Este portal contiene material sensible exclusivamente para adultos, y por tanto al hacer clic en "ENTRAR", admite:

  • Usted debe ser adulto, entendiéndose como tal ser mayor de 18 años (o la edad legal en su lugar de residencia).
  • Usted está de acuerdo en ver material sexualmente explícito para su uso personal en su ordenador privado y no utilizar el material de Premios Bonobo con fines comerciales.
  • Usted se deberá hacer cargo de que el consumo de material e imágenes de contenido para adultos no esté prohibido ni infrinja ninguna ley en la comunidad donde usted reside, ni en su proveedor de servicios, ni desde el local desde donde accede.
  • Usted no exhibirá este material a menores o a cualquier otra persona que pueda resultar ofendida. Haga clic en ENTRAR si está de acuerdo y cumple las condiciones anteriores, o haga clic en SALIR si no quiere entrar o no cumple las condiciones anteriores
Entrar
La verdad que sentimos darte la paliza con la Cookies, a nosotros nos gustan más las bananas. Nosotros No comercializamos tus datos, pero nos obligan a darte el coñazo y anunciarte todo esto, tienes que aprobar con un click que aceptas el uso de las cookies que tenemos en nuestra web para una mejor navegación y seguridad para tí. Más información
Acepto

A concurso

Inconsciente sensación de continuidad

Miguel Ángel Barroso García

Miré hacia el cielo un poco atónito: su frente cuajada de estrellas me aturdió estúpidamente. era una noche tibia, llena de luz, impregnada de un misterio diferente al de otras noches.


Se sucedían mis pasos crujiendo y arrastrando piedrecitas y arena. Era todo tan luminoso, que los ojos iban advirtiendo el paisaje de árboles, terraplenes y malezas que se extendían a lo largo de todo el camino. No había en mí la necesidad de andar deprisa o acostarme con la angustia febril de pasadas noches. Había recibido la noticia justo a tiempo; a tiempo quiere decir antes de que ocurriese lo peor: una muerte, mi muerte próxima y real.


-¿Qué haces ahí?


-¡Mira! -Respondí yo- Haz el favor de dejarme en paz. ¿Quieres que te diga una cosa?


-Sí, dímela.


-¡No te burles! ¡Ya no necesito de ti! ¿Has oído? Pues abre bien tus espantosas orejas: ella está aquí, ¡Está aquí!


-Está bien… -Se fue oculta entre una oscuridad que había brotado de repente. ahora todo era negrura, no se divisaban árboles, ni montes, ni estrellas, ni parajes boscosos.


-¡Cielos! -Exclamé estúpidamente.


-¡Cielos! –Sonó un extraño eco. El eco sibilante de su voz. Era Ella que me hacía burla. Que se burlaba de todo.


-¡Eres una hija de puta!


-¡Eres una hija de puta! –Acudió burlón el eco estridente.


Ahora caminaba deprisa, torpemente; tropezaba porque mis pies se habían vuelto de plomo, no me obedecían y no sentía mi cuerpo.


Al fin me tumbé en la cama triste de otras noches. Las sabanas olían a sudor y mis cabellos empapaban la almohada.


-¡Qué asco! ¡Soy una basura! ¡Una basura maloliente!


Amaneció.


Hacía tres horas que daba vueltas por la casa. Mi voz se había quebrado, tenía los dedos hinchados y la cabeza parecía a punto de estallarme. Era necesario hacerla venir sin que ella –la maldita- se enterase… pero cómo, Ella lo sabía todo, tarde o temprano lo descubriría… sí, pero si entrase aquí de incognito…


Anocheció.


La cabeza no me dolía, pero sentía nauseas, unas sensaciones vacías de no haber probado bocado en todo el día. Revisé mis libros y la vieja colección de sellos. Tuve tentaciones de tirarlos a la basura, pero en el último momento me acobardé; al fin y al cabo eran míos. Me costó mucho reunirlos.


Seguía pensando, y pensar era cruel, era absurdo ante alguien como Ella. Pensar era todo lo que se me ocurría. Tuve que ir a comer algo, pues se me hizo insoportable el vacío doloroso que sentía en el estómago. Después de todo, la comida ayuda a serenar las ideas, a ordenar acontecimientos.


