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El chico del sombrero

Denise M. Rodríguez

Tenía dieciseis años y las hormonas me iban a mil kilómetros por hora, era muy impulsiva, tenía mal genio y sólo quería correrme una y otra vez. Yo no era virgen, no creía en las tonterías que decían en mi pueblo, no era una puta por follar a los trece años, y aunque me provocaba morbo que todos los de mi alrededor lo pensaran, era mentira. Hice caso a mis necesidades y follé con quien quise y tantas veces como pude. 


Como decía, tenía dieciseis años cuando decidí irme al Camino de Santiago, no para purgar los pecados, pues no creía ni creo en Dios. Fui allí, ya sabéis, por esa idea hippie, porque quería viajar y no tenía mucho dinero, y el Camino de Santiago se presentó como una oportunidad opción perfecta: senderismo, caminar rodeada de naturaleza, posibilidad de consumir cerveza cuando quisiera y muy buen rollo. Los burócratas son felices en el Camino de Santiago, y yo vi una buena oportunidad para estar tan relajada como después de llegar al orgasmo y dejar la polla muy blanca. 


Salí desde Ponferrada con el objetivo de llegar a Santiago de Compostela y, quizá, de volver a casa siendo menos impulsiva, con menos estrés, en definitiva, conseguir algo de paz interior. Todo ello en tan sólo diez días, lo cual refleja que entre mis fines debeía haber añadido el de ser más paciente.  


Me gustaría decir que el primer día transcurrió con normalidad, pero no fue así. Después de cuarenta kilometros andando me di cuenta que el Camino no era tan facil como pensaba, y a parte de todos esos kilometros mis pies ganaron un buen número de ampollas. Estaba tan agotada que ni siquiera pensé en masturbarme, algo insólito en mi.


A la mañana siquiente me dispuse a continuar mi viaje, con farmacias localizadas en el mapa por si acaso mis pies empeoraban Faltaban unos quince kilómetros cuando por torpe me hice un esquince en el pie, por lo que llamé a un taxi para que me llevara al albergue más cercano. Cuando el taxista me dejó fui cojeando hacia el albergue, y en ese breve trayecto escuché  


-''Qué te ha pasado?" 


Dirigí la mirada hacia la dirección donde sonó aquella voz y vi a dos chicos sentados tomando unas cervazas, con sonrisillas de graciosetes en la cara. Uno de ellos llevaba puesto sobre la cabeza un sombrero al estilo cowboy, y me miraba fijamente, por lo que deduje que él habia realizado el comentario. 


-''Me he tropezado y se me ha doblado el tobillo y no podía seguir andando'', contesté, con buen humor. 


Entonces, por si todavía me quedaba alguna duda, el chico del sombrero se delató diciendo: ''uhh! Eso es una herejia, el camino hay que hacerlo entero a pie, o Dios te castigará'' . 


Yo me reí y entré en el albergue. Esta vez mientras me duchaba comencé a masturbarme, pensando que me follaba a todas las caras bonitas que había visto en el trayecto, confiando en volver a coincidir con ellas para dejar sus pollas secas. Como no podía ser de otra manera, visualicé también al chico del sombrero cuando estaba en pleno climax, pero de repente escuché a alguien entrar al baño común y tuve que parar de inmediato.  


La intrusa era una viejecita frnacesa con cara adorable, que ya me había cruzado más veces en el camino, pese a su actitud siempre amable y sonriente, en ese momentio la odiaba con cada partícula de mi ser, la vagina me palpitaba, estaba hinchada, me pedía más, estaba a punto de correrme, y esa puta vieja me lo había jodido todo, llevaba un día sin masturbarme, joder, y tres sin follar, lo necesitaba urgentemente.  


Pero por la noche me vengué, esperé a que se apagaran las luces y tras un pequeño tiempo prudencial, el silencio reinó. Por si no lo sabéis no hay habitaciones individuales en los albergues públicos del Camino de Santiago, si no amplias salas llenas de literas donde los peregrinos duermen. No era mi opción preferida pero era barato. 


