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A concurso

Griselda en la torre de marfil

Miguel Ángel Barroso García

Por muchos túneles que la imaginación ofrezca, y a pesar de los atajos del deseo, el orden de las cosas es inalterable cuando solo existe la realidad. O mejor dicho: cuando a Griselda le parecía despertarse bordeando lo intenso, pero a manos de otra voluntad. No me refiero a otro cerebro, sino tan solo a un aceptado reparto de papeles que no impedían bajo ningún concepto que Griselda fuese menos persona que hace unos años.


La expresión hace unos años, no es simplemente un adorno literario, sino la pura realidad; puesto que ella se despertaba desde hacía algún tiempo, divagando entre fechas que, se suponía, debía ocultar en algún hueco freudiano de su subconsciente y que, con toda exactitud y benevolencia, aflorarían en alguno de los castigos que aún estaban por llegar.


Tres y media de la tarde.


En cada golpe sobre la carne desnuda de Griselda, afluían los colores. Pero no era algo físico, sino producto de la imaginación. De su inacabable imaginación femenina, que se bebía continuamente todo el placer de actuar como ella quería: sumisa, ordenada, e incluso sangrante cuando era preciso. Y lo era muchas veces. Sobre todo en aquellas tardes dedicadas a los pecados fuertes. Tardes de aprendizaje, macadas a fuego sobre su piel.


Hoy, recordaba algo que le pasó de niña. Una mañana soleada de verano, durante las vacaciones escolares, estaba con su primo hermano en el patio de la casa de sus abuelos paternos, cuando ambos, de manera absolutamente inocente, jugaron a hacer pis a la vez. Ella le llamó la atención sobre sus genitales, tan distintos a los suyos, aunque no recuerda qué le dijo él al respecto. Pero sí ve, claramente, cómo aquel par de críos, de pie, lanzaron sus orines calientes en un suelo indiferente y quién sabe cuántas veces orinado.


Su primo no estaba excitado, era solo que se sentía travieso. Por eso desnudó y golpeó las nalgas de su prima con la palma de la mano, sin que ella se inmutara lo más mínimo. Esta acción, dio alas al niño, que encontró muy original y, sin saber por qué: muy prohibida, aquella azotaina descarada en la piel suave y confiada de su compinche, quien, seguía sin moverse ni protestar, a pesar de que los azotes eran cada vez más duros e intencionados.


La niña Griselda, con tan solo doce años, supo desde aquella misma secuencia de su infancia sin traumas, que su vida necesitaría en un futuro de más azotes. Y no pensó en el látigo, porque su inocencia era patente en tales menesteres, y en realidad, lo que le gustaba era jugar con muñecas como a todas las niñas de su edad. Fiel a sus conclusiones, aquella escena jamás volvió a repetirse, y ni ella, ni su primo Fidel, comentaron nunca nada en ninguna de las bodas y comuniones en las que durante muchos años, coincidieron junto al resto de familiares. No hablaron de ello, simplemente, porque ninguno de los dos, lo recordaba como algo turbio que hubiera que ocultar; aunque, naturalmente, jamás se lo habrían contado a sus padres. Para la sociedad (y esto sí eran capaces de intuirlo), su “acto” era un terrible pecado, aunque ellos no tuvieran remordimientos, ni pesadillas, ni miedos repentinos en su día a día. De hecho, los dos eran muy buenos estudiantes y sacaron sus carreras con notas altas. Aquel día de verano, ya lejano, un primo y una prima, jugaron a hacer pis, como podían haber jugado a indios y vaqueros.


Tienes veinticinco años, y hoy se cumplen exactamente cinco, desde que decidiste entregar tu voluntad al placer de ser tú por medio de otros.


Griselda despierta del breve pero significativo psicoanálisis, destilando saliva en la palma de su mano, sujetada por la barbilla por su amo que con claridad le ordena tragar el oloroso fluido y volver a producirlo con el mismo afán.


