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Carla

Amanda City

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CARLA


Sí, allí estaba yo, atada con un pañuelo a las barras del cabecero de forja que tenía la cama de ese hotel. No sé ni cuándo ni cómo se me fue la situación de las manos. Si hace tres meses alguien me hubiera dicho que yo iba a ser capaz de experimentar todo lo que he experimentado, no le hubiese creído.


Me presento, me llamo Carla, tengo 35 años recién cumplidos, soy de Madrid, estudié psicología en la universidad complutense y ejerzo de psicóloga clínica en un gabinete multidisciplinar, en el que yo llevo los casos obsesivos.


Y allí comenzó todo.


Sé que nuestro código deontológico no nos permite inmiscuirnos en la vida de los pacientes, y jamás desde que empecé a ejercer me he permitido hacerlo, aunque a veces es difícil, porque te conviertes en el foco de comprensión del paciente, en el foco de sus soluciones, en su esperanza, a veces incluso empiezan a depender de ti, y tienes que echar el freno y enseñarles a que deben resolver sus dudas de forma independiente, que tú solo estás para enseñarles el camino, guiarles hacia el final del túnel y que ellos salgan a sonreír al mundo real.


Pues en marzo de este año vino a mi consulta un caso que nunca se me había presentado, he tenido pacientes con ludopatía, con transtornos obsesivo compulsivo, agorafóbicos, etc., pero nunca nadie con adicción al sexo. Y así conocí a Luis, un chico alto, moreno, con ojos grandes y azules, guapísimo y con un toque indie que lo hacía súper atractivo. Siempre vestía unos vaqueros azules y camiseta blanca de manga corta, que le marcaba perfectamente su torso bien definido, botas marrones y gafas de sol.


Pues  el motivo de la consulta era su adicción al sexo, y, aunque parezca algo superficial, se convierte en un problema cuando eso te condiciona la vida, tus actuaciones y tu devenir, sin dejarte actuar de forma natural. Además el modo en que Luis disfrutaba del sexo no era el modo habitual que la mayoría entendemos, sino que entendía el sexo como un juego, sin compromisos, sin ataduras, sin sentimientos, solo placer en estado puro. Además, al ser un chico tan sumamente atractivo, le era muy fácil ligar con cualquier chica, el problema era cuando a esas chicas les mostraba su pequeño mundo lujurioso.


Muchas de ellas no accedían a ese tipo de aventuras, no nos engañemos, la mayoría de nosotras busca en un hombre a su príncipe azul y no a su dueño, y él no estaba dispuesto a besar a ninguna princesa para casarse y ser felices para siempre. Luis quería experimentar de mil formas diferentes y no aceptaba las negativas que recibía, se sentía frustrado, tanto que no era  capaz de desarrollar su vida de forma natural, le constaba conciliar el sueño, levantarse para ir a trabajar, incluso ver la televisión, solo pensaba en sexo las 24 horas del día; por eso acudió a la consulta, porque nadie puede vivir obsesionado con una idea.


Yo, como una buena profesional, le diseñé un plan de mejora, en el que Luis tenía que contarme todas sus fantasías y las teníamos que reconvertir en relaciones más “normales”. Y, como he dicho al principio, así empezó todo. Luis me contaba todas sus fantasías, incluso aquellas que había llevado a la vida real y yo cuando llegaba a mi casa no podía parar de imaginarme que él me hiciera todo lo que me contaba.


Sus experiencias iban desde hacer tríos y orgías con toda clase de personas desconocidas, de ambos sexos, hasta entrar en una sala sadomasoquista y dejarse sodomizar hasta la extenuación. Poco a poco me fue picando la curiosidad por investigar sobre el tema, y así lo hice, me documenté sobre dónde eran los lugares en los que podías encontrar gente que quisiera introducirte en ese mundo de depravación y vicio, sobre los juguetes eróticos más excitantes, sobre fiestas privadas de sexo sin límite, sobre portales en internet y redes sociales que permitían llevar a la realidad tus fantasías, etc.


