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A concurso

Para gustos los colores

José Carlos Palacios Galea

Nunca entendí la obsesión de muchas mujeres con los hombres negros.


Entiendo que en amor (o la pasión) la raza de la otra persona acaba siendo lo de menos... pero nunca entendí ese extendido mito sexual con los hombres de piel oscura.


Y el peor ejemplo de ello era mi amiga Cris. Siempre se había sentido fuertemente atraída por los hombres negros. Decían que eran los más rudos y salvajes. Y eso hacía que no parara de caer en el mismo error. Había estado con cinco hasta donde yo sé. Normalmente unos caraduras que se aprovechaban de ella y la dejaban tirada.


Como su error no parecía terminar, Cris estaba saliendo con un hombre cubano de 40 años casado. Sin duda uno de esos jetas que piensa que si su mujer está en otro país todo vale. Lo más triste era que mi amiga lo aceptara.


Yo por mi parte, después de toda una vida buscando, a mis treinta y cinco años había dado con el hombre perfecto: Luis la pepita de oro que encontré en el cieganal de las Apps de contactos. Ya desde la primera cita había demostrado ser un hombre serio y confiable. Culto, con un buen trabajo, una casa, planes de futuro, todo ello además de ser guapo y atlético. Me costó creer que se enamorara de una chica como yo, que me considero normalita,


No es que yo esté mal. Altura normal, peso normal. No soy una modelo pero tengo unas buenas curvas. Buenas tetas, aunque no tan firmes como me gustaría, y un culo que como mínimo levanta unas cuantas miradas. En resumen, un físico aceptable, pero amenazado por la decadencia, al que debía sacarle partido mientras pudiera.


Mi rostro es lo que más me acompleja. Siempre he pensado que tengo la nariz un poco grande y la cara un poco alargada, pero Luís siempre me llamaba guapa. Aunque al parecer consegui ocultar lo bastante bien mi imperfección como para que se sintiera atraído por mí.


Temía no ser suficiente para él sexualmente, ya que, al contrario que con la mayoría de los hombres, solía ser yo la que daba el primer paso. Me gusta el sexo, lo reconozco. Luis es muy guapo, aunque a veces me gustaría que fuera más apasionado. Un detallito que daba por sentado que iríamos mejorando.


Supimos que queríamos una relación seria desde el principio, lo cual supuso una alegría para mí, pues me permitió huir de todas aquellas citas infernales con treintañeros que mentalmente tenían 12 años, y no sabían que eufemismo usar para decir que sólo querían sexo. Era un auténtico alivio, y sentía pena por Cris, quien seguía perdida en su vorágine de alcohol, fiestas, locuras, y polvos antihigiénicos de una noche.
Entonces llegó el día en que todo se mi mundo cambió.


Estaba esperando a Cris y a nuestra otra amiga Sara en la entrada del garito donde íbamos a asistir a un concierto de nuestro grupo favorito. Ese fin de semana Luis estaría fuera en un congreso.


Vi llegar a Cris... pero Sara... estaba tremendamente cambiada. De repente Sara medía un metro ochenta y cinco, tenía unos bíceps enormes, piel negra, y un bulto en los pantalones que se intuía a veinte metros de distancia.


Sara había tenido un inconveniente en el trabajo que le impidió ir, y en vez de decírmelo a mí para que pudiera invitar a alguien normal, se lo dijo a Cris. Y ahí lo tenía, a ese adúltero a quien no tenía el más mínimo deseo de conocer.


Se llamaba Robert, y me saludó muy zalamero y encantador. Desde la primera palabra me pareció que intentaba tontear conmigo, aunque Cris me dijo que me montara películas, que era su forma de hablar.


Tras el concierto, y unas copas, observé que Robert tenía una buena conversación, y un saber estar que no me esperaba. De no haber sabido el dato de que estaba casado me hubiera parecido incluso un buen partido para Cris.


Dado que Cris conociá a medio local, incluídos miembros del grupo, Robert pasó más tiempo conmigo que con ella. Y en cada conversación, mi opinión de él iba mejorando... y su mirada... se me hacía cada vez más penetrante.


