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A concurso

Despedida de soltero

Luis Manuel González Muñoz

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Odio las despedidas de soltero. Son tan típicas y tópicas. Todas transcurren de
la misma manera. Ya sabes a lo que vas. Un menú de lo más guarro, mujeres
siliconadas desnudándose con el entusiasmo fingido marcado a fuego en la
cara y una noche de discoteca en uno de esos lugares donde solo se reúnen
gente que celebra despedidas de solteros. Como he dicho antes, típico.


Pero mi amigo Chus me sorprendió sobremanera. No quiso que nadie le
organizara ninguna fiesta. Nos desplazamos todos a Barcelona de buenas a
primera y decidimos improvisar. Eso si, al menos se había asegurado un
transporte responsable de ida y vuelta. Alquilo un autobús.


La noche no podía comenzar de peor manera. Reunión de todos y todas las
invitadas a la despedida, por parte del novio y de la novia. En este caso
decidieron compartir autobús. Salía más económico y por lo menos nos
reíamos de las chicas. Pero mira tú por donde, ellas tenían un plan de puta
madre y nosotros íbamos a la aventura.


El viaje fue lo peor. Piensa que a estos eventos va mucha gente que no se
conoce entre si y cada uno busca algún conocido para hacer el trayecto mas
ameno. En mi caso, de entre los hombres solo conocía al novio, lo cual me
aislaba del grupo masculino.


Todo lo contrario, si pensamos en las chicas. Conocía a Laura, la novia, una
chica muy divertida, que había sido novia en un tiempo lejano y olvidado.
También me había liado con la hermana de mi amigo Chus, algo de lo que no
me siento muy orgulloso y que uno no termina bien de explicarse como ocurrió.


En este punto de la historia tengo que admitir que no soy lo que se dice un tipo
apuesto. Para nada. Cero. Pero tengo ese punto sensible que atrae a las
mujeres. Se sienten cómodas conmigo. Saben que no es una estrategia para
derribar sus defensas de modo amistoso, sino que es mi forma de ser. Vamos,
que estoy muy en contacto con mi lado femenino, algo de lo que se mofan mis
amigos.


Bueno, tratad de imaginaros el suplicio que supuso para mí el viaje. No tuve
conversación con nadie y sentí como todas las féminas con las que me había
relacionado sentimental o sexualmente en algún momento de mi vida, a pesar
de mi sensibilidad y corrección, me maldecían y lloraban tras de mi. Nunca he
sabido muy bien como terminar las relaciones. Reconozco que soy un poco
tosco a la hora de romper, pero bueno, esa es otra historia. El caso es que
llegamos a Barcelona, se bajan las mujeres y comienza el cachondeo y el
intercambio de mofas, chanzas y befas varias antes de continuar nuestro
periplo sin rumbo hasta el paseo marítimo de la ciudad, centro neurálgico de la
fiesta nocturna.


Cotejamos la carta de varios restaurantes y al final terminamos en una
marisquería que no tenía desperdicio. Comida en cantidad, buenos precios y
un vino de la casa que tiraba que a la segunda copa te tuteaba sin complejos.
Eso es lo bueno de no tener un menú contratado. Bebimos mucho brindamos,
saltamos, reímos, bailamos y jugamos como idiotas.
Después del ágape, nos dirigimos a una de esas discotecas que nunca sabes
porque, es la que está de moda, hasta la cencerreta de gente y chicas
semidesnudas gobernando las ultra saturadas barras asediadas por
admiradores, acosadores, babosos y mirones sin pretensiones. En resumen,
uno de esos lugares donde nunca conoces a nadie y en el que apenas puedes
hablar con nadie debido a la masificación y el ruido.


Tras dos horas sufriendo un ataque masivo e indiscriminado contra mi sistema
auditivo y en parte deprimido por el emocionalmente complejo viaje en autobús
y las miradas de ex novias y ex amantes que me habían dejado anímicamente
tocado, me di cuenta de que esa noche no iba a mejorar. Ni siquiera los
lujuriosos movimientos de las exóticas camareras conseguían sacarme de mi
estado semi depresivo.


Supongo que ahora el lector pensara que conocí a la mujer de mi vida que
andaba sola y desamparada, aburrida y hastiada también del ambiente de
despedida que se respiraba en el ambiente. Nada más lejos de lo que ocurrió
realmente.


Como decía, era uno de esos locales que en ese entonces estaban de moda.
Cerca del mar, con una terraza impresionante que daba a una pequeña playa
privada. Había salido fuera para evitar emborracharme y relajarme con el
sonido de las olas. Allí no llegaba el ruido de la música infernal. Tan solo
alcanzaba a oírse el susurro de la brisa marina y el sonido de las olas
golpeando las rocas. Pero había algo más. Risas. Risas femeninas. Caminé
tranquilamente, intentando localizar el origen de las voces. Ahora podía
distinguir claramente esas voces. Un grupo de féminas, probablemente amigas
de una soltera a punto de licenciarse, se bañaban desnudas lejos de los
curiosos y lascivos ojos de los hombres que alucinaban con los sensuales
movimientos de las camareras y go gos de la discoteca. Una de ellas se
percato de mi presencia, pero no pareció importarse. Se sumergió y se dirigió
hacia donde estaban las demás. Supongo que para advertirles sobre el
depravado que las observaba desde la orilla, pero de nuevo, pareció no
importarles.


Decidí tumbarme, indiferente, a observar las estrellas. Hacia una noche
magnifica, y no por lo que ocurría a pocos metros mar adentro, sino por la
ausencia de ruidos, músicas y demás cosas que nos saturan los sentidos la
mayor parte del día. No había motores, ni cláxones, ni gente. Solamente las
olas y aquellas pequeñas ninfas de agua nadando y jugueteando en el mar.