Pero realmente yo quería que fuera Luis quien me acompañara en ese viaje, así que en una sesión le propuse que me llevara a una de esas fiestas para poder entenderle cuando me describía que las experiencias que se vivían allí eran tan intensas que no podías parar de pensar en aquello una y otra vez. De esta forma un sábado me puse guapa y nos fuimos a un local en la calle Lagasca que, aparentemente era un bar de copas de lo más refinado y chic de todo Madrid, pero que si conocías una clave, entrabas en una sala privada que ni en tu mejor sueño podías imaginar que existía.


Yo fui de mera observadora, pero a Luis le costaba mucho ver los toros desde la barrera, así que en un arrebato me besó, me besó tan intensamente y con tanta lujuria que solo pude pensar que quería que ese hombre me hiciera todo lo que allí estaba viendo. Y así fue, sin mediar palabra me llevó a una cama redonda que había en medio de la sala. Allí había dos parejas más que estaban ataviados ellas, con sugerentes conjuntos de lencería y ellos completamente desnudos con unos cuerpos dignos de cualquier escultura griega y con su sexo terso y dispuesto a jugar con cualquiera de las allí nos encontrábamos.


Luis se acercó a mi oído y me dijo si confiaba en él, sentiría unos de los mayores placeres que hubiera sentido hasta el momento. Así que me dejé llevar y me fue desnudando poco a poco ante la atenta mirada de los otros dos hombres y de las otras dos mujeres. Llevaba un conjunto de lencería roja con encaje de lo más sugerente, la verdad es que en mi subconsciente, cuando estaba en mi casa vistiéndome para mi experimento social, solo quise ponerme ese conjunto para sentirme más segura.


De repente, seis pares de manos me estaban tocando a la vez, lo cual me producía tan intenso placer, que solo deseaba que continuasen. Me acariciaban el trasero, la cintura, el pelo, la cara, los brazos, y, de repente, note como alguien me quitó las bragas y empezó a lamer mi sexo, no podía parar de gemir, cuando me percaté que aquella persona era una de las mujeres. Nunca me había planteado tener sexo con una mujer, de hecho, sentía un poco de rechazo, pero nunca imaginé que iba a disfrutar tanto. En ese momento me vi rodeada de tres hombres y dos mujeres que solo querían complacerme como si me encontrara dentro de una máquina del placer absoluto. Cuando una de ellas acababa de chupar mi sexo, me mordía los pezones, que estaban duros y deseosos de placer, y entonces la otra le pedía a uno de ellos que me masturbara con los dedos, y obedecían sin rechistar, así que pude ver cómo un chico rubio y guapo me metía tres dedos a la vez por mi vagina, que estaba chorreando, mientras otro de ellos me frotaba el ano con un  estimulador mojado en lubricante. Esa sensación de que tu cuerpo se abra y ofrezca a otras personas es indescriptible, notaba como el vicio me recorría y solo quería que no pararan, que me poseyeran sin control, que me embistieran una y otra vez, y que nunca dejaran de tocarme todo mi ser.


Mientras uno de ellos me masturbaba y el otro me dilataba, una de las chicas me puso su vagina en mi cara para que le diera placer, y no me lo pensé, empecé a lamerla, a tocarla y a sentir el placer de tener a alguien a tu antojo. Mordía y succionaba su clítoris sin parar, metía la lengua dentro de ella y saboreaba esa esencia a sexo que desprendía toda la cama. Es cierto que, una vez estás dentro de este mundo, se hace todo normal y no puedes pensar en otra cosa que no sea proporcionar y recibir placer, sin importarte de quién, quieres probar diferentes posturas, sensaciones, llegar mil y una vez al clímax, tanto vaginal como clitoriano o incluso anal.