En un momento determinado pensé que mi autocontrol estaba flaqueando y fui al baño a refrescarme... y Robert entró tras de mí.


Nos miramos un instante... mi cabeza me decía que le echara de ahí a patadas pero... mi instinto, o como queráis llamarlo, sólo quería atraerle a mí. Robert me besó. No fue un beso fuerte y apasionado desde el principio. No, el muy pícaro acerco su cara a la mía, clavó sus ojos negros sobre mí, y me dio un piquito con sus labios carnosos que apartó pronto. Ahí demostró tener más autocontrol que yo, pues yo no pude evitar lanzarme a probar más de eso deliciosos labios. Conforme nos besábamos me cogía del culo y me apretaba a él, dándome a rozar mi sexo con su polla que, según calculaba con el tacto, parecía descomunal.


Salimos del lugar con miedo a que nos viera Cris... aunque lo cierto es que la pasión me podía mucho más que el miedo.


Llegamos a mi piso, aprovechando que Luis no llegaría hasta el día siguiente.


No me importaba mi relación ni el futuro, sólo sentir esa enorme polla negra dentro de mí. Ya vería luego si le mentía a mi novio o le dejaba, pero en ese momento ninguna excusa era válida para renunciar a ese polvo.
Entramos en el piso, y fuimos directos a mi habitación mientras nos íbamos desnudando por el camino. El me enseñó su hermoso torso de color café, y yo me desnudé con cierta dificultad, pensando en cuantos cuerpos mucho mejores que el mío se habría pasado por la piedra.


-Eres perfecta-. Me susurró al oído. Ufff... Como sabía excitarme el cabrón.


Me puse de rodillas y bajé sus calzoncillos. Sentí una mezcla de placer y miedo cuando vi esa polla tan grande, dura, lisa y perfecta. La agarré fuertemente con la mano, y me la introduje hasta la campanilla. Noté con sorpresa que mi boca entera apenas abarcaba un tercio de ella.


Siguiendo con su actitud patriarcal, Robert me cogió de la nuca. Le miré a los ojos. Vi como me sonreía. En ese momento le odié y amé a la vez. “Traga”me dijo suavemente. Yo me enfrenté a mis limites y me trague su polla como si fuera un trozo de carne, poniendo a prueba la resistencia de mi garganta. La introduje más y mas hasta que mis labios rozaron sus testículos.


Me tragué y regurgité esa maravilla de la naturaleza más veces de las que pude contar. Jamás me había entregado así a un hombre. Su cara de placer conseguía convertir mi dolor de garganta en éxtasis. En un momento dado dejé de agarrarla con la mano y coloqué mis dos manos en las duras y redondas nalgas de Robert, lo que me permitió empujar su cuerpo hacia mi y comérsela con más fuerza. El estaba encantado.


Robert descargó todo su amor en mi boca sin avisarme, cosa que ya esperaba, y que de hecho me hubiera decepcionado que hubiese hecho.


Llegó el momento que esperaba. Me tumbó en la cama y restregó su polla (la cual no se había reducido ni un centímetro tras eyacular) contra mi sexo. Yo estaba totalmente mojada, y mis labios vaginales estaban abiertos todo lo que daban de sí.


Robert me bajó las bragas y yo abrí por completo las piernas... todas las facilidades del mundo me parecían pocas para dejar entrar aquella enormidad.


Me dolió. Fue como perder otra vez la virginidad, con la diferencia de que estaba mucho más cachonda que entonces. Me encontraba en la fina línea del dolor y el placer, y tenía la sensación de que no paraba de balancearme entre un lado y otro.


Robert me la metía una y otra vez mientras yo gritaba sin ningún pudor. Aquello era imposible de contener. No me importaban los vecinos, no me importaba el mundo... sólo el presente.
Robert terminó dentro de mí. Ni siquiera pensé en que no me había tomado la pastilla. No me importó, compraría la del día después. Esa noche yo era suya... todos los problemas del mundo real habían quedado apartados.


-No quiero dejar ninguna parte de ti por explorar.


