Este portal contiene material sensible exclusivamente para adultos, y por tanto al hacer clic en "ENTRAR", admite:

  • Usted debe ser adulto, entendiéndose como tal ser mayor de 18 años (o la edad legal en su lugar de residencia).
  • Usted está de acuerdo en ver material sexualmente explícito para su uso personal en su ordenador privado y no utilizar el material de Premios Bonobo con fines comerciales.
  • Usted se deberá hacer cargo de que el consumo de material e imágenes de contenido para adultos no esté prohibido ni infrinja ninguna ley en la comunidad donde usted reside, ni en su proveedor de servicios, ni desde el local desde donde accede.
  • Usted no exhibirá este material a menores o a cualquier otra persona que pueda resultar ofendida. Haga clic en ENTRAR si está de acuerdo y cumple las condiciones anteriores, o haga clic en SALIR si no quiere entrar o no cumple las condiciones anteriores
Entrar
La verdad que sentimos darte la paliza con la Cookies, a nosotros nos gustan más las bananas. Nosotros No comercializamos tus datos, pero nos obligan a darte el coñazo y anunciarte todo esto, tienes que aprobar con un click que aceptas el uso de las cookies que tenemos en nuestra web para una mejor navegación y seguridad para tí. Más información
Acepto

A concurso

Yamila

Alberto Arecchi

Riccardo era un joven arquitecto, de treinta años. Estaba saliendo de la historia más destructiva de su vida: un matrimonio fallido. Había decidido ir al extranjero como cooperador, para enseñar en la Universidad de Argel. Moraba en Les Anassers, un barrio moderno en las colinas, al suroeste del centro de la ciudad, a medio camino entre la ciudad histórica y la sede de la Facultad de Arquitectura, que estaba cerca del aeropuerto. Era un apartamento grande, para su vida de soltero. Lo había amueblado parcialmente, de una manera muy apresurada: algunos muebles en la cocina, para las comidas rápidas de cuando no quería salir, y en el dormitorio un colchón, descansando directamente en el suelo. El hecho de dormir apoyado en el suelo le ofrecía una perspectiva particular de la habitación: todo le parecía más grande, más alto.


Sus amigos le propusieron una criada para limpiar la casa, una mujer de confianza, bereber cabila (así se llaman los habitantes de Cabilia, una región montañosa al este de la capital). Tenía unos años más que él, algo más de treinta y cinco años. Divorciada, con un niño. Se hacía llamar Yamila (hermosa), pero parecía ser más un apodo que un nombre real. Alguien charló que redondeaba sus ingresos con prestaciones eróticas, pero Ricardo nunca quiso profundizar en el tema: era arriesgado y podría causar más adelante muchos problemas. La mujer recibió las llaves del apartamento e iba a la casa de Ricardo dos mañanas a la semana. Sucedió que, en algunos de esos días, él no tenía cursos para cumplir u otros compromisos y se quedaba en casa. A veces, ella llegaba lo suficientemente temprano para encontrarlo todavía en la cama.


En la calle, Yamila andaba completamente cubierta por un velo blanco, cómo es habitual en los distritos de Argel, y con el "hocico" (haík) en la cara. Entraba en la habitación vacía y rápidamente se deshacía de ese "abrigo" para ponerse cómoda y cumplir con las tareas domésticas. En casa trabajaba con un vestido ligero, colorido, hasta las rodillas, con zapatillas cómodas, o más a menudo descalza.


Cuando Ricardo estaba en la cama, el sonido de la llave en la cerradura lo despertaba, y luego vía los pies poderosos y autoritarios, pasando repetidas veces a la altura de sus ojos, primero con zapatos de tacón alto y luego con las zapatillas más cómodas. Sus ojos permanecían capturados, no podía separar la mirada de los majestuosos pies de Yamila y ella lo notó.


