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A concurso

El tango que no se baila

Luis Duro

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Caminaba con elegancia, dejándose mirar, “con ese tumbao que tienen los guapos al caminar”. Tenía el pelo negro, la cara afilada y los ojos oscuros
como una noche de invierno.


Su mirada se clavó en mis ojos desde la distancia. Vino hacia mí con ese
abrumador aplomo de quien sabe conquistar a una mujer. Según se
acercaba, una extraña sensación de desnudo se apoderaba de mi cuerpo.


Sonaban acordes de bandoneón que anunciaban un tango, la música de
los barrios bajos de Buenos Aires, la danza que bailaron los hombres entre
sí antes de invitar a las mujeres; el baile de los prostíbulos, de los
tramposos.


A medida que llegaba a nuestra mesa, me sentía incapaz de sostener
aquella mirada; mis ojos se refugiaron en el suelo donde las dos puntas de
mis zapatos apuntaban ya irremisiblemente hacia él.


De pronto, comencé a sentir su presencia como un aluvión de energía que
se cernía sobre mí. Su aura invadía mi espacio de tal modo que apenas
dejaba lugar para mi voluntad.


Al llegar junto a mí no dijo una sola palabra, tan solo alargó su mano
izquierda de forma displicente con la total seguridad de que yo le tendería la
mía.


“Cabrón”, me mije. Odio esa actitud chulesca en un hombre, pero a la vez
desata en mí una atracción que difícilmente puedo evitar. Iba a volver la cara
hacia otro lado cuando, no sé ni cómo ni por qué, mi mano se levantó y se
fue acercando a la suya hasta que nuestros dedos comenzaron a rozarse.


Me levanté y comenzamos a caminar juntos de la mano. Se detuvo en el
centro de la pista de baile. Mi cuerpo se fue acercando lentamente hacia él
hasta recostar mi pecho sobre el suyo. Su brazo derecho rodeó mi torso
mientras su mano recorría mi espalda. La acarició con suavidad hasta bajar
sutilmente las yemas de sus dedos y dejarlas a ambos lados de los finos
hilos de mi tanga; un escalofrío recorrió todo mi cuerpo.


—Es La cumparsita, la quintaesencia del tango argentino, el tango de los
tangos —me dijo mirándome fijamente a los ojos a escasos centímetros de
distancia, con su voz grave y un acento que entraba directamente en mi
cerebro y lo desbarataba.


No pude decir nada, sólo apoyé mi frente contra la suya sintiendo el alivio
de tener mi mirada a salvo de la de él. Nuestras piernas entraron en
contacto antes de comenzar el baile. Sentí, entonces, la fuerza de su pecho
arrancando la caminada, con decisión, sin dejar ningún atisbo de duda. En
cada paso sus muslos rozaban la parte interna de los míos. Caminábamos
con una cadencia perfecta, como dos ramas mecidas por el viento al ritmo
de un mismo compás. Languidecía el bandoneón; la música narcotizaba la
atmósfera con tintes de melancolía:


“…Si supieras


Que aún dentro de mi alma


Conservo aquel cariño


Que tuve para ti...!


Quién sabe si supieras


Que nunca te he olvidado...!


Volviendo a tu pasado Te acordarás de mí...”


De súbito paró, su mano trepó sutilmente por mi espalda, indicándome
con firmeza la figura que tenía que marcar. Mi cuerpo, entregado ya a aquel
hombre, habría respondido a cualquier gesto que le hubiera propuesto. Me
sentía completamente a su merced. Solo mi mente se negaba a rendirse,
solo ella luchaba sabiendo de antemano que la batalla estaba perdida.


Una figura brusca puso su frente contra la mía. Sus ojos nuevamente se
clavaron en mí. Su mirada traspasaba mi razón y revelaba inciertos mis
pensamientos. Gotas de sudor empapadas de deseo se atraían, se
mezclaban creando una perfecta alquimia.


Con cada acorde mi entrega se ponía en evidencia, con cada estrofa me
sentía más liviana, más desnuda. Las notas se sucedían, mi piel bullía y se
modelaba con su tacto. Cerré los ojos aislándome del mundo con un solo
deseo: fundirme con él.


Muslo con muslo, cadera con cadera en un ocho, pubis rodando sobre
pubis para contactar con la cadera contraria. Una volcada y sus ojos
pegados a los míos, sus labios a milímetros de mi boca; una boca que por
ser besada comienza a volverse loca.


Una vuelta firme y mi espalda contra su pecho, su mano en mi vientre. Mi
corazón late como nunca dentro de mi sexo. La palpitación se intensifica. Mi
cuerpo tiembla, su aplomo me doblega. Busco con desespero el roce de su
piel.


Mi respiración se agita más y más, y mis labios se entreabren en una
frustrante búsqueda de su boca. Solo puedo notar su aliento; calor que
excita mi entrepierna en una íntima conexión nunca soñada. Le necesito
dentro. Pierdo la razón para dar paso al deseo más infinito. No hay límites
definidos entre su cuerpo y el mío.


Me siento como una guitarra en manos de un virtuoso maestro. Al
momento me doy cuenta. ¡Canalla, me estás haciendo el amor! Me lo haces
con la sutileza de un ladrón, con la maestría de un sabio. ¿Cómo puedes
entrar en una mujer sin que se percate? ¿Cómo puedes robarme besos sin
dármelos? ¿Cómo puedes adueñarte de mi alma en una sola canción?


¡Sal de mí! ¡O entra y quédate para siempre dentro! No quiero que este
sentimiento se desvanezca, no quiero separar tu cuerpo del mío…


Bandido, ¿para qué has bailado conmigo?


Languidece la canción, las notas se tornan largas, suaves. Todas las
parejas ultiman sus bailes con movimientos lentos y armónicos. Me sujeta la
espalda y mi cabeza se desploma dócilmente hacia el piso haciendo mi pelo
volar.


Me incorpora, me mira con picardía y besa mi mejilla acercando sus labios
a la comisura de los míos:


—Gracias, ha sido un placer —manifiesta con absoluta caballerosidad. Yo
soy incapaz de responder. Me acompaña unos pasos hasta la zona de la
pista más próxima a mi mesa. Nos miramos, me sonríe y al momento
desaparece como si no hubiera existido nunca.


¿Pueden robarte el corazón en tan solo unos minutos? ¿Puede alguien
hacerte el amor penetrando en tu alma y robándola para siempre en un solo
instante?


—¿Le conocías? —pregunta mi marido al acercarme a la mesa.
—No, en mi vida lo había visto —rechina el silencio. —Hace calor,
¿verdad? Voy a salir fuera un rato a fumar un cigarro… necesito que me dé
un poco el aire.

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