Fiesta de Máscaras

Luís Duro

- Me ha llegado una invitación a una fiesta muy especial, me dijo Sara.


- ¿Qué tipo de fiesta?, pregunté.


- Bueno, no te sabría decir exactamente, pero tiene una pinta estupenda… La pena es que ese fin de semana me voy a Londres. A lo mejor a ti te apetece.


- Vale, se lo diré a David.


- Creo que es el tipo de fiesta a la que tienes que ir sola…


- ¿Sola? ¡Qué intriga! ¿Cuándo es?


- La noche de Halloween.


- Ok, creo que cae en fin de semana y David tiene un viaje. Mándamela de todas formas que le echo un vistazo.


Cuando recibí la invitación de Sara, no daba crédito. Era una fiesta al más puro estilo Eyes Wide Shut, en un chalet fantástico todavía secreto, dress code black-tie y con máscara. Ya me podía imaginar caminando del brazo de Tom Cruise por los pasillos de una mansión con sólo un tanga, medias con liga y taconazo.


A medida que iban pasando las semanas iba aumentando mi curiosidad. David ese fin de semana definitivamente no estaría, y yo tenía que confirmar si aceptaba la invitación. Había que mandar una foto de cuerpo entero y esperar respuesta. Me parecía un poco clasista, pero el morbo me pudo y la mandé.


A los pocos días recibí la contestación. Me aceptaban y especificaban las reglas de la fiesta. En ese precio instante, una corriente de miedo y excitación recorrió mi cuerpo ¿Qué estaba haciendo? Yo no era lo que se dice una monja, pero aquello era totalmente novedoso para mí.


Es posible que haya gente conocida, mi jefe, amigos de David, pensé. La fiesta parecía de alto nivel así que todo era posible.


La vida se vive una vez, necesito sentirme viva, y el plan encaja perfectamente con mis propósitos de salir de una vez por todas de mi círculo de confort.


El día anterior a la fiesta mi chico se despidió cariñoso, como siempre.


- Te voy a echar de menos, cielo, eso sí, prepárate porque en dos días estaré de vuelta y en cuando llegue te comeré a besos.


Tengo una pareja maravillosa, estoy realmente feliz con él y en ningún caso quiero perderle, sin embargo, aquel día una poderosa fuerza me incitaba a hacer algo prohibido, a desafiar mis propias leyes.


Por fin llegó la noche del evento. Me puse un vestido negro que me había regalado David, y que sólo usaba en ocasiones especiales. Era el típico vestido que en cuanto te lo pones sabes que vas a ser la protagonista de la noche. Me sentía espectacular, casi como una diosa. El escote hacía mi pecho más abundante de lo que ya era, el canalillo que formaba iba a hacer muy difícil que los hombres me miraran a los ojos. La cintura, entallada, dividía perfectamente mi cuerpo sinuoso, casi vertiginoso, estilizando todas mis curvas. La abertura de la falda era casi infinita, hasta a mí me ponía cuando me miraba al espejo. Me humedecía de anticipación sólo de imaginarme lo que podría ocurrir esa noche.


¡Creo que hoy voy a volver loco a más de uno! Bueno, muy bien no sé si la que se va a volver loca soy yo… me dije, mirándome en el espejo.


Llegué al chalet en taxi invadida por una extraña sensación. Una valla se abría dejando pasar a los coches a una pequeña carretera que llevaba hasta la puerta principal. La mansión era espectacular, hipnótica, tanto que los nervios me llevaron a refugiarme tras la máscara antes de salir del coche. Al llegar a la puerta principal dos enormes porteros enmascarados que custodiaban la entrada me pidieron la contraseña con una leve indicación:


- “Kubrick”, muy apropiado, pensé al decirlo.


- Adelante, dijeron los dos.


Al entrar todo era lujo, impresionantes lámparas de araña colgaban del techo, larguísimas alfombras persas jalonaban las estancias, esculturas que no desentonarían ni en la mismísima Galería Borghese decoraban los espacios, elegantes sillones y enormes mesas se esparcían por todos lados. Todo ello iluminado con luz tenue y ambientado con suaves sonidos de tacones que se mezclaban con acordes de música barroca. La atmósfera destilaba aromas de vainilla y canela. Las mujeres iban espectaculares con sus vestidos largos, los hombres elegantes, apuestos, todos con máscara, en silencio. No estaba permitido hablar “sólo sentir”.


Los camareros, también enmascarados, pasaban bandejas con copas de champagne y preservativos.


Poco a poco se fueron formando parejas, tríos, cuartetos que comenzaban a tener sexo sin pudor. Ese ambiente mágico, envolvente, alteraba el ritmo natural del tiempo y nos sumergía inevitablemente en ese kairós en el que ocurren las cosas en el momento adecuado. Todo fluía.