Una mañana, Ricardo se había quedado en la cama. No tenía ganas de salir ni levantarse, ni tomar ninguna iniciativa de vida activa. Yamila entró por las ocho de la mañana, lo saludó y pasó frente a él, todavía con velo, los pies orgullosos bajo el velo, todavía con zuecos de tacón alto. Ricardo extendió las manos y le acarició el pie. La mujer tuvo por un momento la reacción instintiva de retirarse, pero se detuvo, con una emoción de triunfo. En realidad, era mismo lo que había esperado durante meses. Le devolvió el pie, sacándolo del zueco de madera. Con dulzura, el hombre comenzó a acariciar su tobillo y luego descendió bajo su talón. Ella se prestó, levantó un poco el pie y el zapato comenzó a resbalar. Ante esta respuesta, Ricardo se volvió más valiente: le quitó el zapato, acercó la boca y comenzó a besarle los dedos de los pies, uno tras otro. Siempre le habían gustado esos dedos afilados, con uñas largas ligeramente enganchadas que le recordaban las garras de una fiera. Yamila las coloreaba con un esmalte muy oscuro, tendiendo a la púrpura, a veces negro. Le chupó el dedo gordo suavemente, luego se comprometió a lamer los otros dedos e intersticios con rápidos pasos de la lengua. Estaban ligeramente polvorientos, los pies de Yamila: había caminado en la calle. Sin embargo, el sabor era dulce, era el sabor de la pomada con mirra que se ponía por todo el cuerpo y del incienso con el que perfumaba la casa y el cuerpo. Bajo los ungüentos y los aromas, Ricardo percibió el sabor ligeramente salado del sudor entre sus dedos, lo que le ofreció una sensación prohibida de intimidad. Se excitó y perdió toda restricción. Se aferró a los tobillos de la mujer y comenzó a adorar sus pies, con total devoción, uno tras otro. Al hacer esto, se había movido de una manera descompuesta en la cama y su excitación ahora aparecía inequívocamente a Yamila: entendió que él estaba totalmente en su poder. Logró hábilmente quitar el velo, sin extraer el pie derecho del abrazo del joven, y luego le ordenó bruscamente, con un gesto imperioso: "¿...Y el otro? ¡Bésame el otro pie!" Luego pasó a otras órdenes: "¡Lame debajo de la planta!" "¿Y el talón? ¡Besa el talón!" "¡Bien! Pasa la lengua entre los dedos, ¡quiero ser bañada por tu saliva!"


Ricardo obedeció y se entregó por completo a un éxtasis fetichista que aún no conocía. La única casa que pensaba era: "¿Por qué nunca he hecho esto antes?". Su lengua se secaba, tomó un respiro, humildemente levantó los ojos para mirar a la mujer, tragando para calmar la emoción y comenzó de nuevo, como un perro fiel. Yamila comenzó a pisotearlo en cada parte de su cuerpo, al principio con tierna dulzura, luego de una manera cada vez más autoritaria, haciéndole perder el aliento y toda restricción. El joven le cubrió pies, talones y tobillos con besos y veneración y subió un poco hacia las piernas de su reina, luego hacia sus rodillas, adelante y atrás, tocando el interior de los muslos, sin permitirse nunca ir más allá a lo largo de su cuerpo o exigirle cualquier favor sexual. Ella lo pisoteaba, descalza y algunas veces con los talones, mientras suspiraba gimiendo. Era capaz de hacerle sentir todo su peso sobre su cuerpo, sin causar daños. Lo trataba ahora con rigor, ahora con ternura, como si fuera su perrito.


Ricardo finalmente se había revelado, ofreciéndose a su ama, y desde ese momento ella habría podido deshacerse de él por completo, como él lo había querido. Un nuevo vínculo comenzó para él. Se enfrentaba a un compromiso total, algo que siempre le había creado un gran temor, un camino de sumisión a una mujer fuerte, una mujer bereber que no le perdonaría ningún rechazo a todas sus órdenes.


A partir de ese momento, Yamila se aseguró de presentarse en la casa del joven sólo cuando estaba segura de encontrarlo, con previo aviso. A Ricardo se le ordenó que se preparara detrás de la puerta, vestido sólo con un delgado taparrabos, de rodillas, listo para lamer los pies de su ama tan pronto como ella entrara a la casa. Ella lo pisoteaba: la cara, el cuello, todo el cuerpo, provocándolo también con presiones y patadas en las partes más íntimas, sin permitirle ningún acto sexual. También llevaba otro par de zapatos o zuecos, para ponerse sólo después de que entrara en la casa, para que él pudiera oler, lamer incluso las plantas y chupar los talones, sin los riesgos de toda la suciedad de la calle.


Después de estas premisas, los dos procedían juntos a limpiar la casa, o más bien, ella procedía a la limpieza, usándolo como un ayudante, un trapo para limpiar los pisos, un paño para limpiar el sudor, una estera para limpiarle los pies, refrescándolos con saliva en lengüetas largas, de vez en cuando, durante el trabajo. La emoción de Ricardo alcanzaba alturas extremas, que ni siquiera habría imaginado, antes de conocer a su señora. En varias ocasiones, Yamila lo obligó a desnudarse por completo, atarle los tobillos y las manos detrás para inmovilizarlo, arrodillado o incluso acostado en la cama. Entonces ella lo provocaba, dejándole oler sus pies, aunque sin que la lengua ni los labios llegasen a ellos, golpeándolo con patadas y pisoteo, hasta ver a su excitación creciendo. La tortura duraba un largo tiempo, entre estímulos e interrupciones, y finalmente terminaba, después de altibajos, sólo cuando el joven exhausto cedía en un solitario orgasmo. La dueña intervenía en este punto, poniéndole finalmente los pies para la adoración del joven e imponerle finalmente para limpiarlos meticulosamente con la lengua.