  Así, pasé al ataque, descendí la mano hasta mi vagina para acariciarla suavemente con movimientos circulares. Estaba muy mojada y empecé a intensificar los movimientos, conteniendo los gemidos por leves que fueran, para que no me oyera nadie. Aunque he de reconocer que la idea de que cualquiera me pudiera pillar mientras me masturbaba en esa habitacíon pública me ponía a cien, parte de mi lo deseaba, y mientras me tocaba fantaseaba con que varios chicos me pillabana, me lamían entera y me follaban. Por supuesto, acabé poniendome la otra mano en la boca para callar mis gemidos ahogados, de lo cachonda que estaba, hacía ese típico ruido que sale en las películas cuando alguien la tapa la boca a otra persona y esa misma persona intenta hablar o gritar. Afortunadamente me corrí rápido, así que si alguien escuchó mis orgasmos no lo hizo notar. Soy de las que gritan cuando follan y cuando se pajean, y no me hubiese gustado salir en la portada del periódico del día siquiente por levantar a toda la gente (había camas para ochenta personas) a causa de mis gemidos incontrolados.  


Posteriormente fui al aseo porque me entraron ganas de hacer pis, y al terminar me crucé con el chico del sombrero, y me dijo  


-''¿Qué pasa, Dios te ha castiago, y no te deja dormir?''.  


-''Peor, no me deja purgarme, tengo tantas ampollas que me cuesta caminar''. 


-''Anda, yo puedo explotartelas, es muy facil''.  


-''Vaya, vaya, con el buen samaritano, tendrás el cielo ganado si consigues que mañana pueda andar bien''. 


Me dijo que le esperara en el comedor de la planta baja, que él iba a por su aguja, mechero y betadine. Tras unos pocos minutos lo vi llegar, iba con una sonrisa de entre pícaro y vergonzoso, mostrando la aguja de coser con la punta hacia artriba y con el mechero en la otra mano. No sabía si esa imagen me exitaba o me espantaba, pero ahí me quedé. Una a una me fue quitando las ampollas mientras hablábamos de vanalidades. La tensión sexual se podía palpar. Al acabar recogió sus cosas y nos fuimos cada uno a su cama, en la sala común, a dormir, Tras unos minutos inquieta fui al baño y encendí la luz pensando que se daría cuenta y vendría  a follarme hasta que me ardieran los dientes, esperé unos minutos y no vino, otra fantasía sin cumplir, pero bueno, ya era tarde y estaba cansada, asique me fui a dormir. 


Pasaron varios días y el camino se me hacía cada vez más ameno. Coqueteé con varias personas, pero por una razón u otra, no pude follar con ninguna de ellas. Tenía mi coño empapadísimo, como un río que se desborda en una inundación, ahí es cuando una se arrepiente de llevar sólo dos bragas. Afortunadamente mi mano estaba ahí para aliviarme, de noche, rodeada de gente durmiendo.


Me crucé varias veces con el chico del sombrero, nos lanzábamos bromas y miraditas, pero tampoco había manera. Él parecía demasiado tímido y ocupado con sus amigos, y a mi se me daba fatal ligar, estaba tan acostumbrada a que me ligaran, que yo sólo sabía dejarme llevar, pero no iniciar un ataque.  


El día antes de llegar a Santiago, al terminar la etapa, y después de ducharme y comer, decidí ir a un bar a tomar una cerveza. Al pasar unas horas, ese mismo bar se empezó a llenar. Sí, estaban emitiendo un partido de futbol por la televisón. Entre los asistentes esaba el chico del sombrero, tras compartir una mirada, le invité a que se sentara en mi mesa, estaba algo chispada y apenas sentía verguenza. El comenzó prestando más atención al partido que a mi, pero rápidamente supe como atraer su atención. Hice una vaga referencia al calor que hacía en el bar, asique me quité la sudadera mostrando así una camiseta excesivamente escotada, y que yo no me esforzaba en disimular. Comenzamos a hablar hasta que por fin el partido de futbol terminó y el bar se fue vaciando, es ahí cuando tuve mi gran momento:  


-''¿Sabes? Tengo piercings en los pezones''. 


La ebriedad me pudo, y ésta se alió con mi imcapacidad para ligar. Sorprendentemente funcionó, al principio pensé que él iba borracho también, pero después descubrí que no fue por eso, que simplmente él era una cachondo como yo. Así que él me respondió:  


-''¿Ah, si? Pues me encantaría verlos''. 


-''Puedes verlos cuando quieras'' contesté. 


