de encaje a juego, medias negras con liguero, zapatos de tacón gris y un vestido de seda, también negro, ligero pero ajustado. Me visto despacio, revisando con cuidado la colocación de cada pieza en el espejo que he descubierto al abrir la puerta de aquel viejo armario. Para terminar, me pongo el vestido y compruebo que se va ajustando sobre mi cuerpo justo hasta la rodilla.   


Como no puedo aguantar la angustia que me produce la espera, bajo hasta el bar que esta junto a la recepción, me siento en su barra y pido una copa de vino al camarero. En ese momento, cuando acerco la copa a mi boca para beber el primer sorbo, me sobresalto. Me ha parecido escuchar el ruido de un motor. A través del ventanal, compruebo que un coche se acerca hasta la entrada. Un segundo después, escucho el golpe de la puerta del coche que se cierra, y otra que se abre, la puerta que lleva a la recepción del hotel. Quiero evitarlo, pero no puedo, y me asomo para verte llegar. Me ves inmediatamente y te acercas. Me saludas afectuosamente besándome en la cara y siento tu respiración como una caricia que arde sobre mi mejilla. Cierro los ojos, fulminada, pero siento como tu mano se sitúa sobre mi hombro, luego en mi brazo y va bajando con suavidad hasta mi mano, entonces me aprietas con fuerza. Abro los ojos y sonrío como una niña al comprobar que no es un sueño. Estoy feliz, a la vez que soy consciente que nunca antes me he sentido tan indefensa en mi vida. Tan entregada.    


Tú a esas alturas ya sabes, sin ningún género de dudas, que estoy dispuesta a todo. Rendida. Preparada para que me folles como quieras, como una verdadera zorra. Me dices que me quede en la barra mientras te registras, y vuelvo a esperarte. Cuando regresas, pides una copa de whisky y mientras bebes, me sonríes y vas repasando mi cuerpo con tu mirada, como un cazador a su presa. Despacio, de arriba hacia abajo, para terminar clavando con avidez tus ojos en los míos. Me siento derrotada y totalmente inmovilizada. Tu continuas bebiendo, y después de dar el último trago, acaricias mis labios suavemente con tus dedos y me dices:  “¿Nos vamos?”.  


Estamos recorriendo el pasillo, tú vas palpando por encima del vestido mi culo, sin prisa. Continuas el recorrido por mi espada hasta llegar a la nuca y, al llegar frente a nuestra habitación, noto como hundes tus dedos entre mi pelo. Lo agarras de un modo agresivo, y tiras de él con fuerza haciendo que mueva mi cabeza hacia atrás. Creo que voy a desmayarme, pero sigo de pie. Mientras abro la puerta de la habitación siento como te pegas, detrás de mí, y mi culo busca la dureza de tu polla, pero me apartas: “Entra dentro zorra”.   


Una vez dentro, ya sé que vas a hacer. Pues me lo habías advertido. Aunque no sé si estoy preparada, estoy totalmente decidida. Nadie, ni nada, en este mundo podría hacer que me alejara un solo milímetro de ti. Entonces te sientas sobre la cama y me dices: “Ya sabes lo que quiero. Ven aquí, sobre mis rodillas”.   


Me tumbo sobre ellas boca abajo, de forma que solo puedo ver tus zapatos y tu pantalón, me siento como una perra, humillada. Lentamente levantas mi vestido. No puedo ver lo que sucede, pero parece que puedo escuchar con claridad cómo se agita el aire cuando levantas tu mano preparada para azotarme. Me preparo, cierro los ojos, y en un segundo siento un golpe que hace estallar mi culo, el dolor es intenso, más de lo que había previsto, pero es mayor el placer de tu abuso infinito. No dejas de golpearme así, sin pausa, hasta perder la sensibilidad a los azotes. Solo entonces me acaricias. Me siento agradecida. Cuando lo haces, noto como tiembla cada poro de mi piel. Estoy totalmente empapada, y solo deseo sentir como tus dedos entran en mi coño y en mi culo. El silencio se convierte en tensión. Advierto que tu polla está totalmente dura, entre las piernas, y entonces sé que estás pensando en follarme el culo y la boca, decidiendo que será primero.  


Pero me equivoco, no haces ninguna de las dos cosas. En su lugar, me dices que me arrodille sobre la alfombra, y cuando lo hago, te diriges a tu maleta. Cuando te das la vuelta, veo la cuerda en tus manos. Me pides que levante los brazos, te acercas y haces con ella una primera lazada sobre mi cintura. A continuación, poco a poco, vuelta a vuelta, como si de un corsé de cáñamo se tratase, vas cubriendo todo mi torso. Entre las cuerdas solo asoman parte de mis pechos y mis pezones, aprisionados y deformados. Regresas para coger algo más de la maleta. Entre tus manos, observo cuatro correas de cuero con sus respectivos puños, que seguidamente ajustas alrededor de mis manos y mis tobillos, aprisionándolos. Sujetas cada correa a uno de los postes de la cama, y tiras de ellos hasta que tienen la tensión suficiente y quedo totalmente inmóvil.  