Un día, Yamila apareció en la puerta acompañada de una mujer joven: una niña delgada, de entre dieciocho y veinte años, también vestida con el velo "de ordenanza" de las mujeres cabile que viven en Argel; el "hocico" de encaje cubría la parte inferior de su cara.


La presentó con el nombre de Nabila. Le ordenó a Ricardo que le reservara el mismo tratamiento reservado para ella. Permanecieron en el umbral hasta que les lamiera en abundancia, limpiándolas del polvo del camino y refrescándolas de las fatigas del viaje. Entonces Yamila le ordenó que le sostuviera las manos y las ató con fuerza, con una bufanda de seda que usualmente llevaba al cuello. Desnudó a la niña y le dijo al joven: "Ahora lámela toda, un centímetro por uno, comenzando desde las puntas de los pies hasta llegar debajo de los brazos, pero sin detenerte en cualquier parte del cuerpo donde con un estímulo sexual. Lo harás sólo por veneración del cuerpo de la mujer y porque yo te lo ordeno". Mientras Ricardo cumplía la tarea asignada, con el mayor cuidado y devoción, Yamila comenzó a azotarle con fuerza las nalgas, usando el cinturón de cuero de sus pantalones. En cada golpe, el joven tuvo que levantar la boca del cuerpo de la niña para decir en voz alta: "¡Saha, Mwallima! ¡Gracias, Ama!". El grito, de hecho, le permitió soportar el dolor causado por los golpes que de otro modo lo hubieran hecho llorar. Mordía-se los labios y volvía a aplicarse a la adoración del cuerpo de la joven. Al final del tratamiento, las nalgas estaban doloridas, ardientes como si salieran de un horno, cubiertas por largas tiras de color púrpura. Sólo entonces, las dos mujeres extrajeron de una bolsa, que habían traído, lo necesario para aplicar henna: el polvo de las hojas para colorear y un limón, para obtener una pasta con agua tibia. Ricardo tuvo que acostarse en las rodillas de Yamila, ofreciendo sus nalgas desnudas, rojas y calientes, y las dos mujeres procedieron a decorar las nalgas con el tinte, escribiendo en árabe unas frases de burla y sumisión. La masa húmeda le ofreció un poco de alivio del quemar de los golpes recibidos. Luego lo mantuvieron quieto durante una hora, para que el tinte tuviese su efecto. En ese punto, el cuerpo del joven estaba pintado de tal manera que se habría avergonzado de mostrarse desnudo a quienquiera, hasta que el tinte se hubiera desvanecido... y precisaba mucho tiempo. Durante varias semanas, Ricardo sintió fuerte vergüenza cada vez que iba a la universidad, porque se sentía punzadas de dolor cada vez que se sentaba, pero aun más porque sabía lo que era inscrito en él: era poseído por la sensación que todo el mundo estuviese mirando a él, percibiendo el significado, como si leyesen a través de la ropa. Fue una suerte que no lo hubieran decorado en los brazos, cuello ni manos, como las mujeres locales se decoran a sí mismas. Cualquier rastro de henna en esas partes del cuerpo lo habría definitivamente marcado a los ojos de todos como un hombre afeminado y pasivo. Entonces, estaba avergonzado delante de todos, Ricardo, como si pudieran leer la escritura que llevaba pintada en la cola, sino también porque pensaba que su comportamiento se había alterado de manera sensible y podría permitir a cualquier persona para percibir los cambios que se estaban implementando en su vida.


A veces, Yamila llevaba a su joven acompañante; con el tiempo comenzó a hacerlo con cierta frecuencia, pero al joven nunca se le permitió tener relaciones sexuales reales con una u otra de las dos. Su relación tenía que ser sólo de sumisión pura, cada vez más integral y abarcadora. Ricardo adquirió automáticamente actitudes y comportamientos que se reflejaban en todas sus relaciones con las mujeres, incluso en el trabajo o en cualquier otro lugar: en la calle, en el restaurante, con las empleadas de la tienda de comestibles. Sus gestos estaban cambiando, de una manera transparente. No se mostraba "femenino", sino que se comportaba de una manera cada vez más humilde, sumisa, muy disponible para los caprichos de las mujeres, con todas las mujeres conocidas. Tuvo que canjear varias veces, durante las lecciones de su propio curso, al darse cuenta de que estaba mirando los pies de las estudiantes con demasiada atención. También se dio cuenta de que algunas de ellas habían notado y que la voz picante había comenzado a correr, en la boca de sus alumnas. No se permitían expresar nada, pero a menudo notaba miradas alusivas, o al menos le parecía notarlas.