¿Estaba loco? Pensaba en serio meterme aquello por el culo? Eso era imposible.... Ni hablar...


Me dio la vuelta en la cama como si yo fuera una tortilla. Yo me quise resistir... pero era incapaz de resistirme del todo a nada que él quisiera. Era como si sólo necesitase que me lo pidiera un poco más y con más cariño.


Me dio besos en el cuello, y me frotaba su cosa por las nalgas.. y por en medio... Ufff... a aquel hombre era imposible negarle nada.


Se sacó un bote de vaselina del bolsillo. Según dijo, lo llevaba siempre que salía con Cris, puesto que “nunca sabía cuando podía apetecerle”.


De cuantas maneras se habría aprovechado este granuja de mi joven amiga.


Puse mi culito en pompa. En cuanto me metió la puntita ya me entró el tembleque. No, aquello era imposible. Me la introdujo... muy poquito a poco, pero sin parar.


En un momento determinado me pareció oír una puerta abriéndose. Fue algo muy confuso, que oí en un intervalo entre mis gritos de placer / dolor.


Le quise preguntar a Robert si había oído algo, pero él me chistó mientras me daba un azote que me confirmaba que mi barrera entre el placer y el dolor era cada vez más difusa.


Al no escuchar ningún ruido más me relajé (en todos los sentidos) y dejé que Robert siguiera profanando mi lugar prohibido.


Por momentos me daba fuerte y era terriblemente doloroso, pero luego deceleraba y me lo hacía despacito, y pasaba a gustarme. Y durante el proceso él disfrutaba sintiéndose el amo y señor de mi cuerpo, que era lo que más me ponía.


Finalmente descargó en mí por tercera vez.


Se tumbó a descansar en la cama. Tras haber removido todo mi mundo estaba como una rosa, su pan de cada día. Decidí dejarle descansar, porque no sabía si su ilimitada apetencia sexual podía volver a activarse por un simple besito... y yo a todos los niveles no podía más.


Me levanté, con cierta dificultad, para ir a la cocina a por agua para ambos.
Sin embargo, conforme me acercaba me parecía oír ruidos de cubiertos. El corazón me empezó a latir muy fuerte.


Me seguí acercando a la cocina sin saber que esperar. Incluso que fuera un ladrón no parecía la peor opción.


Pero en efecto, era Luis, que ahí estaba terminando de colocar la mesa con tres cubiertos preparados. En la mesa había ensalada de codorniz que tanto me gusta, con revuelto de espárragos. Y estaba colocada para tres personas.


Luis había entrado cuando a mí me parecía oírle, pero... ¿Era posible que se hubiera metido directamente en la cocina sin habernos oído? No conseguía entender nada.


-Supuse que tendríais hambre. Espero haber acertado.


¿Qué estaba haciendo? ¿Esa era su actitud ante unos cuernos como catedrales en nuestra propia cama? ¿Acaso le parecía bien?


-Muy amable por tu parte.


Escuché de repente oír detrás de mí. Robert se había levantado y con todo el descaro había entrado en la cocina con su enorme badajo colgando.


Robert se sentó a comer con toda la tranquilidad del mundo. A mí todo me impulsaba a suplicar y dar explicaciones, pero me vino una idea a la cabeza. Al parecer lo que Luís quería no era una mujer que se portara mal y luego se justificara, sino una que se portara mal y se jactara de ello.


Me dirigí a él con mucha seguridad.
-¿Estás bien?- Le dije temiendo parecer cínica
-Perfectamente. Mas después de oír como disfrutabas- Me respondió amable.


Le dí un beso que todavía debía saber a polla de Robert. Me sentí tremendamente excitada con esa situación tan depravada. ¿Cuánto más podría aprovecharme de la sumisión de Luis?


Observé a Robert como comía cómodamente. Se había vuelto a empalmar viéndonos.


Decidí poner toda la carne en el asador y me arrodillé y me puse a chupársela a Robert mientras él comía. Luis me miraba con una cara que no sabía si era de sufrimiento o de placer. Probablemente ni él lo supiera.


Nuestras vidas se habían desbaratado para siempre. Y me encantaba.

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