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A concurso

Fiebre en la piel

Ascensión Gordo Ureña

    El vino resbalaba lentamente por mi garganta dejando en mis labios una sensación ácida de deseo. Sobre el vaho del cristal deslicé lentamente los dedos dibujando cuatro trazos indescifrables, cuatro zarpazos a la lluvia que se deslizaba lentamente tras las cortinas del ventanal. El aroma sabroso que impregnaba mi olfato desde la cocina, activaba en mi boca, aún acida, el inminente paladar de una incitante y apetitosa cena, preludio de una larga y ansiada sobremesa, que se cocinaba en el horno. Apuré, lentamente, el último sorbo desde el fondo de la copa, dejando resbalar hasta mi pecho una gota de sangre ácida...


    Desde el ventanal del baño fijé la vista, absorta, en el mar de tejas que se mecía a mis pies. La vista de la ciudad, al alcance de mi mano, era una sinfonía opaca de colores y reflejos, provocados por la lluvia deslizándose, sinuosa, insinuante, por los cauces abiertos de los tejados. Su ritmo monótono y pausado destilaba una música relajante y ensoñadora acentuada por el repiqueteo de los gruesos chorros candentes que descendían de la ducha entre densas nubes de vapor nublando los rincones y velando las imágenes rotas de los espejos con una densa capa de niebla enfebrecida.


    Mientras impregnaba mi cuerpo, apenas cubierto con una ligera gasa negra transparente, a modo de camisón, con la densa espuma que brotaba del fondo de la bañera, fijé la vista en las danzarinas gotas que se condensaban en las vigas de madera del techo abuhardillado, volviendo a mi cuerpo como frescos soplos de lluvia que se filtraban desde la noche. Se descolgaban hasta el sensual reguero de mi escote, colándose entre la tela, y resbalando por mis pechos que se estremecían erizando pezones y areolas enrojecidas, casi moradas. Con sorpresa, me sorprendí recibiendo toda una corona de perlas descendían por mi cuerpo despertando cada trocito de piel humedeciendo cada uno de mis ya excitados huecos.


    Apunto de sumergirme en los placeres del baño de una diosa Diana atrapándome en sus redes de cazadora, con la mente alumbrando en las yemas de mis dedos los juegos de la pasión de la piel... sonó el timbre.


    La camisa empapada esculpía su pecho como una coraza que marcaba cada uno de sus músculos tensos. Apenas una sonrisa esbozada reflejaba un rostro húmedo y asombrado ante la tersura de mi piel, mal disimulada bajo la gasa untada de vaporosa espuma. Una helada botella de cava refrescó mis ardientes manos. Las suyas intentaban con premura deshacerse de sus ropas empapadas. Su mirada, más atrevida por momentos, despejaba mi cuerpo de su opaca transparencia en un desesperado intento por intuir lo que más allá se ocultaba. Mi dedo, inconsciente, jugaba con la espuma que lentamente descendía por mis pechos hacia mi vientre, erizándome el bello con el tenue quejido de mil diminutos alfileres perforando.


    Sentí, ciega, que el muro estaba a punto de derrumbarse. Volé hasta el baño, escurriéndome de sus garras que ya sólo pensaban en devorarme, para continuar con mi interrumpido ritual de sensaciones previas. Quería tibia y tersa mi piel, humeante de aromas y abierta en sus poros a todas las expectativas que ya imaginaba.


    La lluvia candente de la ducha penetró en cada resquicio de mi cuerpo como si el agua de las nubes traspasara el espeso cielo arañando mis sentidos, meciéndolos en la espuma de un mar de azúcar, endulzando mis
rincones para el banquete que se estaba condimentando. Miré de reojo mi cuerpo en el espejo. Brillaba por la humedad, por el vaho del agua caliente... me vi guapa, me sentí diosa y deseada. Y descubrí, en medio de la bruma de un mar hirviendo en un borboteo de sensaciones, su mirada fija en el reflejo de los mofletes de mi culo, apetecibles como melocotones recién cogidos del árbol cuando ya la saliva se deposita entre los dientes esperando el primer bocado.