Algunos días, Griselda no sabe ni en qué postura está, pero ahora mismo se reconoce, embriagada por el placer de no ser ella misma sin dejar de serlo, arrodillada en las baldosas de la celda con los tobillos encadenados y con pinzas metálicas pellizcando fuerte los labios de su coño, que se estiran desmesuradamente por culpa de los pesos que cuelgan de las pinzas. Fidel, le muestra, gracias a un espejo que la regaló en unos de sus cumpleaños, la vista de sus genitales, hermosamente vestidos con aquella parafernalia fetichista, y Griselda jadea, loca de placer hiriente que se adhiere a sus sentidos, envuelta en una corriente eléctrica, que descarga gradualmente sus voltios, sin acabar nunca con ella.


La esclava se da cuenta de que el único lugar de su anatomía que aún queda por marcar son los pezones; aterrada piensa: ¿Piedad del amo? ¡Oh, Dios, espero que no! Él sabe que es mi pecado favorito. Sabe muy bien que mis sentidos enloquecen cuando mis tetas son cubiertas con cuerdas y apretadas con crueldad, enrollándose poco a poco en cada pecho, hasta que la carne se torna morada y parece que me voy a ahogar sin remedio. ¡Y mis pezones se convierten en clavos cuyas puntas son pequeños clítoris ansiosos de ser rozados, mordidos, estrujados! ¡Sabe de sobra que ha de izarme y mantenerme suspendida en el aire como un pájaro en vuelo rasante que espera la llegada de su dios del olimpo para ser transformada en otra ave más poderosa y femenina! ¡Sabe que me gusta estar colgada por los pechos como si fuera un saco de patatas! ¡Un vulgar fardo que asciende a las alturas de la gloria negada a tantos mortales! ¡Qué sensación inexplicable de dolor lacerante y placer infinito!


A veces me está permitido gritar y otras no. A veces mi amo me deja contemplar el castigo en ese espejo que amo y que coloca frente a mis ojos, y otras no.


Él sabe que me hace sufrir de lo lindo cuando me priva del espejo. Él sabe que mil veces prefiero ser azotada con ramas de ortiga, a privarme del supremo manjar que a mis sentidos ofrece mi cuerpo lleno de marcas rojas, intentando debatirse en el aire, para no perder los pezones aún intactos de la huella de sus dedos.


Pero hoy está enfadado, lo sé, porque grité ayer, cuando me estaba tajantemente prohibido. Ni siquiera me habla. Cuando se cansa del olor de mi saliva, introduce su polla en mi boca y me hace tragar todo el pis que ha acumulado en una sesión de varias horas. A mí me da rabia que esté disgustado, ya que me impide saborear, como otras veces, su orina caliente que quema mi garganta y se aloja en mi vientre, oprimido por un corsé negro que él aprieta sin piedad contra mi carne. ¡Mis pechos no se pueden quedar así! ¡Amo, te lo suplico, déjame hablar! Permíteme un deseo para hoy. No te vayas enfadado. Me harás llorar cuando no estés.


Se ha ido. Dormiré toda la noche sola, encerrada en esta celda. Mis manos y mis pies están atados. Me lo merezco. Lo sé. Pero no podré soportar su ausencia tantas horas. Sé que volverá al cabo de la noche. Me hará sufrir y volverá y me llamará niña mala. Sin embargo, cuando todo va bien y soy capaz de obedecer correctamente, soy tratada con mimo, y mi amo me consiente todos los caprichos. Él sabe que me puede privar de lo que más me gusta todo el tiempo que quiera. Esas son las reglas que yo acepté cuando me hice suya. Esas son las reglas que él aceptó cuando le hice mío. Y yo no quiero ser desobediente con mi dueño. ¿Qué objeto tendría serlo?. Él también sería desobediente conmigo, y nunca más volvería a traer a la celdaa aquellos cinco hombres encapuchados, que no dejaban de inventar castigos para mí, justificados o no.