La preciosa mujer que tenía en mi cara dio paso al otro hombre que era moreno con ojos color castaña, con un pelazo de impresión y un cuerpo que solo incitaba al vicio, y que decir de su pene, me lo puso en la boca y pensé que era un sueño, grande, terso, perfectamente depilado, y a punto para que pudiera hacerle una mamada tan intensa, que me corría solo de pensarlo. Me lo metí en la boca y empecé a chupar una y otra vez y con mi mano empecé  a moverlo de arriba hacia abajo sin parar, mientras,  con la otra mano, no paraba de pellizcar el clítoris de otra de las mujeres. De repente, Luis los apartó a todos, se puso un preservativo, y empezó a embestirme una y otra vez como un miura. Yo estaba en el séptimo cielo, solo esperando a recibir a Luis sin cesar. A la vez, el chico rubio empezó a penetrarme por el año. Yo ya había practicado el sexo anal con algunas de mis parejas, pero realmente tengo que confesar que nunca me había complacido del todo, pero esta vez fue diferente, notar como todo tu cuerpo esta penetrado, me excitaba cada vez más, y cuando el otro chico moreno me penetró la boca bajo la atenta mirada de las dos chicas, pensé que iba a explotar de lujuria. Ellas estaban masturbándose mientras nos observaban y yo no podía parar de correrme, todos mi fluidos estaban saliendo de mi cuerpo por todos los orificios posibles, no puedo ni describir la sensación, solo que en ese mismo instante comprendí todo lo que Luis intentaba explicarme en nuestras sesiones. Experimentar algo así te marca, porque luego el sexo al uso no te complace.


Después de correrse en mí, a Luis no le pareció suficiente, así que se puso otro preservativo y empezó a follar con la chica rubia de la cama, a la que se le veía encantada, pero cómo no, Luis era un adonis, de esos chicos que te vuelves a mirar por la calle cuando te los cruzas deseando que la mirada sea recíproca. Luis me miró y me indicó que me uniera a ellos, y así lo hice, esa sensación de que alguien está pendiente de ti, de que te ordena lo que tienes que hacer, en ese juego es lo que más me excita.


Lametazos, penetraciones, pellizcos en pezones, clitoris, palmaditas en el trasero, empujones, arañazos, todo estaba permitido siempre que todos quisiéramos, y lo peor es que todos queríamos, me encantaba la sensación de que jugaran con mis pechos, pusieran su pene entre ellos, me agarraran y chuparan las tetas, se sentarán encima para facilitarme lamer sus penes, sus vaginas... esa noche dejé de ser yo para convertirme en un juguete sexual a expensas de Luis y de quien él quisiese.


Dos horas después nos duchamos y vestimos, ese sitio estaba pensando solo para el disfrute y nos proporcionaba todo lo que necesitábamos. Después salí con Luis y nos fuimos a cenar. Durante la cena, en uno de los restaurantes más de moda de la capital, no me podía concentrar, casi no podía ni hablar, miraba a la gente alrededor, toda tan guapa y arreglada y solo me los imaginaba en esa cama redonda. Ya no centraba mi pensamiento en los chicos, sino que las chicas habían irrumpido en mi mente de forma inmediata, eso sí, nunca me las imaginaba solas conmigo, sino que con una figura masculina a la que poder complacer.


Acabamos de cenar y en los postres Luis se dirigió a mí:


¿Te ha gustado la experiencia?- me preguntó.
- Es lo más excitante que he experimentado en mi vida, ya te entiendo cuando me explicabas que esto ocupa tu mente las 24 horas.
- Pues cuando quieras podemos repetirlo, aunque creo que esto no es muy positivo para mi tratamiento- me dijo él.
- Será mejor que cambies de terapeuta.- le respondí.


Y así, empezó todo, esa noche cambió mi vida, mi forma de ver las relaciones, el sexo, el amor. Entendí que el amor y el sexo deben ir de la mano, pero que el sexo sin amor es de lo más placentero, que debemos ser libres para experimentar en la vida lo que deseemos, o lo que ni siquiera sabemos que deseamos, lo que se nos pase por delante, lo que nos ofrezcan, sin prejuicios. Que en la vida, si dejamos de opinar sobre lo que está bien o mal de los demás, empezaremos a ser más felices, y de que si viene a tu consulta un Adonis como Luis, lo mejor es rechazar al paciente, e irte con él a follar. ¿O vosotros qué pensáis?

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