    Y supe, sentí, que no estaba sola bajo el agua. Una mano fría tensó los músculos de mi espalda. Cerré los ojos con más fuerza aún para imaginar su torso encrespado por el frío de la lluvia. Unos labios blandos se deslizaron pausadamente sobre el inicio de mi cuello, en el borde del pelo, en el límite del lóbulo, en el lugar exacto donde el tiempo se detiene y un río de sensaciones se desborda en los rincones ocultos. Nada ni nadie podría ya parar lo que empezaba a ser una locura.


    Mi cuerpo encorvado ansiaba desesperadamente acoplar la espalda en cada uno de sus huecos, en cada una de sus formas mojadas y cálidas, ardientes, que se apresuraban a recorrerme en todas mis dimensiones. Lancé mis brazos hacia atrás para buscarle, para atraerle y fundirme en su carne, moldearme en cada milímetro de su piel capaz de enardecerme hasta la perturbación. Busqué su boca entre el agua que chorreaba mi pelo, que golpeaba mis ojos con frenética cadencia acelerando mi pulso hasta desbocarlo. Lenguas entrelazadas, labios retorcidos, dientes devorando la carne dentro de las bocas buscando con ansia beberse la saliva, la sal más profunda vertida en las gargantas...


    La niebla del espejo no impidió volver a ver mi silueta, ya difuminada en la suya. Un grito de placer quebró mi garganta cuando sus manos apretaron con fuerza mis pechos. Suaves, lentas, expectantes caricias que culminaban en sus sonrosadas cumbres, erectas de placer, henchidas como moras a punto de explotar y derramar sus jugos. Tímidos espasmos nerviosos me obligaban a revelarme, a volverme hacia él para, abierta, entregarme, aferrarme, abrazarme a su caderas y culminar lo que ansiaba, deseaba, rogaba, suplicaba en silencio que en mí consumase. Y me lo impedía. Asía mi cintura con fuerza obligándome a permanecer curvada, su pecho fundido en mi espalda, sus caderas en mis caderas, mis nalgas en su pubis sintiendo la turgencia de su fuerza erecta deslizándose, frotándose intensa sobre mi piel mas sensible. La fuerza de sus brazos me dominaba. Un dolor intenso como una aguja infinita recorría cada punta fibrosa de mis nervios obligando al placer a resistirse, a no quebrarse, a no abandonarse y continuar con esta tremenda guerra de pasión desmedida, de lúdico juego de las sensaciones mas intensas que puede sentir la piel desbocada.


    Cuando al fin sus dedos alcanzaron el centro mas secreto de mi cuerpo, un espasmo infinito sacudió cada uno de mis músculos. Grité, lo sé, aunque no pude oírme. La lluvia de fuego y espuma que nos embadurnaba, ahogaba en el pecho cualquier intento de pronunciar una palabra. Mudos, sordos, ciegos a cualquier otra cosa que no fuera sentirnos, seguíamos galopando a lomos de Pegaso en busca del concierto infinito de las estrellas, más allá de los confines del universo. Buscando el placer último, el espasmo de vida latiendo en el fondo de nuestras almas entregadas al cuerpo. Al cuerpo del otro.


     Sus yemas se deslizaban suavemente en el interior de mi secreta cueva. Abrían sus labios, lubricados con el néctar de los dioses, la ambrosía
que manaba en cascada desde el fondo de mis entrañas, para penetrar en el sancta sanctorum de mi santuario, rezando con los dedos, en silencio, la más hermosa oración a la diosa de los placeres, el más puro e intenso de los sacrificios que se pueda ofrendar al centro humano de la creación, la consumación del rito ciego de las sensaciones, la pura erótica del placer animal.


    Apretados como si uno solo fuéramos, notaba los pulsos de su cuerpo que se acompasaban con el mío, que poco a poco iba retomando la dulce inconsciencia de saber lo que le esperaba, y nos recreábamos en el dulce deleite del después de todo, bajando los ritmos para no adelantarnos al propio ritmo que marcaba un tempo in crescendo dispuesto a alcanzar un prestissimo allegro con fuoco de espasmos incontrolables antes de la coda final.