Una llamada. ¿Es la puerta o el teléfono? La dejé sonar, impasible.


-Sabes muy bien que tú, pobre estúpido, te has atado a mí. Me lo has dado todo.


-¡No!


-¡Júralo! ¡Imbécil!


-Es verdad, pero no quiero seguir junto a ti. No quiero seguir junto a nadie.


-¡Nadie, nadie! Hay que ver cuántas tonterías estás diciendo.


-Déjame abrazarte…


-Gusano, ahora me deseas… tómame.


Abracé su cuerpo frío y apoyé la cabeza sobre el vientre; era un bello cuerpo. Un bello vientre, un bello sexo… era solo eso, pero ahora me había vuelto a dejar turbar por el deseo… el incontenible furor de aquel insinuante cuerpo que cambiaba a las formas más caprichosas para arrastrarme y alienarme.


Era preso de su placer, de sus senos pequeños y esbeltos, de sus pezones oscuros y duros como clavos, de aquella boca cálida y chorreante de saliva y deseo… el puto deseo me volvía loco, me devoraba en sus llamas fraternales y traidoras.


-Así, así pequeño mío. ¿Ves cómo te gusto? ¿Ves cómo eres mío?


Y se reía. Y jadeaba. Y se contoneaba. Y me hacía burla. Y me trataba como a un niño. Y yo era su niño y el esclavo, y ella mi ama, mi dulce y cruel torturadora de otras épocas, de los mismos años. Años del polvo, del tiempo.


Esta noche se había levantado una brisa fría y acariciante. Volví enseguida sobre mis pasos en aquella noche. No era la noche indicada. Salía. Salía como un valiente que va a su encuentro a pesar de las condiciones. A pesar del vasto miedo de sus advertencias y amenazas.


Debía intentarlo y si moría en el intento debía correr ese riesgo antes que quedarme en la casa de los silencios y los gemidos.


Sobre mis pasos. Caía la tarde. Miraba los restos de la merienda y, vacilando, me acerqué de puntillas al lecho: las sábanas estaban revueltas, y muchas fotografías descansaban sobre el suelo, algunas rotas por la mitad o salpicadas de semen.


Se había ido.


Recibí también un extraño mensaje de la noticia. tuve que subir fatigosamente el monte que se situaba por el lado izquierdo de aquel campo por donde paseaba con la luna. No hacía más que subir, sudaba, me hacía daño en los pies y me clavé algo en la mano una de las veces que tropecé con alguna estúpida piedra. Creo que sangraba demasiado y decidí volver; después de todo en el mensaje no se aclaraba gran cosa la situación: si había de verla, si me añoraba de tal modo, creo que lo mejor era dar a entender con más claridad las cosas.


Nuevo contacto físico con mi ama. Amaneció un poco más tarde. Las primeras bocanadas de sol quemaron cruelmente las cejas de los matorrales. Oí como chillaba el paisaje a lo largo del río. ¡Qué desgraciado me sentía! No se me ocurría la solución a su llegada secreta. Además, habían pasado varios días. Toda la casa tenía un olor un poco nauseabundo. A lo largo del pasillo se amontonaban restos de latas de conserva, trozos de pan duro, platos sucios y rotos, vasos a medio terminar. La verdad es que era un desastre. Pero como elle decía:


-No es necesario el orden; ¿para qué quieres que esté todo ordenado? ¡Tú eres un puerco, venga, hazme lo que tú ya sabes que me gusta!


-¡Grandísima hija de puta! –Me levanté de golpe y abrí el balcón.


De nuevo el aire.


Odiaba su movimiento, sus ondulaciones espasmódicas y febriles. Era insoportable para mi orden de cosas ver por mucho tiempo su estúpida y desafiante figura.


Cierro la ventana.


A las seis de la tarde volví a subir a la montaña. Mi herida de la noche anterior había cuajado, y solo quedaba un espantoso color morado y una costra seca de sangre. No había agua en el lavabo para limpiarme.


-¡Mierda! –Sé que vuelvo a estar neurótico y es porque no hallo solución al problema, no encuentro un sistema de signos que aclare todo de una vez.


-¿Qué estás hablando tú solo? –Insolente como siempre, me dio un terrible bofetón.