Un día, Yamila hizo a Ricardo una propuesta verdaderamente inusual y abrumadora. Deseaba organizar un "matrimonio a la moda del país" entre él y su joven amiga, en el que, sin embargo, él tenía que presentarse como una novia y la niña desempeñaría el papel de su marido. Habría sido un matrimonio de acuerdo con el estilo tradicional, sin ningún valor legal, pero la ceremonia se llevaría a cabo en un pequeño grupo de mujeres, las amigas más íntimas de Yamila. Obviamente, al final, el matrimonio tendría que ser celebrado y la novia, siendo virgen, sería desflorada por su marido, bajo la atenta mirada de la "gran madre" (la misma Yamila) que iba a dirigir toda la operación.


Después de un primer rechazo inicial, después de muchas dudas y reenvíos, Ricardo trató de convencer a Yamila que - en todo caso - era sólo con ella que quería hacer la ceremonia, pero la ama le explicó las razones que aconsejaban que el matrimonio ocurriese con Nabila. Finalmente, el joven condescendió al deseo implacable de su dueña absoluta y aceptó convertirse en la "esposa" de Nabila, con una ceremonia solemne, celebrada en una cofradía de mujeres. Fue una fiesta verdaderamente inolvidable. Como preparación para el matrimonio, fue sometido durante varios días consecutivos a sesiones de sumisión, más duro y más intenso de lo habitual. La noche anterior a la boda, sus amigas lo llevaron a un departamento, donde lo esperaban tres jóvenes más. Lo desnudaron, lo enjabonaron, lo enceraron y afeitaron cuidadosamente todo el vello corporal, dejándolo desnudo como un pollo desplumado. Luego lo perfumaron cuidadosamente con diferentes ungüentos oleosos, con un aroma espeso y dulzón, los mismos que solían tener en sus cuerpos después del baño. Por último, le renovaron en el cuerpo las escritas con henna, esta vez sin tener en cuenta el hecho de que se podían ver, incluso cuando estaba vestido: estaba cubierto casi todo, los brazos, el cuello, las manos, sólo su cara se salvó. Las escrituras esta vez eran hechas también en árabe, como en el idioma y el alfabeto bereber, de modo que no quedase ninguna duda acerca de su elección de esclavitud hacia todo el universo femenino.


El lugar era el mismo donde se celebraría la boda al día siguiente. Después de la preparación de la novia, todos regresaron a sus hogares. En primer lugar, sin embargo, como signo de agradecimiento, Ricardo tuvo que pagar tributo, uno por uno, a los pies de la totalidad de sus preparadoras, sufriendo patadas pisoteadas de provocación, en toda su desnudez. Esto no era parte de los rituales matrimoniales habituales, pero fue un acto debido, pues tenía pasado de ser un hombre masculino a ser la novia más deseable.


"Akken kan zabd al-Nabila, zabd al-Yamila" (de ahora en adelante seré siempre esclavo de Nabila y Yamila), fue la frase que pronunció tres veces, en el clímax de la ceremonia. Luego fue el turno de los bailes. Era él, "la novia", quien tenía que llevar a cabo una sesión de baile, frente a todo el público femenino que lo estimulaba, lo aplaudía, lo llevaba a una conducta siempre más sensual y lasciva. Luego se consumó el matrimonio a tres intérpretes, en una larga y prolongada sesión de tres noches y dos días. Ricardo se prestó a todos los deseos de las dos compañeras. En algunos momentos, incluso otras invitadas a la fiesta entraron a la sala de la boda y algunas también aprovecharon participando en la celebración y transformando así la "luna de miel" en una orgía feminista.


La relación de sumisión duró dos años. A continuación, el contrato de trabajo de Ricardo llegó a su fin y el joven profesor tuvo que salir a otras tierras y otro destino, dejando el país en el que viviera sus mejores experiencias, trayendo una gran cantidad de experiencia y recuerdos, pero dejando allí el alma. Habría continuado para siempre su relación con Yamila y su joven "marido", pero tendría que perder el resto de su vida, el trabajo, y no sería capaz incluso de asegurar su supervivencia.

Leer más