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A concurso

Marcella y el Lab-Dance

Miguel Ángel Barroso García

Había recorrido ya todas las estancias de la mansión, cuando escuché ruidos provenientes de la entrada. Era un fastidio recibir la visita de alguien que no me había anunciado su llegada. Cerré con llave mi habitación de los secretos y me aseguré bien de que todo estaba en orden en el ala oeste.


El llamador de bronce macizo, caía insistentemente sobre la robusta puerta principal que había resistido imperturbable el paso de los siglos. Hacía escasos minutos que la mujer que había compartido conmigo los placeres ocultos de la habitación secreta, se había marchado. ¿Habría olvidado algo? Si no era así, entonces: ¿quién demonios podía ser a estas horas de la noche?


Detrás de la puerta, un hombre joven, alto, fornido y de aspecto peligroso, me preguntó en tono amable, pero fingido, si, efectivamente, yo era el señor Del’Air. Un tal señor X, muy rico y poderoso, quería que acompañase a aquel gorila a no sé qué garito, perteneciente a dicho señor X.


“Solo usted puede hacerse cargo de la chica”


Hacerme cargo era una responsabilidad muy grave, que no estaba seguro de entender bien. Que yo supiese, no había dejado embarazada a ninguna mujer en los jugueteos festivos de mi habitación.


“Es un asunto erótico. El señor X quiere saber su opinión. Ella se llama Marcella White. El señor se encaprichó de ella en un pueblecito de Palencia; como la chica no se asemejaba en sus rasgos físicos a la típica mujer española, el señor X decidió darle un nombre extranjero, más acorde con el espectáculo de su local, especializado en bailarinas de rasgos pálidos y algo ojerosas.


¿”Y qué diablos tengo yo que ver con esa White de Palencia? ¿Y por qué quiere saber el señor X mi opinión?


“Eso no es asunto mío y ni tan siquiera suyo. Es asunto del señor X y basta. Usted me ha confirmado que es el pornógrafo del ala oeste, el señor Del’Air, ¿no es así? No le volveré a repetir lo que ya le he dicho y usted sabe. Por las buenas o por las malas, vendrá conmigo ahora.”


“¿Así, sin cenar?”


“Cenará usted con el señor X, y después conocerá a la señorita Marcella. Eso sí, he de vendarle los ojos hasta que lleguemos al local. Es solo por precaución, para su propia seguridad.”


“Mire, buen hombre, yo tengo que acabar de leerme las memorias de un escritor llamado Masoch. No sé si le conoce usted; y he de decirle que al presentarse aquí sin avisar, ha interrumpido mi erección nocturna. No, no iré con usted.”


Después de más de una hora en coche, llegamos por fin, a la maldita cueva del señor X. Yo estaba un poco molesto con aquella venda negra que tapaba mis ojos, y harto, también, de la presencia implacable del guardaespaldas, correcto, pero tocacojones. Sin embargo, a pesar de mi indefensión y sometimiento ante la fuerza bruta, mi entrepierna mostraba signos de alteración; un cosquilleo agradable recorría mis muslos y atacaba insistentemente mi polla. La señorita White, había picado mi curiosidad. El señor X, también, pero por diferentes motivos.


El lacayo me condujo por un intrincado laberinto de pasillos que conducían a una escalera metálica muy empinada. La barandilla estaba muy fría, igual que el ambiente de aquellos túneles. Mi fiel lazarillo me guiaba con mano experta, como si aquel fuese su oficio de toda la vida.


Se abrió una puerta y todo cambió: una agradable temperatura sustituyó el gélido ambiente y un delicado olor a especias, anunciaba placeres gastronómicos que me hicieron la boca agua. Lo primero que vieron mis ojos nada más ser liberados, fue la intensa mirada del señor X clavada en mis pupilas. Era un hombre corpulento, no demasiado agraciado y con la mirada fiera y un tanto cruel. Fue muy amable y se disculpó por los métodos empleados para tenerme junto a él.


“Quiero que cene usted conmigo, que beba usted conmigo y que conozca a Marcella. Ella ha preparado una gran velada para usted.”