Lo reconozco, por un momento, me siento asustada. Al fin y al cabo eres un desconocido, y ahora mismo me siento seriamente amenazada. Gritaría, pero me asusta tu reacción, así que intento dejar la mente en blanco. Una vez terminado el trabajo, te alejas unos pasos y me miras, disfrutando del panorama.   


Entonces te acercas y me dices al oído: “Estas preciosa. Me gusta ver cómo las cuerdas te aprietan y dejan marcas, como tu piel se va enrojecimiento alrededor de cada vuelta. Me gusta ver así tu cuerpo, a mi merced, y con tu coño abierto.”  Mientras me hablas, siento que tu mano se acerca a mi entrepierna, lo bastante cerca como para sentir el calor que irradia incluso sin tocarme. Sigues. Deslizas tu mano hasta mi monte de venus y dibujas con los dedos el contorno del pelo de mi coño. De repente, agarras un mechón y tiras con fuerza, provocando en mí un grito de dolor y placer ahogado.


Continuas la tortura, ahora en mis pechos, apretando los pezones hasta que los suspiros se vuelven sollozos, primero uno y luego otro. Luego me acaricias con toda la mano para disipar el dolor y cuando parece que ya has terminado, vuelves a repetir la misma operación. 


Te alejas de nuevo y me sonríes desde la distancia, contemplándome. Me siento totalmente sobrepasada, no estoy segura de lo que siento o de quién soy. Durante un instante, me gustaría escapar, pero al siguiente, deseo quedarme exactamente dónde estoy. Nunca me he sentido tan viva, tan consciente, tan concentrada en mi cuerpo y sobre todo, tan ajena al mundo. Ahora mismo, no existe nada fuera de esta habitación. Ni bosque, ni gente, ni trabajo, ni preocupaciones. Nada.  


Vuelves a buscar algo en tu maleta, no puedo imaginar qué. ¿Cuál será la siguiente sorpresa que has preparado? Entonces, te das de nuevo la vuelta y me enseñas un paquete de pinzas de madera. Yo, al verlo, te ruego que no lo hagas, que no sigas. Me lamento y te digo entre sollozos que no sé si podré seguir soportando la intensidad de tu castigo. Me adviertes: “Todo puede terminar ahora, ¿estás segura de qué eso es lo que deseas? Yo creo que, no. Al menos eso no es lo que me dice tu coño”. Y mientras metes dos dedos, continúas diciendo: “¿Lo ves? Está totalmente empapado.”


Empiezas a mover los dedos y cuando los sacas, me los muestras para que compruebe que están mojados y brillantes. Entonces, buscas mi clítoris escondido entre los pliegues de mi carne caliente, cociéndose en sus jugos. Y con movimientos lentos y suaves, me obligas a entonar una melodía de gemidos para tu deleite. “Si te portas bien y decides seguir, quizá podría meter estos dos dedos dentro de tu coño y buscar ese punto especial. Ese que hará que te corras en medio de un gran charco de salpicaduras. Seguro que no has sentido nada igual antes.” - me dice.  


 
Me rindo, le pido que siga, que no me deje. Entonces aparta las pinzas, las deja a un lado de la cama, y dice: “Te mereces un premio”. Empieza a desatarme muy despacio, repasando cada una de las marcas que ha dejado la cuerda sobre mi cuerpo. A veces con sus dedos, como si leyese un mensaje secreto en braille sobre mi torso, otras, con su lengua. A continuación, libera mis manos y luego mis piernas. Me acaricia la cara y me dice: “Ahora tienes que cobrar tu premio.” 


 


Me agarra del pelo, y tirando de él me arrastra como una puta barata hasta el suelo, tropezando, haciendo que me arrodille de nuevo sobre la alfombra. Deja abierta la puerta del armario, para que así pueda ver el espectáculo en el espejo. Se coloca frente a mí, abre la hebilla de su cinturón, se baja la cremallera y saca la polla. Sin decir una sola palabra, yo ya sé lo que espera, así que empapo su polla de saliva y me la trago. Cada vez está más hinchada y más dura, y en ese momento empieza a follarme. Mientras la empuja, una y otra vez, hasta el fondo de la garganta, me provoca arcadas. Intento rebelarme, apartando la cabeza. Él cede, me deja sacarla y respirar, pero solo unos minutos después vuelve intentarlo. Sucede lo mismo. Pero esta vez, no está dispuesto a parar. Me suelta una bofetada que resuena como un latigazo en el silencio de la habitación. Siento como me arden las mejillas. Me miro en el espejo y no me reconozco, follada y abusada por un desconocido en una habitación anónima de un hotel cualquiera. Ya no hay vuelta atrás, me abandono a su deseo, y abro de nuevo la boca. Su polla entra hasta el fondo. Yo continúo mirándome en el espejo, convertida en carne, hasta que él, al fin, se corre en mi garganta.


 


En «ninguna parte», en una habitación lúgubre, ya solo soy una esclava de mis deseos, que son los tuyos.


 

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