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El sabor del dolor

LuisJe Moyano

EL SABOR DEL DOLOR


 


  Las campanas sonaron. En su repiquetear despejaron el campanario de palomas y otros tipos de aves, que ruidosamente, se posaron en la copa de los árboles.


 Anaranjado amanecer tras la última montaña que alcanzaba la vista a ver.


  Sed, mucha sed, tras la flagelación que mi espalda recibía cada mañana antes de los maitines. Una flagelación que me llevaba al éxtasis más profundo, orgásmico y espiritual.


 Después de azotar mi espalda ciento veinte veces con un látigo de puntas de cuero, y colocar el cilicio en mi pierna derecha, me sentaba un momento para rezar al Señor Nuestro Dios y de paso descansar.


  Mis métodos nunca fueron bien vistos por las demás hermanas, me veían como una radical, extravagante en mis quehaceres, extrema en mi devoción y demasiado liberal para lo que era aquel conventillo de la Castilla profunda.


  Después de pausar mi respiración y alzar la vista hasta más allá de mis propios muros, me levantaba y salía de mi celda, ataviada con mi hábito y mi caminar suave y descalzo.


  Al entrar en la capilla las hermanas ya se encontraban en oración, y como en un ritual, todas se giraban al unísono hacia la puerta, por donde se dirigía mi caminar lento y armonioso, dolorido y sinuoso.


  La Superiora siempre me miraba con una mirada que estaría prohibida en casi cualquier lugar, llena de un odio inmenso que notaba clavarse hasta lo más profundo de mi alma. En contradicción, la mirada de la Hermana Clara, que me miraba con un deseo de quebrada juventud, con purificador anhelo de usar su lengua llena de saliva inocente sobre mi castigado cuerpo.


  Eran las doce en las campanas del campanario, también lo eran en el reloj lejano del ayuntamiento, quizá también en el piar hambriento de las crías de gorrión, pero hace tiempo que el tiempo perdió el sentido en mi ser, sólo me movía la esperanza del silencio atroz, de la piel suave del susurro del viento que se colaba por mi ventana. El último toque de campana, coincidió con la apertura de mi puerta, en el umbral se perfilaba la figura de la Hermana Clara, que pasó rauda, y tras de sí cerró la puerta, apoyando en ella su espalda de dieciocho años.


  Su respiración venía acelerada, y su mirada perfectamente ida de lo razonable. Se abalanzó sobre mí y noté el fresco de su juventud en sus labios húmedos, era la viva imagen de la amante fiel, desesperada y ansiosa por no ser descubierta. Y como vino salió, se escabulló por las últimas sombras del claustro, no sin antes devorarme en el gemido y el placer.


  Mi desazón desde aquel momento fue creciendo, con rapidez profana, con violencia en mi pecho, con palpitar en mis labios. Deseos antes nunca sentidos se hacían presentes a cada instante, dudas inciertas; ¿por qué la Hermana Clara se había dejado ir por acantilados oscuros de deseos? ¿Por qué me había arrastrado con ella hasta las profundidades? ¿Por qué el aire quemaba desde aquel momento? ¿Por qué ahora escuchaba las campanas de otra forma, más fuertes, más presentes, más libres?


  Mientras en aquella madrugada de cielo encendido me flagelaba con más dureza que nunca, haciendo sonar el látigo en todo el conventillo, levantando la piel de mi espalda, cayendo la sangre al suelo, y con el cilicio apretado al máximo, se escuchó tras de mí el abrir la puerta y luego el cerrarla suave. Como un fantasma envuelto en su camisón blanco, la Hermana Clara me miraba, yo seguía de rodillas, de espaldas a la puerta y con la cabeza girada hacia la frágil chiquilla que me miraba fijamente llena de deseo.


  Sus pies descalzos caminaban por el frío empedrado del suelo pareciendo flotar, llegando sinuosa como un ave rapaz a su presa, se arrodilló tras de mí, y nos quedamos así, un instante, quizá unos minutos, quizá una vida. Se quitó el camisón suave, muy despacio, dejando su juvenil deseo al descubierto, y con la prenda comenzó a limpiarme la sangre que brotaba de mi espalda.