Aquel día, por hablar cuando no me tocaba, se inventaron un juego, que es mi preferido después del estiramiento de los pezones. Previamente, ya he sido marcada con la vara (una vara redondeada y flexible, cuyo silbido a veces me ha hecho mojarme por completo) por todo el cuerpo, especialmente en las pantorrillas, las nalgas y la cara interior de cada muslo. Estoy ardiendo y mis lágrimas, hace mucho que brotan incansables de mis ojos congestionados. Mi amo me besa las mejillas y chupa mis ojos (le gusta beberse mis lágrimas y saborear mi dolor satisfecho). Lo sé, porque su polla está durísima y se hinca en mi ombligo desafiante, orgullosa de su esclava.


Los verdugos me rodean y me tumban boca arriba en el suelo frío. Dos de ellos agarran mis brazos y besan mi boca por turnos. Los otros tres, separan mis muslos, hasta casi hacerme daño y colocan un cojín debajo del culo. De este modo, mi coño y mi ano, quedan bien expuestos a los ojos del amo, el cual, los rellena, pacientemente, con agua tibia, aunque otras veces está bien caliente y doy alaridos que le regocijan. He de aguantar el líquido en mis entrañas y el placer es infinito: por un lado siento deseos de mear y por otro, quiero retenerlo, forzando los músculos de la vagina y el ano. Esta actividad provoca en mí algo muy cercano al orgasmo. Son unas sacudidas de placer tan intensas, que ni yo misma me lo puedo explicar. Entonces, le miro a los ojos, y noto por la forma en que me mira, que sabe lo que estoy experimentando. Eso es lo que más placer me da: su placer de mí. Sabe muy bien que me estoy corriendo por segunda vez y que su mirada me va a costar una nueva descarga de semen. Me demuestra que lee mi pensamiento, cuando me introduce un dedo en el chocho y me lo hace chupar untado de mi propio placer.


-Esto te va a costar diez golpes en cada muslo –me dice muy bajito al oído- ¿Qué prefieres: vara o fusta? No debes equivocar tu elección.


Y yo asiento, y elijo justo lo que él no quiere, y ya me veo inmersa en un nuevo orgasmo.


-La fusta, amo. –Y ya se que seré golpeada, primero por la fusta, y después por la vara. Y le oigo decir, perdida en una nube de sonidos que difuminan todas las voces de la estancia:


-Eres traviesa, me provocas. Tu rebeldía no tiene límites, Griselda.


Soy arrodillada sobre un precioso cojín de varios colores, que se acomoda perfectamente a mis piernas, y todos los hombres, uno por uno, se corren dentro de mi boca, sin que yo deje escapar una sola gota de semen. Cuando las eyaculaciones han terminado, cierro la boca y saboreo el esperma caliente (mi leche paterna), a la vez que mis nalgas reciben cinco terribles golpes con un látigo, especialmente diseñado y fabricado para mí por mi amo. Su silbido amoroso, casi irreal por dotar el aire de otro aire, el cual distingo perfectamente en cada sesión de placer y dolor, excita terriblemente mis sentidos, los amplifica, los dota de pensamiento casi filosófico, y me hace ver el fuego de un Dios cosmogónico. Pero es el fuego lo que quiero, lo que anhelo de ese Dios, y ahí, mi devoción no tiene límites.


Todos quieren marcar mis nalgas esta noche y, aunque no es habitual, mi amo les da permiso para golpearme sólo con la fusta más leve. No es por piedad qué mi amo hace esto, sino por egoísmo personal hacia mi culo, el cual, solo a él pertenece el derecho de su martirio impío.