    Sin previo aviso alcanzo el centro de mis ingles con su boca y libó mis jugos, bebió mi savia manando, derramada, de la fuente de mi carne abierta, sonrosada, enrojecida con sus dientes, que devoraban el punto exacto y erecto del centro de mis sedas. Paladeaba y miraba hacia arriba encontrándose con mis repeluses y una sonrisa de éxtasis comunicadas. Lo atraje con ansia a mi pubis, como si se pudiera quedar ahí para siempre, como si unos segundos se convirtieran en el tiempo universal. Y sorbió del capullo de mi rosa, devorándolo al mismo tiempo con su lengua, hasta que sintió un ronco gemido de ahogo en mi garganta que buscaba el aire que se le escapaba antes de romperme en mil pedazos de cristal esparcido en la densa niebla. Y se detuvo... aun a riesgo de morir ahogado en mis manos por semejante sacrilegio. Le perdoné la vida, condescendiente y consciente de lo que aún estaba por llegar.


    Abandonados, sin rumbo, perdidos en lo más profundo de la noche, navegamos, locos, a ciegas, por el mar profundo de nuestros rincones, todos, buscando, perdidos en la nada, arribar al puerto más lejano del océano de nuestras almas luchando en el centro de la tormenta de nuestros placeres.


    Desprendida, por fin, del peso de sus deseos, acune en mis manos la fuerza erecta de su piel que me buscaba, mecí dulcemente en mis dedos su carne extasiada con lento vaivén, y quise beber de su fuente, libar en mis labios el néctar de su lluvia. Mi lengua buscaba la sal de su cuerpo. Tibios susurros rompieron también su garganta en roncos gemidos, gritos acompasados al ritmo del vals que bailaba mi boca, música celestial, danza de los dioses arrobados y envidiosos del sudor de mi piel mezclado con su aroma de animal desbocado en busca del final de su viaje, del límite infinito donde se nublan los sentidos y la razón es apenas un suspiro. Pero no le dejé. Le pagué con la misma moneda. Quería que su sangre latiese en mi nido, que fuese mía derramada en mis entrañas para compartir, juntos, el final del camino...


    Acople mi pubis a sus caderas. Lentamente, como esas imágenes mudas que avanzan por la mente fotograma a fotograma, levante mi pierna hasta el borde de la bañera y cerré con el pie la ducha, quería silencio. La lluvia, obediente, dejo de latir en el cielo de la noche. Sólo dos respiraciones agitadas turbaban un silencio tenso, denso, espeso como la miel y ardiente como la lava que fluía por mi entrepierna, todo estaba ya dispuesto, nada ni nadie podía impedir ya el triunfo de mi inmenso y adorable pecado.


    Mordí sus labios hasta absorber el sabor almizcle de la sangre en mi lengua, froté deseosa y ansiosa mi venus a sus ingles, sentí con el alma en los ojos el latir de su fuerza buscando el cáliz de mi rosa, el lento camino que entre
mis pétalos abiertos se deslizaba hasta el fondo de mi vientre, el rayo de luz que abría mi cuerpo en dos en el centro de la tormenta de mis placeres. Loca, abandonada, perdida sin remedio en el baile de sus caderas que me horadaban, que destrozaban la misma vida en un ritmo frenético, que ansiaban el aire, que necesitaban beber cada gota del sudor de su piel para saciar una sed intensa de amor, placer, dolor, vida, mezcladas, libadas con mis jugos manando del mismísimo centro del universo de mis sensaciones.


    Y fui luz por instante, fui viento y mar enfurecidos, ola rompiendo vencida en el acantilado de sus caderas que me destrozaban, que derrotaban cada milímetro de mi piel enfebrecida, en un espasmo continúo de mi cuerpo abandonado al más puro, más hermoso, más maravilloso placer del cielo, ¡el placer que desean sentir los dioses etéreos y envidian en los mortales humanos.


    Nunca supe si grité o sufrí en silencio tal sucesión de contracciones nerviosas, nunca supe nada ni fui nadie en ese instante, tan sólo sentí que era miel derretida, melaza de fruta mezclada dentro del fondo de mis entrañas, con el néctar derramado de su fuerza que me penetraba y abrasaba. Y fui, también, por un instante, la misma muerte, perdiendo sin sentido el tiempo y el espacio.


    Nadie, jamás, como tú y yo. Porque esto, todo, contigo, es siempre como si nunca nadie lo hubiese vivido, y siempre superando todo lo anterior... mientras saboreaba en mi boca reseca la última... sensación remota del sabor de la sangre ácida del vino resbalando lentamente por mi garganta. El sabor de mi agonía eterna...

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