  Fue un éxtasis nunca antes experimentado por mi persona, delicado, frágil, un pecado digno de ser compartido. La Hermana Clara, una vez terminó de limpiar la sangre viva de mi espalda, me abrazó, sintiendo su pecho pequeño, frágil y  ardiente pegado a mi espalda desnuda, sintiendo su latir cada vez más rápido, sus labios húmedos rozar mi cuello, sus manos acariciar mi pelo ya liberado de la toca. Fue un instante, un pedazo de segundo eterno en el tiempo que nos rodeaba, un beso sutil y huidizo en mis labios   que se escapó por los pasillos del conventillo para ser libre en el aire exterior.


 Después del roce profundo de nuestros labios, nos miramos, quietas, con ritmo acompasado en nuestro agitado respiro, ella se levantó, se puso su camisón manchado con mi sangre y sin decir nada, fue hasta la puerta de mi prisión, la abrió, me miró, se perfiló entre las sombras que las velas del pasillo daban, nos quedamos quietas como el tiempo que murió en ese instante, y despareció como una sombra, cerrando tras de sí la puerta, dejando un vómito de silencio y ansiedad a mi alrededor.


  Esa noche no pude dormir, me tumbé sobre mi lecho, ese hecho me ruborizó, hizo sentirme culpable, luego amada, luego eterna, luego más creyente de la vida que nunca, luego pedí perdón al Santísimo, luego hurgué bajo el hábito, me corrí, volví a pedir perdón por los deseos despiertos, luego me quedé sin respirar en un pausado latir, comencé a parir un nuevo yo, y sin esperarlo, me quedé dormida como nunca antes.


  A la mañana siguiente me desperté como siempre, esta vez como antes nunca. Miré el anaranjado amanecer, y como las aves volaban de aquí a allá tras la primeras campanadas. Esa fue la primera mañana que dejé el cilicio y el látigo. En mi nuevo yo decidí darme un baño. Desnuda bajo el agua me hice saber a mí misma que nunca volvería a ser la misma persona.    


  Una vez secada y algo más relajada, me vestí con el hábito y salí puntual al pasillo, me crucé con dos hermanas que se asombraron al verme, quizá por mi puntualidad nunca antes practicada, o quizá por los gemidos que la noche anterior, ligeros, se escabulleron por entre las paredes del conventillo. Llegué con el sonido del cuco que adormecido en su nido presagiaba un amanecer lleno de dolor.


 Sonaron las campanas libres, y yo ya sentada en mi banco de madera rezaba poco y pensaba demasiado. Ninguna de las hermanas quiso sentarse cerca de mí y así la oración comenzó y se hizo eterna. Los maitines están llenos de cantos profundos y susurros que indolentes y pesados se meten en lo más profundo del ser y la mente.


  La Hermana Clara no apareció, y eso era de extrañar, nunca jamás perdía oración, ni rezo.


  El aire frío, atroz y veloz entró en la capilla al abrir la puerta de golpe una de las hermanas como alma que lleva el diablo, entró gritando y sollozando, en un balbuceo casi estúpido y poco entendible, pasó por el pasillo central hasta llegar al altar donde se derrumbó y se santiguó tantas veces que fue imposible contarlas. La Superiora fue hasta ella, la abrazó en un abrazo permitido, le susurró un algo, y prendió una carrera ante nuestra atónita mirada, el hábito revoloteaba tocando con sus puntas los bancos de madera.


  Todas fuimos raudas tras la Superiora, al llegar a la prisión de la Hermana Clara, allí estaba, completamente desnuda, con la mirada hacia el suelo y colgada del techo, allí pendía inerte y aunque mis intentos por bajarla fueron desesperados y rápidos, fue demasiado tarde.


  Me creyeron culpable de la muerte de mi amada Clara, por ello fui expulsada del conventillo sin perdón y sin palabra alguna, exiliada vagué al principio por caminos y bosques, más tarde por aldeas y pueblos, ahora me hayo en el centro de una gran urbe, ya no ejerzo como monja de clausura, ahora vendo rosas y claveles en un puestecillo del mercado de abastos, donde una dulce chavala me visita a diario y juntas nos amamos entre el bullicio sordo y ciego de esta amarga ciudad.

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