Sirena

Alus J

Las sirenas se comen el alma, tienen garganta profunda. Son seres irreales, creados con partes de seres que sí existen, llenos de referencias y guiños que conocemos, que nos habitan.


Fuimos a celebrar el cumpleaños de Juan, que murió en Enero; cervezas y amigos tocando rock en un garaje que apenas contenía el ruido para los vecinos. Antes de medianoche, mi padre llamó para decirme que la abuela había muerto, él insistió en que no saliera de donde quiera que estuviera, por seguridad, que me esperaban al amanecer más tranquilo. Así lo hice, pero admito que ya no pude continuar con el festejo. Ella lo entendió, no quería que me quedara solo y decidimos pasar el resto de la noche en su casa.


Al llegar nos fuimos directo a su habitación, en el cuarto de la izquierda no había nadie, el hermano llevaba meses fuera por trabajo, a la derecha, aún no lo sabía, dormían sus padres. Encendimos la lámpara sobre el buró, era suficiente. Se sacó la ropa interior sin quitarse el vestido y se recostó para estirar los músculos, yo sólo me senté al borde de la cama sin pensar.


―Ven ―dijo, y me eché a un lado, inclinándome poco a poco hasta recargar mi cabeza sobre su pubis.


¿Has intentado escribir tu nombre en el aire con la punta de la lengua?


Sabrás entonces lo que dos minutos después estaba haciendo con la cabeza cubierta por el vestido. De la última ocasión a esta, se había hecho un recorte de vello para estar en igualdad. Me habló del pasado, diciendo que tenía más carne o eso entendí entre gemidos y suspiros que parecían llegar de muy lejos por la presión de los muslos en mis orejas.


Me deslicé hacía arriba llevándome el vestido, que por la talla no nos contuvo a ambos. El mismo se alojó como bufanda que solo me permitía mirarle los ojos y debajo solo piel oliva. Sin acabar de desvestirse me desnudó. La evidencia de las costumbres se dejó ver en cada paso, cada movimiento que hicimos y las caricias, que inventamos con la demás gente, se reinventaron con nosotros una a una. La penetré con todo lo convencional que nunca he sido, ella lo notó y al siguiente beso me lo dejó claro con una mordida en la que relucía la rabia y el deseo. Pudo haber sangre, pero en realidad no lo noté, el dolor producido me hizo salir del letargo en que comenzaba a sumergirme el ritmo. Tomé su cabeza y la atraje de nuevo a mí.


―Dame la vuelta.


―Baja de la cama.


―Déjame en el borde. Entra tan profundo como crees conocerme.


―Más.


La cantidad de embestidas iba más allá de mi condición, que se empeñaba en seguir de pie junto a la cama, amasando sus nalgas como quien no deja escapar una esperanza. Nunca he quedado mal, pero tampoco soy un semental de alto rendimiento. Con sus riñones bajo mis manos, la cara oculta en el fondo del colchón, la ida y venida de un trasero que va por su propio sustento, canté mi llegada.


Se detuvo.


No me lo permitió.


¿Sabes lo que es tener un sueño, luchar por él y que te lo arrebaten?


Justo eso exageradamente sentí cuando dejo de moverse y me sacó de entre sus pliegues.


―Ya me vine.


―No acabé.


―No es lo más doloroso que te ha pasado esta noche.


Nos pusimos a hablar de la posible edad que tendría Juan, mi abuela y también de la mía. No debo aclarar que todo rastro de erección desapareció.


―Parece que perdió el interés, aun así, no se puede poner peor.


Comenzó a llorar por la gente que ha dejado, por gente como tú, por lo reciente de las pérdidas, porque nos lamíamos las heridas. Todo se resumió en un "no quiero quererte".


Hablando de lamidas, lo que vino a continuación, ya que le he dado el nombre de Sirena, diré que fue épico. Los besos por mis piernas, la lengua que recorría la parte interna del muslo hasta encontrarse en el vértice. El extenso andar por los genitales, de los testículos al pene, alternando las acciones con las manos. Un juego de profundidad y resistencia, suavidad en un ir y venir de sensaciones rítmicas, ella también sabía escribir con la lengua. Usaba vocales fuertes como la A, para empezar, recorría desde la punta hasta la empuñadura en una O que se extendía por la garganta y de regreso, se despedía del miembro con una diminuta U sólo para volver a comenzar.


Alababa la gracia de mi gancho mientras se ahogaba y su mano izquierda se desplazaba de arriba a abajo veloz, como atrapando un pez que se le escapaba. Apuntando al cielo con mi miembro se llenó la boca de testículos, aglutinando la saliva, para darle color al tacto, fijando cada marca de la lengua que omitía las palabras.


―Me encanta tu verga.


Se colocó en cuclillas cobre mí, sus tobillos rozaban mi cadera, mientras bajaba la pelvis y se introducía el premio por tan profundo trabajo. Sólo dio dos sentones y una arcada delató que de nuevo se corría. El peso, o el orgasmo, la mandaron de espaldas y al estirarse rompió la lámpara del buró con el pie. Se levantó de golpe y con el vestido se limpió lo escurrido de la entrepierna. Me mandó a dormir al cuarto vacío antes que aparecieran los padres, que hasta entonces supe que pudieron estar al tanto de sus movimientos y gemidos.


Traté de terminar el trabajo a solas, pero el frío de la habitación vacía y las cervezas de unas horas antes no eran buenos acompañantes, aunque la verdad, el no tener nada a mano con que limpiar mi descendencia, que seguramente quedaría regada en alguna parte del suelo o la cama, fue lo que derribó mi ánimo. Resignación, al fin a las cuatro de la mañana si uno no está disfrutando de la noche sólo queda dormir.


―Tienes suerte, se han ido temprano, no han tenido tiempo de hacer preguntas, pero tienes que irte.


Se quedó al borde de la cama, mientras yo intentaba incorporarme, la hora era la incógnita, pero no presté atención de más al hecho.


―Puede que si te quito un peso de encima no sea tan malo para ti.


Se hincó frente a mí y se llevó el miembro a la boca, tan convencional como puede parecer una mamada. Lamía despacio de la base a la punta, en un solo movimiento largo que terminaba en un giro de la lengua alrededor del glande, buscando derretirlo, para después engullirlo de golpe hasta alcanzar con los labios la frontera entre pene y escroto. Qué sería de su garganta que se dilataba alrededor de mí, si no se apoyara con su mano y el movimiento de muñeca que me llevaba hacia su cara mientras medía la capacidad de su boca con mis testículos. Mi entrepierna se convirtió en un brilloso mundo de líquido viscoso, que iba de la mano a la cara, a mis genitales y de vuelta sin perder cuerpo. Saliva que se paseaba por sus mejillas, sus ojos, dedos que se abrían para comprobar la consistencia de su propia creación. Entre cada desaparición de miembro y atragantamiento comenzaron a aparecer las frases.


Que no estás hecho para tanto dolor.


Que no es nuestro momento.


Que no me cabe tanto.


Que no volveremos a estar juntos.


Que esto se acabó.


Que es demasiado dolor para una noche.


Que es suficiente para mí.


Que no es lo más doloroso que te pudo pasar.


Mi semen se derramó sobre sus labios que pronunciaban un eterno "tú" muy similar al "dolor".


Falté al funeral de mi abuela.

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