Un hombre con muy buena planta se acercó a mí, y me llevó hasta uno de los sofás donde había dos hombres más y una mujer. Ella me tomó de la mano al tiempo que me giraba con suavidad hasta que comencé a sentir sus pechos en mi espalda. Sus manos comenzaron a recorrer mis caderas, a subir por mi cintura, a redondear mis senos de forma sutil. Podía notar como comenzaba a humedecerme. De repente me vi envuelta en algo inefable, manos y bocas recorrían mi cuerpo, me estremecía con mordiscos en mi cuello mientras sentía manos que subían por mi entrepierna, por mi espalda, por mi vientre…


Decidí no juzgar lo que estaba sucediendo, había venido a experimentar y, eso era, sin ninguna duda, lo que iba a hacer.


Me sentía deseada, poderosa, aquellas caricias esculpían y daban forma a cada una de las curvas de mi cuerpo.


De pronto, uno de los hombres que tenía a mi espalda comenzó a desabrocharme. Poco a poco sus manos fueron desnudando mis hombros mientras se deslizaba el vestido por mis brazos. Sentí como mis pechos iban quedando al descubierto, hasta que mis pezones, cada vez más erectos, sujetaban unos segundos el vestido antes de caer entero al suelo.


Mi grado de excitación era absoluto, ya sólo mi lencería, mis tacones y mi máscara me arropaban. Comencé a besar los labios de la mujer, mientras sus manos jugaban suavemente con mis pechos. Sus labios eran grandes, carnosos, sus besos tiernos, húmedos, con la cadencia exacta de alguien que ha besado muchas bocas. Nuestras lenguas jugaban y se entrelazaban, mi cerebro estaba cada vez más embriagado.


El hombre que estaba detrás de mí separó mis piernas, y retirando mi tanga hacia un lado comenzó a recorrer con sus dedos mi vulva, perfectamente lubricada. De pronto sentí como sus dos poderosas manos abrían mi ano y mi sexo a la vez. Mi excitación alcanzaba límites hasta ese momento desconocidos, lo único que deseaba era que se introdujera dentro de mí.


Como si hubiera adivinado mis pensamientos comenzó introducirme su ardiente pene. Su enorme grosor fue abriéndose paso por mi vagina, que lo alojaba gustosa y le invitaba a que no dejara ni un sólo hueco por llenar. A medida que empujaba sentía como iba llenándome completamente con su sexo. Un escalofrío recorrió mi cuerpo cuando noté percutir su glande, caliente y duro, contra mi cérvix. No cabía ni un solo milímetro más, estaba absolutamente llena de él.


Uno de los hombres observaba, mientras el otro no paraba de empujar su enorme sexo dentro de mí. No dejaba de mirarme, era una mirada que me resultaba conocida, una mirada que aumentaba mi morbo y que me incitaba a dedicarle mis mejores poses. A través de su máscara podía sentir como crecía su excitación con cada gemido que salía de mi boca al ser penetrada una y otra vez.


A partir de ahí, una cascada de sensaciones inundó mi cuerpo y mi mente. Los orgasmos se sucedieron uno tras otro hasta perder la cuenta. Mi cuerpo no paraba de tener espasmos que estallaban en mis genitales y se expandían a todos los rincones de mí ser. Jamás había experimentado tales sensaciones, en mi vida había imaginado lo que se podía sentir cuando se alcanza el éxtasis. Aquella noche viví cada instante con una intensidad abrumadora, completamente desconocida para mí.


Ya en el taxi de vuelta, me temblaban las piernas, no podía controlar aquel temblor. El taxista no paraba de mirar por el retrovisor, quizás incitado por el olor a sexo que, sin duda, mi cuerpo desprendía. Todavía sentía las suaves embestidas de unos, las enérgicas de otros, la sensibilidad de unas manos femeninas, los diferentes tamaños de cada sexo…


Cuando llegué a casa caí en la cama y me sumí en un profundo sueño.


El día siguiente lo pasé en la noche anterior, reviviendo sensaciones y preguntándome si todo había sido un sueño. Era extraño porque no sentía el más mínimo arrepentimiento, era como si hubiese hecho algo que tenía que hacer.


- ¡Hola cariño!, sonó la voz de David al entrar en casa. ¡Qué ganas abrazarte otra vez!


- ¡Y yo de abrazarte a ti, amor! mientras nos fundíamos en un cariñoso abrazo.


- ¿Qué tal tu fin de semana?


- Bien… diferente.


- Así me gusta, reina, me encanta que disfrutes y que hagas cosas diferentes. El mío ha sido interesante, muy enriquecedor… Por cierto, pasé por la puerta de tu tienda favorita y te he traído una sorpresa. Espero que te guste, dijo, dejando sobre la cama una bolsa grande con una caja dentro.


- ¡Sabes que me encantan tus sorpresas cariño, siempre estás en todo! Abrí la caja y encontré un precioso vestido negro de raso ¡más sexy aún que el último que me regaló!


- Póntelo cariño, quiero vértelo puesto… y quiero quitártelo después. En la próxima fiesta que vayamos serás, como siempre, la más deseada…


 

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