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A concurso

Buenos propósitos

José Carlos Palacios Galea

BUENOS PROPÓSITOS


Era 20 de Diciembre, y Bea había conseguido cumplir casi todos sus propósitos del año. Sin embargo le faltaba uno, el más importante, y no pretendía dejar que terminara el año si conseguirlo.


Se encontraba hablando de este tema con su amiga Sonia, mientras tomaban algo en un restaurante Real Food de los que a Sonia gustaban tanto.


Sonia era rubia, alta, guapa, con un cuerpo de escándalo del que siempre sacaba provecho, y como de costumbre monopolizaba la conversación hablando de como ella siempre cumplía sus propósitos, sus compras, sus viajes, y los muchos pretendientes a los que rechazaba porque según ella “no era una chica fácil”.


Bea había cumplido su primer propósito consistente en apuntarse al gimnasio e ir regularmente, aunque seguía estando bastante gordita. Como de costumbre Sonia no desaprovechaba la ocasión para dar consejos de nutrición a Bea, “siempre por amistad y pensando en su salud”, como ella decía. Bea no le contaba a Sonia en qué consistía su propósito no cumplido, pero a Sonia, al igual que todos los temas que no la incluían a ella, no parecía importarle.


Lo único que pudo interrumpir el egocéntrico soliloquio de Sonia fue la entrada de Alex en el restaurante.


Alex era un chico de 25 años que recordaba a Thor mucho más que Chris Heimsworth. Metro noventa, rubio, ojos claros, rostro perfectamente simétrico a la par que varonil. Su media melena rubia terminada de volverle irresistible.


Alex entró al local despacio, lo cual permitía a Sonia contemplar con tranquilidad su camiseta blanca ajustada, y su vaqueros, también razonablemente ajustados, que hacían intuir el cuerpazo que acompañaba a su rostro perfecto. Tras mirar en varias direcciones en el restaurante, su mirada se cruzó con la de Sonia, sonrió y se dirigió a su mesa.


A Sonia le palpitó rápido el corazón al ver a ese Adonis acercarse a su mesa. Manteniendo sus principios de “chica difícil” dirigió la mirada a su plato de comida mientras se tocaba el pelo, y sacaba pecho disimuladamente, como lista para que le hicieran una foto para Vanity Fair.


-Hola preciosa- Fue todo lo que dijo suavemente Alex.


-Hola... -Alcanzó a decir Sonia mientras levantaba la cabeza de su plato de comida, justo a tiempo para ver como su Adonis le comía los morros a Bea con una pasión desbordante, mientras ella le correspondia, excitada pero tranquila, acostumbrada que eso fuera su pan de cada día.


Tras varios segundos de morreo que a Sonia le parecieron interminables, Alex tuvo que ser detenido por Bea cuando iba a dejarse llevar y empezaba a besarle el cuello a ésta, cosa que ella recibió con una excitación que no pudo disimular, y que era más que evidente por su expresión y por como cruzaba las piernas. Hubieran basado un par de besitos más para que el humedecimiento de Bea fuera visible para todos.


Sonia necesitaba una explicación sobre que hacía su amiga gorda con un tío asi. Sí, aunque no lo dijera directamente, así es como llamaba a su “amiga” en su cabeza.


Alex se sentó junto a Bea, sin dejar de acariciarle en ningún momento, y Bea tuvo por fín ocasión de hablar sin ningún atisbo de interrupción.


La historia entre estos dos había empezado cuando Bea se decidió a apuntarse a un gimnasio unos meses atrás.


Bea había tenido que soportar que la llamaran Gorda toda la vida, por lo que no era de extrañar que su objetivo inicial al apuntarse al gimnasio fuera adelgazar.


El gimnasio le había cambiado la vida a Bea, pero no como ella esperaba.


Lo cierto es que a base de ejercicio había conseguido reducir tripa, endurecer las carnes, y elevar su llamativo culo.


Bea era una chica gruesa con unas curvas estratégicamente puestas donde debían estar, sus tetas y su culo. Y aunque los envidiosos la seguían llamando gorda, ella se definía orgullosamente como gordibuena. Además siempre había tenido un rostro muy bello que aprendió a potenciar conforme aprendió a quererse a sí misma.


Conocer a Alex fue el empujón que necesitaba para quererse a sí misma con sus curvas.


Alex era el chico más guapo del gimnasio al que asistía Bea. Esta afirmación puede ser subjetiva, pero lo cierto es que había unanimidad en el gimnasio entre las mujeres (y buen número de hombres) cuyos ojos se desviaban hacia él.


Los más cachas del gimnasio combatían sus envidias afirmando que tenían mas músculos que él, pero lo cierto es que Alex tenía el cuerpo perfecto estéticamente hablando: fuerte, definido, grandes pectorales y abdominales, pero sin caer en la vigorexia, y no era raro que muchas féminas del gimnasio que siempre habían defendido la postura de “no me gustan los hombres muy musculosos” hubieran cambiado de parecer al verle. Su sensualidad cuando el sudor del ejercicio empapaba su camiseta y su cabello era mas de lo que Bea podía resistir.


Esto provocó que rápidamente sus miradas se cruzaran con las de él, y Bea, ni corta ni perezosa, se le acercara con la inocente excusa de que le “ayudara a hacer los ejercicios”.


Lo cierto es que a Alex, Bea le atrajo desde el primer momento de una manera que no podía explicar. A veces no sabes qué tipo de mujer es tu tipo hasta que conoces a la indicada, y a Alex le atraía todo de Bea. Sus ojos oscuros, sus labios carnosos, su voz, su culo, para algunos criterios grande, para él, perfecto...