Me mandan elevar las manos a la altura de la nuca y arquear la espalda. Ahora mandan aquellos cinco hombres sobre mí. Mi amo me mira, pero yo no le puedo mirar; es otra prohibición que siempre cumplo con devoción, porque desobedecerla no me causaría tanto placer. En pocos segundos, la piel blanca dibuja líneas rojas. Cada golpe me hace chillar, y aunque me duelen los fustazos, exagero un poco para darle lástima a mi amo, cuyas lágrimas veo asomar de inmediato en cuanto simulo un llanto de niña desvalida que necesita ser protegida del mal del mundo. Entonces les ordena que paren de inmediato el castigo. Está celoso de mis lágrimas, que no han sido producidas por él. Está celoso de mi piel, que ha sido marcada por otros. ¡Está celoso! Y eso me hace feliz. Me hace dichosa como nunca, porque sé que me quiere más de lo que yo me imaginaba, más de lo que podía soñar.


Sabía que esos golpes que me había prometido, iban a ser terribles, que se iba a ensañar con mi carne obediente. Pero también sabía que esta noche me iba a querer como nunca. Que me iba a cuidar como a una niña malherida que se siente protegida en el regazo de papá.


Inesperadamente, mi amo, decide que puedo beberme el esperma de los cinco hombres, y después recibir su descarga para que mi boca no mezcle todas las leches, ya frías, y así delectarme con su ambrosía recién eyaculada. Me siento como una diosa embriagada de poder, observando, desde el Éter la monótona y miserable vida de los humanos. Su licor es cremoso y con la densidad justa, y parece quemar cuando golpea mi garganta con varios chorros de delicada potencia, bien controlada por sus venas hinchadas y a la vez humildes. Sí, el esperma de mi amo es la única leche que se queda en mi estómago durante días, la única que siento deslizar por mi garganta y recorrer las carreteras de mi cuerpo, enfriándose poco a poco, con una tibieza que me recuerda algunos amaneceres de mi infancia cuando, arropada dentro de mi cama, entreabría los ojos y veía la nieve caer por la ventana.


Y con todo esto, he olvidado que mi cuerpo está relleno de agua; pero mi amo no, y me recuerda que el juego sigue adelante.


-Griselda, hoy has dejado escapar algunos chorritos y sabes que lo tienes prohibido. Recuérdame en la próxima sesión, que invente algún castigo leve para tu falta.


Me oigo responder:


-Sí, amo. -Y mantengo la cabeza baja, en señal de sumisión total.


Mi amo da la orden y todo se cumple ordenadamente: tres hombres golpean con fuerza mi culo (los otros dos se convierten en mirones), ayudados por una vara recogida en el bosque a la que se le habían quitado las hojas, las flores y los tallos, una fusta de picadero, usada para la doma del caballo, y sus propias manos: desnudas unas, y enguantadas otras. Eran tres hombres sabiamente conducidos por mi amo, que sabían aplicarme la fuerza justa para que mi dolor fuera un tormento con espinas y rosas, el cual, nada más comenzar, producía en mi vientre una inefable sensación. Yo lo llamaba: un mordisco de amor.


Casi instantáneamente, dejo escapar todo el agua acumulado en mis entrañas, que desaguan dichosas. Tengo que forzar mi esfínter para que salga hasta la última gota, lo que además, provoca que se me escapen varios pedos muy sonoros, que sé que agradan a todos. Yo me río y siento el calor subir a mis mejillas. En el fondo soy una gran tímida. El día que no lo consigo (y alguna vez lo he hecho aposta), acumulo otra falta que debo anotar en mi cerebro y recordársela puntualmente a mi amo en la próxima sesión de juegos.


-¡Ay de mí si se me olvidase, porque me tendría encerrada una semana sin apenas venir a verme!


A continuación, meo largamente, con un placer indescriptible. Esto lo hago por mi cuenta, sin pedirle permiso; en una de las sesiones sucedió espontáneamente, y mi amo no me dijo nada. Más bien se giró para evitar que le viese sonreír. No hubo ni reproches ni castigos. De pronto le escuché reír a carcajadas y vino a mí para besarme y acariciarme por todo el cuerpo.


De un modo u otro, le tengo a mi servicio. Pero él no lo sabe y yo no pienso decírselo nunca.

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