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A concurso

Tahúres

Mar Márquez

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Escúpeme sin preámbulos, tramposo, noctámbulo. Sin concesiones, sin preguntas, sin debilidades. Agárrame del cuello segundos después de tocar el timbre. Ténsame el pelo en la nuca y hazme suspirar. ¡No!, gemir. ¡No!, gritar a susurros con el lamento lloroso de una comitiva en penitencia. Sacúdeme la carne como lomos de ternera desguazada. Atrápame en tu mirada, y lame el gesto de odio que te irradio en el latir de la sangre en mis oídos. Enséñame, tahúr, si sabes jugar.


Atora mi boca, sucia de palabras de amor, con tus dedos. ¡No!, con tu mano. Cuidado, tahúr, que conozco bien mis cartas. Respírame en el Chanel que se evapora por segundos en el tictac de mi cuello palpitante. Que se esfuma de entre las gotas de sudor que se abren paso por mi escote hasta el ombligo, en una profunda pendiente vertical de parque de atracciones.


Atráeme hacia ti como a una perra desobediente. Muérdeme el cuello para que logres instruirme en alguno, o cualquiera  de los trucos que me empeño en desaprender para que esta espiral de atenciones se prolongue en un aleph.


Te levantas. ¿Dónde vas, tahúr? Me abandono a la erótica violencia de tu tacto pero,  si no estás, si te levantas y te vas; vuelvo a esta habitación mal decorada, a esta luz fría de garaje neoyorkino, a este rústico olor a cocido que entra por la ventana. «¿Dónde vas?»,  te pregunto retante, con una insolencia prohibida que uso como hechizo para que vuelvas antes a mí.


Me desconcierta la propia furia que me hace gritarte, «¡Que dónde estás!». Me desorienta  el propio miedo que me ata a esta silla,  en la que me has sentado justo unos pasos después de entrar.  Odio la cisterna que suena, el agua que corre, el suelo que pisas con la parsimonia de los sin prisas. Maldigo el chasquido del mechero y el olor a tabaco que priorizan este puto cigarro al candor de la cesión de mi tiempo, de mi cordura, de mis principios, de mi rigidez.  Tengo celos de todo cuanto miras y tocas y, estoy a punto de disparar un misil de palabras hirientes, cuando te escucho reír. Sin verte, el sonido gutural de tus carcajadas flagela mi estómago con un puñado de insectos, que cosquillean impacientes el binomio del amor-odio innato de los adversarios. Te juro que si no vuelves,  voy a enloquecer. Te juro que si no enloqueces, no voy a volver.


Horas, segundos, minutos; ¿qué es el tiempo sino un medidor de ausencias? Y la tuya se me hace hielo y fuego.  Este u oeste, no sé dónde mirar y bato mi cabeza hacia los lados en un ‘no’ cabizbajo y prolongado que busca un horizonte donde amanezcan tus pies. Vuelve, tahúr y apresa esta fiera incandescente entre tus garras de felino indómito para hacerla tuya; tuya, tuya durante un instante de no-tiempo. Vuelvo, tahúr, y te entrego mi reglamento austero de normas pasadas y leyes futuras, para que puedas alimentar por un rato las llamas de esta fogata tan difícil de sostener.


Viertes sobre mi vientre una tierna caricia fresca abrazándome desde atrás; oliéndome el cuello y dejando en él un rastro de saliva espesa que tarda en secarse. Me retuerzo de placer en este mimo espontáneo con la certeza de su inmediato final. Por eso me matas, tahúr. Tienes la soberbia del artista que siente y crea desde la consciente casualidad. El don. La trampa. Un engaño robusto y agresivo en el que me dejo embaucar. Sin normas, sin leyes, sin reglas. 


Hincas tu boca hambrienta en la hendidura que una vez, y de otra mujer, te dio la vida. Mamas de un pecho inerte con empeño; afanado en beber de mí, ingerirme, absorberme. Te miro absorta mientras lo haces. Te atuso el pelo y del gesto, nace un vínculo materno que nos embelesa durante un rato.  No tengo enzimas que aportarte desde ahí. Ya lo sabes y subes a mi boca en busca de algo de sabor. Succionas mis labios, mi lengua. Me acaricias con la tuya las encías, dientes y paladar.  Sujetas mi cara con firmeza y tiras de ella hacia arriba hasta ponerme de pie. La furia ha vuelto a tus ojos y termino de quemar en ellos las últimas hojas de este manual impoluto desde el que me enfrento al mundo. 


Ensúciame, insúltame, fóllame, písame. Arranca todas y cada una de las páginas de esta Biblia que me embute de derechos sin placeres. Enloquece tahúr, para que una y mil veces, pueda venir a esconderme del mundo en ti.

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