De modo que, tras una provechosa sesión de ejercicios, Alex la invitó a tomar algo, y Bea no desaprovechó la ocasión. La atracción entre ellos trascendió lo físico, y sintieron una química brutal tras sólo una hora de conversación ante un café.


Acabaron en el enorme piso de él.


Aquel día Bea disfrutó de la mejor sesión de sexo oral de su vida con el tío más macizo con el que había estado.


Tras su primer orgasmo, Bea se montó sobre el bulto de Alex como si fuera una jinete sobre su potro salvaje. A pesar de llevar los calzoncillos puestos, se notaba que manejaba una envergadura fuera de lo normal. Bea se frotó como una posesa hasta que en pocos minutos alcanzó su segundo orgasmos de la noche, y su chico aún no se había quitado los calzoncillos.


-Eso no me va a caber- Dijo Bea con una sonrisa
-No te preocupes... puedo esperar hasta que estés preparada.


Bea sonrió. Un hombre que pensaba más en el placer de ella que en su propia erección no se encontraba todos los días.


Todo esto había ocurrido tres meses antes, que habían sido un no parar para Bea. Un constante descubrimiento de placeres, posturas y experiencias desconocidas para ella.


Sin embargo, el mayor placer de todos lo estaba sintiendo viendo la envidia en los ojos de Sonia mientras le hablaba de su maravillosa relación, y se acaramelaba con su perfecto novio como adolescentes.


Sonía tenía cada vez más problemas para disimular como le carcomía la rabia de que su amiga la gorda hubiera encontrado a tan perfecto ejemplar, mientras ella no encontraba ni un solo hombre que valiera la pena en toda su vergonzosa lista de cerdos, niñatos, e inútiles sexuales.


Sin embargo Sonia vió una salida para su calvario cuando a Bea le llegó un mensaje de que debía irse a una urgencia. Por amabilidad le dijo a Alex que no tenía que acompañarla, y que se quedara.


Alex se quedó un momento terminándose su zumo de frutas, frente a Sonia, sin saber muy bien que decir.


Sonia vió claramente su oportunidad. No consentiría que ese chico tan perfecto se desperdiciara con su amiga gorda. Tenía que ser suyo, y no pensaba esperar para conseguirlo.


Comenzó a hablar con él muy sugerente con una voz de esas que más que sonar te masturba. Su coqueteo era más y más descarado


-Pues yo vivo en un piso precioso, y está aquí cerca, ¿Quieres verlo?


Sonia aceptó por supuesto. Ya vería luego que hacía con Bea y si dejaba de ser su amiga para siempre... ahora su ego estaba en juego y nada era más importante que eso.


Llegaron al enorme y lujoso apartamento de Alex.
Alex la besó apasionadamente y con violencia nada más llegar.


Sonia no tenía ánimos para hacerse la dura. Le agarró de sus fuertes nalgas y le siguió el beso apasionadamente mientras se frotaba contra su paquete.


Alex le llevó a la habitación, le arrancó la ropa a jirones y la tumbó en la cama boca abajo, y se puso a restregarse contra su culo


De repente Alex paró, lo cual perturbaba a Sonia que estaba empapada y no podía esperar más.


-Quiero hacer contigo cosas que nunca hago con mi novia.


Sacó del cajón de la mesita de noche unas esposas y un venda para los ojos. Sonia accedió a todo encantada. La lujuria que le producía ese hombretón mezclado con su obsesión de ganar a Bea no le permitían negarse.


Le tapó los ojos y le ató las manos al cabezal de la cama boca arriba.


De repente, violentamente, le dio media vuelta, dejándola boca abajo y con los brazos cruzados, y sin darle tiempo a a reaccionar empezó a frotar muy fuerte su polla contra el culo de Sonia. Sonia estaba impactada y con miedo de que aquella enormidad por el culo la reventaría, pero ya había aceptado su condición de sumisa y se limitó a decir “ah, que malo eres”


Alex sacó vaselina de su mágico cajón, se untó bien el manubrio, y se la introdujo poco a poco a Sonia por el culo ante sus gritos de dolor.


De repente a Sonia le pareció oir como el ruido de un armario abrirse.


Era Bea, saliendo del armario en el que había estado esperando desde el principio, totalmente desnuda. Se acercó a Alex mientras este penetraba fuertemente a Sonia. Agarró a su chico del culo y le besó sin que este dejara de penetrar. Jamás había visto algo tan excitante como su amado reventándole el culo a la petarda de su “amiga”, humillada y sin saber qué pasa.


Bea le susurró a Alex al oído “dale sin piedad”, orden que de inmediato cumplió y siguió sodomizando a Sonia más salvajemente mientras los gritos de dolor de esta. Se corrió en su culo, pero su erección no se redujo.


Bea, que ya más cachonda no podía estar se tumbó encima del cuerpo de su exhausta y dolorida amiga, mientras ella preguntaba que estaba pasando.


Alex se tumbó sobre Bea, la cual le cogió de la nuca fuertemente indicando que se la introdujera a lo bestia y sin miramientos, pues ya estaba más que dilatada y lubricada.


Bea echó el mejor polvo de su vida, mientras recibía todo el amor de su chico perfecto, e ignoraba los gritos de Sonia preguntando que pasaba. Había cumplido su gran propósito del año, su mayor fantasía. Estaba pletórica, siendo llevada a cotas de placer que nunca conoció.


Bea lo tenía todo... y lo disfrutaría durante muuuucho tiempo.

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