-No me pegues. ¡Sabes bien que no conspiro contra ti!


-Ya lo sé, eres incapaz, incapaz de nada.


-Algún día…


-¿algún día qué!... Bastardo… tienes miedo, me tienes miedo, me tienes tanto miedo, que me deseas porque soy bonita y dejo que me toques y me hagas cochinadas.


-¡No son cochinadas! –Protesté muy indignado; aquello era demasiado.


-¿Entonces, si no son guarradas, qué son?


Me puse a llorar como un niño sin saber qué responder. Ella volvió a pegarme, me mostró sus pequeñas bragas y desapareció, abandonándome en el deseo.


¡Cómo anhelaba enroscarme en sus largas piernas! Era algo que hacía muy a menudo: las abrazaba con fuerza y reposaba mi mejilla ardiente en su muslo. Ella, en aquellas ocasiones, sólo sonreía y me dejaba estar sin reprocharme nada.


Aquella noche acabé abrazado a la pata de la mesa. Me quedé en esa posición durante tres horas; lo sé porque oí el reloj de pared de algún lugar lejano.


La habitación apenas estaba iluminada por un tenue y blanco rayo de luna. La luna que me velaba maternalmente.


Era necesario salir, hablar esta noche con ella y proponer el encuentro para mañana.


Fui a la orilla del río. Era un río sucio contaminado por la fábrica que descansaba enfrente suyo. Se oían grillos y multitud de pequeñas pisadas, tanto en la hierba como en el agua. Me sentí muy observado, tanto, que estuve a punto de marcharme. Afortunadamente, me detuvo el susurro de una mujer que no era mi ama. (Por fin):


-¿Estás ahí?


-Sí, pero no puedo verte.


-Estoy en el agua, aquí no cubre.


-¡Pero si está sucia!


-En este tramo del río, no… he aprovechado para bañarme.


-¿Desnuda?


-Claro, soy una Nereida, ¿cómo quieres que lo haga si no?


-No lo se. ¡Tienes que venir a casa! Ahora es el momento. Tengo mucho miedo.


-A ella.


-Sí, ¿la conoces?


-Conozco todo. ¿Y el mensaje?


-¿Mensaje?


-Escucha, si tienes tanto miedo, vámonos… -emergió del agua envuelta en una luz fosforescente de tono blanco-amarillo. Sus cabellos, que no eran de un color definido, llegaban hasta sus tobillos.


-¿Cómo es posible que tengas todo ese pelo?


-¿Cómo es posible que seas tan tonto? –Dio vueltas alrededor mío, siempre envuelta en aquella claridad fascinante.


Pero yo tenía miedo de que mi ama nos descubriese. Se acercó tanto –siempre en vuelo- que pude ver con absoluta nitidez su rostro y su cuerpo.


Del primero he de decir que era alargado, blanco, con unos ojos que llameaban y que me dieron un poco de miedo. De su cuerpo es más difícil hablar: la conjunción entre sus extremidades era perfecta. Un muslo se unía al vientre plano y ligeramente abultado, y un brazo salía de un tronco robusto y adecuado a un ser que, en segundos, se metamorfoseaba y se envolvía en nuevas figuras tan perfectas como las anteriores. Los pechos también brillaban y el sexo era tan azabache que tuve tentaciones de hundir mi cabeza en aquellos rizos negros que despedían un olor intoxicante y embriagador de flujo cremoso.


Aterrizó y dejó un beso en mi nariz.


-¿Nos vamos? –Desapareció en su luz y se convirtió en una sombra más de la noche. Mi temor continuaba y el miedo a ser descubierto me excitaba de manera extraña. Deslicé una mano por el muslo suave tomado por su mano. Sentí un temblor en su cuerpo.


Volvió a amanecer.


Ella abrió los ventanales del balcón. De repente no recordaba nada, no distinguía un rostro del otro, ni un cuerpo de otro cuerpo. Me frotaba los ojos, escupía, mordía mis manos y brazos. Incluso arranqué pelos de mi sexo. Di un alarido. Ella se volvió. Miró. Sonrió.


-¿Mensaje? ¿Qué mensaje?


Di otro alarido chillando con todas mis fuerzas.


Ella cerró el balcón… pero…Ella, Ella… ¿Quién era Ella?

Leer más