El magnífico vino servido durante la cena, había regado generosamente mis venas. Al poco, empecé a notar afluentes de sangre muy agradables, borbotando hasta mi cerebro. La excitación se había hecho intensa; en realidad, la tenía tan dura, que estaba un poco preocupado. “Es el efecto de Marcella” Dijo el señor X, que parecía saber cómo me encontraba. Si ella producía ese efecto tan inmediato, no sé que podía pasar después.


“¿Usted ha oído hablar del Lab Dance?”


Naturalmente, asentí un tanto ofendido por dudar de mis conocimientos en lo tocante a la erótica en general.


“¿Lo ha probado usted, señor Del’Air?”


“Nunca, ahora que lo pienso; y he hecho cosas terribles, créame.”


“La señorita Marcella lo hará para usted. Será la primera vez para ambos. Es un diamante que ha de pulirse en sus manos, señor Del’Air. Usted, con su experiencia y su sabiduría, será mi cobaya.”


No pude evitar una pequeña risa nerviosa y apuré la copa; la cual, inmediatamente, volvió a ser llenada:


“¿Y si las cosas no salen como usted desea, señor X?”


“Querido señor Del’Air, si las cosas no van bien, entonces considérese muerto. Nunca volverá a su querido ala oeste.”


Apuré de nuevo el vino y varias copas más; después, nos retiramos a un salón sofisticado, decorado con gusto exquisito. Ahora estaba seguro de que nunca había entrado en aquel local ni en aquellas habitaciones. El señor X quiso que le firmase uno de mis libros, precisamente uno de mis favoritos. “Esto debe ser como firmar mi sentencia de muerte” Pensé. Nos sentamos en un pequeño sofá de color rojo, junto a una mesita llena de todo tipo de licores; y me refiero a “todo tipo” de licores. Frente a mí, se alzaba una pequeña pista de baile, ocupada en su centro por una barra metálica, por la cual, de modo inesperado, descendió Marcella a través de un hueco practicado en el techo. Se movía como una gata salvaje que quiere clavarte las uñas con cuidado. Su minifalda roja, no podía ocultar una braguita blanca que enseñaba generosamente sus nalgas duras y erguidas como nunca había visto en mi vida. Quise comentarle algo al respecto al dueño de todo aquello, pero al girarme, descubrí, atónito, que estaba completamente solo en el sofá. Ni señor X, ni matón del señor X, ni camareros del señor X, ni nada. Solo yo, Marcella, la pista de baile y una canción provocativa y a todo volumen, protagonizábamos la escena.


Ella bailaba para mí, como un animal precioso y elegante. No voy a describir su belleza, que era mucha, porque prefiero que todo quede entre ella y yo. Siento que así velo por la pureza de su alma, y contribuyo, al negarle la fotografía escrita, a su entrada en el paraíso, tal como creen ciertas religiones del mundo.


Sin que me diese cuenta, los muslos de aquella mujer, se habían clavado en mi abdomen y su cabellera, de salvaje naturaleza, abofeteaba mi cara y me asfixiaba con su perfume narcotizante. Marcella se despojó de la minúscula prenda que ocultaba sus pequeños y deliciosos pechos, y me dio a besar sus pezones, cosa que hice imitando a un recién nacido ansioso de leche materna. Aquella oscura prolongación de su seno, palpitaba en mis labios y aumentaba de tamaño hasta ponerse dura como un fruto antes de madurar. Marcella se movía con tanto cuidado, que mis labios no se despegaban de aquellos hermosos pitones. Con la misma perfección, había arrinconado su estrecha falda, enrollándola en sus caderas, para que los poderosos muslos me arrebatasen varios suspiros de auténtico placer.


El sexo de aquella mujer arañaba y el olor de su pelo me volvía loco. Quise separar los cabellos para ver sus ojos, pero sus manos, igual que puñales certeros, retuvieron mis muñecas e impidieron el contacto físico al que yo aspiraba. Volví a sus delicados botoncitos negros, pero recibí un rudo empujón que me hizo desistir. Marcella negaba con la cabeza: “Solo yo te tocaré, animalillo mío. ¿Quieres que solo yo te toque?”


“Claro, claro, si me mantienes en este estado...”


