Querido amante sin tiempo

Mar Márquez

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Querido amante sin tiempo:


Esta es una demanda, una rabieta, una queja.


Te habría besado vorazmente en el portal. Habríamos caído dentro del ascensor como el que lanza muebles de IKEA: con prisa por subir pero con la torpeza de encajar piezas en un espacio reducido. Yo, agarrándome a tu chaqueta motera, descamisándote, haciendo caso omiso a las órdenes de calma que intentas que lleguen a mi cerebro, ya animal en este punto. 


Tu olor ha despertado la piel que me viste, y cada poro siente el impulso de ser frotado contra ti. Por eso revuelvo la cabeza en tu cuello. La maraña de pelo que me cubre la cara dificulta, por unos segundos, la capacidad de orientarme en el mapa de tu ser; pero basta cerrar los ojos para volver a sentir la oleada de pasión que me guía sin control por las curvas de tus brazos, tu pecho y tu espalda.


Eres grande, groso, fuerte; inamovible en el pesado baile de mis empujones y mordiscos. Inamovible también en tus decisiones. Me gustan los hombres que no sucumben rápido, pero esto hace de mi juego una historia interminable. “¡Para!” Me espetas agarrándome del cuello con violencia, y recibes una sonrisa con un “no-me-da-la-gana” entrecortado por respuesta.


Querido amante sin tiempo, te habría empujado por el pasillo de madera crujiente, ajena al silencio que demando a estas horas. Nos habríamos atropellado al intentar pasar a la vez por el cerco de la puerta de mi alcoba. Me habría asegurado de que quedara bien sellada esta única salida sin socorro que acabaríamos de atravesar. Apoyándote en ella, recostado ahí y abrumado por mi impaciencia, me habrías visto dejarme resbalar por tu camisa vaquera, por tus jeans apretados, así hasta quedar de rodillas delante de ti con la indefensión de un animal muy valiente. Un animal que te huele la entrepierna y se acaricia la cara contra ella; que dentellea el cinturón y derriba uno a uno el esqueleto de botones que sostenía la moral de tu bragueta y que, hambriento, traga la carne que brota del algodón tejido como un manjar. 


Te habría ofrecido mi cabello para que tiraras de él hacia ti, para que embistieras mis labios con furia, para hacerme ahogar con el placer de tenerte dentro. Llenas con vehemencia mi boca y no puedo sino seguir absorbiendo porque quiero más de ti, como pronombre, de ti, como sujeto, de ti, como un simple trozo de carne henchida que devorar.


Necesito más saña, más presencia, más disciplina que desobedecer para ser cada vez más sometida. 


Me habría encantado oír tu voz afirmando que soy lo que soy: “Eres una perra, lo sabes, ¿verdad?”.


Y que me obligaras a repetirlo, sin detener el festín que ahora engullo: “Sssoynnnaprra, sssoynnnaprra, sssoynnna perra”.


Rendida, habría caído a la caricia que sé que llega justo después de maltratar la piel de mi cara. Estaría doblegada a tu mirada dura y seria, cargada de dulzura, que me habrías regalado después de pasear tus manos pintando el cuadro de mi nariz, labios y ojos.


Habría luchado por conquistar tu polla, peleando contra tu propia sujeción. Suéltala. Dámela. Déjame hacer a mí. Empújala hasta la garganta, zarandéala contra mi lengua. Frótate contra mi cara, púleme las mejillas y golpéame el paladar. Mírame el culo mientras te dejas hacer, agotado ya, a mi obstinada insistencia. 


Mírame entera, porque estoy aquí para ti. Mírame mientras sientes mi lengua húmeda paseando por tu glande, tus testículos, tu culo.


Te lamo.


Mírame mientras abro la garganta en canal, preparada para beber de tu fuente mientras te la muevo cerca de mis labios, mientras saco la lengua sin llegar a rozarte.


Te escupo.


Mírame mientras viertes tu leche en mi cara perpleja, que no acierta a respirar, tragar y meneártela hasta el final, a la vez. Estoy aturdida por el impacto, atorada en tu orden irrebatible de “trágatelo todo”, como siempre hago, amante mío. 


Ahora estaría ahí, en ese valioso instante de respiración entrecortada y coño húmedo que prosigue a cada una de tus corridas. La noche acaba de empezar. Miradas calmadas. Una broma. Ojos a ojos. Manos que acarician… y tiempo que se frena. 


Tiempo que desaparece del tiempo, para dejarnos ahí, retratados en el cuadro de la historia de las grandes mamadas llenas de lascivia y pasión.


Querido amante sin tiempo, exijo tiempo para amar tu cuerpo antes de que eso sea justamente lo que nos falte a los dos: tiempo y cuerpo.


Esta es una demanda, una rabieta de una mujer libre a un hombre libre. Una queja en un siglo de placeres sometidos a la urgencia de una vida que se olvida respirar.


 


Mar Márquez

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