Pocos minutos después me giré y pude ver a una de las chicas tumbada a mi
lado, mirando el cielo. Estaba completamente desnuda y no parecía alterarle mi
presencia. La reconocí como la chica que me había visto y había advertido al
resto de mi presencia.


Se llamaba Susana, pero sus amigas la llamaban Sus. Iniciamos una
conversación ligera, hablamos de trivialidades, de tonterías. Estaba preciosa,
con su largo cabello mojado pegado a su espalda, el agua resbalando por entre
sus pechos, que reflejaban el brillo de la luna. En ese momento me sentí
conmovido por la belleza de la imagen que tenía ante mí. Supongo que rompí
el ritmo de la conversación, o quizás se dio cuenta de que la miraba
embelesado y salio corriendo, riendo en dirección a sus amigas.
Esta vez no me quedé en la orilla. Me desvestí lo mas rápido que pude sin
caerme y entré en el agua torpemente. Supongo que desde el agua tuvo que
ser un espectáculo ver volar mis huevos de un lado a otro. Había sido testigo
en varias ocasiones del espectacular bamboleo de los senos femeninos
desnudos a la carrera, y a pesar de que era una imagen muy erótica, el
pensamiento de mis testículos al aire solo me sugería algo esperpéntico, triste
y ridículo.


Ya en el agua busque a Sus, que jugaba junto a sus amigas a caballeros y
caballos. Ella era un caballo y una rubia menuda, pero de grandes tetas
montaba sobre sus hombros. Una de sus amigas, una morena espectacular de
nombre Yoyo (Yolanda) subió a mis hombros y nos lanzamos al combate. En
otro momento seguramente estaría alucinando de tener un coño rasurado entre
oreja y oreja que no estaba siendo masticado por mi menda, pero el hecho de
tener a Sus delante y chocando contra sus senos intentando derribar a su
caballero se me antojaba todavía mas erótico. Yolanda se abrazo con su amiga
y ambas cayeron al agua, insultándose de manera divertida y riéndose como
dos quinceañeras. Mientras emergía me di cuenta de que dos piernas se
enroscaban a mi cintura. Era Susana que quería jugar a un nuevo juego.
Supongo que fue un acto reflejo, pero acerque mi cara a la suya y la bese con
ternura e inocencia. Sus aceptó el beso y su sexo parecía querer aceptar algo
más. Mis manos se esforzaron por abrazar su esquivo culo mientras ella me
besaba el cuello, lamiéndolo en ocasiones. Ajenas a lo que estaba ocurriendo
tras ellas, sus amigas seguían jugando.


Por mucho que digan sobre el agua fría y las erecciones, debo decir que mi
amigo el calvo emergió en plena forma y decidió por si solo alegrarme la noche.
Sus sintió su presencia y bajo a saludar a su alteza. Hasta ese momento nunca
antes había disfrutado de una felación submarina. Y debo reconocer el mérito
de mi compañera de juegos, porque si ya da la impresión de que atragantan en
tierra firme, bajo el agua debe ser todo un desafío.


Cuando hubo acabado, intente corresponderla, pero trague agua desde la
primera inmersión. Salí tosiendo y jadeando. Sus empezó a reír, llamando la
atención de Yolanda y compañía, quienes jugaban a pocos metros de nosotros.


Sus me ofreció su sexo, esta vez sin complicaciones. La penetré con firmeza,
pero todo lo suavemente que el medio permitía y nos quedamos abrazados a
merced del mar, dejando que el oleaje marcara el ritmo. Lentamente, la sentí
llegar al orgasmo mientras servidor se estremecía emocionado al eyacular de
manera brutal, sintiendo el calor de mi esperma a pesar del helado.


Gané la orilla a nado, me dejé caer junto a mi ropa y busqué a Sus con la
mirada. Estaba con sus amigas, jugando de nuevo a caballeros y caballos.
Entre carcajadas y el sinuoso sonido del mar, caí sin remedio en los brazos de
Morfeo.
Horas más tarde, me despertó el nauseabundo olor de uno de mis compañeros
de bus vomitando cerca de donde me encontraba. No veía a ninguna de las
chicas cerca de donde me encontraba. Estaba nuevamente vestido y tenía un
horrible dolor de cabeza. ¿Había soñado todo aquello? El dolor de huevos que
padecía sugería lo contario, pero estaba claro que allí no había nadie mas y no
había rastro de nada de lo que yo creía había pasado hacia escasas horas. Di
por sentado que el alcohol había provocado un estado de ensoñamiento,
provocando aquella dulce y preciosa fantasía.


Me levanté y puse rumbo al punto de encuentro, puesto que quedaba apenas
una hora para regresar a casa. Podía distinguir, en la terraza de la discoteca, a
alguno de los de mi grupo y dirigí mis pasos hacia ellos.


Fue entonces cuando oí unas risas. Unas risas femeninas. Mire por encima de
mi hombro y juraría ante el mismísimo Dios todopoderoso que ví a una joven
nadando en el mar. Y juraría que era Sus, riendo y jugando con las olas.


Han pasado cuatro años y desde entonces, mis viajes a la playa se han vuelto
más frecuentes. Y no importa donde esté, si en el norte o en el sur, Barcelona o
Portugal. Siempre que voy a la playa, dirijo la mirada al horizonte, puedo oír
unas risas alegres y juguetonas. Y entro en el mar y me dejo llevar por las olas.
Y siento como algo acaricia mis partes nobles y entonces me quedo quieto y
disfruto agradecido de otra mamada colosal.

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