Entonces, la mano suave, se posó en el bulto de mis ingles. Nunca había tenido una erección de tal calibre sin ayuda de las manos. Sin dejar de oprimirme la polla, la bailarina se bajó las bragas y encajó su sexo depilado en mi entrepierna. Quiso que la tocara despacio los muslos. Yo los recorrí sin pudor, lleno de todo su olor femenino, que era una mezcla de sabor a carne y caramelo de fresa. Entonces, lancé un suspiro muy fuerte, muy quejoso. Marcella sonrió; era realmente una hermosa mujer. Se había dado cuenta de mi alteración erótica, pero no cedía un milímetro en sus intenciones físicas. Solo tenía el privilegio de tocar su cuerpo, cuando ella me daba permiso. Yo jadeaba y ella sonreía. Su aparente docilidad la convertía en mi ama sin paliativos; de hecho, me había convertido en su esclavo sin darme cuenta. Solo esperaba sus órdenes tajantes, para deslizar las yemas de mis dedos por su sexo enrojecido, y retirarlas al instante, con cada golpe de sus ojos abiertos y voraces. Pero fue el colmo cuando Marcella, encajó su rodilla, pequeña y blanca como la nieve, encima de mi bragueta. No pude evitar que aquel trozo de carne se pusiese a palpitar sin control. Solamente una vez, había conseguido correrme sin llegar a tocar el pene con las manos; y eso fue... Bueno, esa historia la dejaremos para otra ocasión. En este momento, no quería que la bailarina hermosa me tocase la polla con sus manos. Me volvían loco los rozamientos constantes, la fuerza de su cuerpo desnudo contra el mío, vestido e indefenso. Despegó la rodilla con suavidad, y colocó la otra con mucha violencia. En otro momento, aquel golpe hubiese resultado doloroso, pero la tenía tan dura, que grité con fuerza y apoyé la cabeza entre las tetas. Esto no estuvo bien por mi parte, y obligó a mi ama a darme un buen tirón de pelo. Y sin dejarme apenas reaccionar, tenía sus nalgas girando en mis ingles, maltratando mi centro de carne con total devoción, para mantener el placer en su punto más álgido.


Aquella chica había sido alumna de la naturaleza, de la sabiduría de los dioses, del ímpetu de los mares, de la cólera de los vientos. Porque aquel control sobre mi semen, aquellas caricias exactas sobre los nervios de mi cuerpo, aquel don de mando sin apenas pronunciar palabra, no podía provenir de ningún ser humano, ni hombre ni mujer. ¿De dónde había salido aquella criatura gélida y a la vez llena de fuego?


Mientras pensaba en estos pormenores, me di cuenta que Marcella se había pegado a mi cuerpo como si tuviese pegamento. Sus piernas se habían enrollado en mis piernas, su vagina succionaba el bulto de mi pantalón, que amenazaba seriamente su derrame, sus senos se acostaban en mis pezones, que se clavaban a los suyos como alfileres, y sus brazos se habían crucificado con los míos, que descansaban sobre el respaldo del sofá. Entonces, me miró con descaro, aunque sus ojos hicieron un gesto tímido, valiente en su desafío femenino.


“¿Qué más quieres que te haga si ya eres todo mío?”


“Podrías matarme y sería mi mejor orgasmo; podrías estrangular mi sexo y mantener el semen caliente para siempre en tu coño; podrías devorarme las entrañas y fundirte con mi carne. ¿Qué te parece?”


“Me parece que te voy a dar a beber de mi boca.”


“Me beberé toda tu boca las veces que haga falta.”


Sentí una terrible palpitación en la polla y un dolor intenso en los testículos. Cerré los ojos y se desvaneció Marcella. Me pareció escuchar la voz del señor X. Una sensación de humedad caliente me hizo desviar la atención de lo que sucedía a mi alrededor. Pero Marcella se desvaneció.


 


Todo en el ala oeste estaba como yo lo dejé antes de ser secuestrado por el señor X. Entre mis muslos, había restos evidentes de una eyaculación abundante. Pero lo que me hizo salir de dudas sobre si lo que había vivido aquella noche ocurrió de verdad o no, fue la venda que tapaba mis ojos, el olor a caramelo de la hembra desnuda, y el libro abierto sobre la cama, que dediqué al señor X, al cual le faltaba, precisamente, la página de la dedicatoria.


No podía perder más tiempo con todo aquello, porque alguien estaba llamando a la puerta con insistencia. ¿Sería tal vez un señor “Y”?

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