-''Quiero verlos ahora, y recuerda que mentir es un pecado''. 


Entonces yo, excitadísima por el morbo, miré a mi alrededor para ver si alguien estaba mirando hacia nosotros, cogí el escote y rápidamente lo bajé para enseñar de forma fugaz mis dos tetas. Él abrió sus ojos como platos, pero al instante se sentó al lado mío, pegó un trago a su cerveza y empezó a pasar su mano por mis muslos, bajo la mesa.  


Iba subiendo poco a poco su mano y como no encontró posición llegó a tocar mi vagina sobre el pantalón. Joder, hacía tantos días que nadie, a parte de yo, me tocaba el coñito que creí morirme, quería más y más, no quería que parara, me daba igual la situación. Así que el siguiente paso lo di yo, metí mi mano en sus calzoncillos, la tenía dura como una piedra, y además era una polla grande. Menos mal, porque yo sólo follo con pollas grandes, me gusta sentir mi coñito lleno, y con lo mucho que lubrico es muy dificil sentirlo así con las pollas pequeñas. Él hizo lo propio y metió su mano en mis bragas, toqueteando mi vagina torpemente, pero me daba igual, yo sólo pensaba en meterme esa pedazo polla y correrme al instante.  


Empezamos a morrearnos, y cuando me lamió un poquito la oreja paré en seco y me fui al baño, echandole una mirada de invitación. Él, afortunadamente, captó el mensaje y fue detrás mía. Tras un rápido vistazo nos metimos los dos en el baño de las mujeres y cerramos con pestillo, nada más hacer eso yo le bajé los pantalones porque ansiaba ver esa polla. Al bajarlos tan rápido y tenerla él tan dura, su polla hizo una especie de efecto muelle y chocó contra mi cara. Eso lejos de disgustarme, me encantó y empezé a chuparla como si no hubiera un mañana. Por más que lo intentaba no podía meterme la polla entera en mi boca, pero a él parecía gustarle lo que hacía pues gemía sin parar.  


Al poco tiempo él me levantó, hizo un gesto para que me sentara en el váter y me bajó los pantalones y las bragas. Comenzó a comerme el coño como nunca antes me lo habían hecho. No sólo no tenía ningún reparo en meter su lengua y su boca en mi vagina, si no que parecía disfrutarlo y lamía con gran intensidad, tocando con su lengua las zonas que tenía que tocar y al ritmo que tenía que hacerlo. No paraba de inundarle la boca con mis fluidos que, o bien tragaba, o bien se le caían por la barbilla. Me corrí varias veces, hasta que le quité la cabeza de mi vagina y le cogí su polla para meterla, él se dejó llevar. Fue meter la enorme cabeza de su polla y sentir un inmeso placer, y tras ella entró con facilidad el resto de su miembro, estaba tan lubricada que no hubo oposición alguna, emepzó a bombear fuerte, su polla llegaba hasta mis entrañas, y yo le pdíe más y más. ¿Cómo podía haber estado tanto tiempo sin follar? Pensaba, ahora quería que me follara con la furia de mil demonios. Yo gemía sin límite alguno y el jadeaba fuertemente. De pronto la tragedia sucedió, sacó la polla de mi coño, pero mi pena no duró mucho, me levanté, le di la espalda y él volvió a metermela, yo tenía mis manos apoyadas en la pared mientras él golpeaba fuerte y rápidamente sus caderas contra las mías. 


Con su mano izquierda me tapó la boca, paró de folarme para acerca su boca a mi oreja y decirme 


-''Si quieres más tendrás que callar, gemir tan alto es pecado''. 


Yo aparté su mano de mi boca y contesté con un tono fogoso:  


-''Y follar fuera del matrimonio también''.  


A partir de ahí, como si mis palabras lo hubieran poseído, empezó a follarme incluso más fuerte y más rápido que antes. Mis gemidos eran cada vez más intensos y su polla estaba más hinchada. Por fin dio con la tecla, y comencé a correrme. Él debió ponerse muy cachondo al escucharme decirle que me corría, porque tan sólo unos minutos después se corrió también. Nos quedamos un rato ahí jadeando y luego nos vestimos. Al salir del baño todos nos miraban, pero nosotros íbamos con una larga sonrisa en la cara. 


 

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