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Pocas horas, muchos minutos y trece momentos

Xudit Casas

I


Había hecho ese viaje infinidad de veces. Su sonrisa iba aumentando cada kilómetro que se alejaba de la rutina y se acercaba a su hogar. Cada vez que veía el cartel con el nombre de su tierra se le aceleraba el corazón. Calculaba que apenas quedaba una hora para llegar. El escaso tráfico le permitía disfrutar de la conducción y el paisaje, deleitarse con su música preferida y centrarse en sus pensamientos. Se sentía libre.


Hacía muchísimo tiempo que no visitaba a su familia. La pereza de cruzarse el país y perder dos días enteros le frustraba. Viajar le creaba ansiedad y, aunque le apetecía volver después de tantos años, este viaje era demasiado largo. Aunque era prudente, era consciente de que el cansancio se iba apoderando de él a cada kilómetro. La radio no ayudaba, cada poco se perdía la señal. En la última incorporación, observó un coche oscuro que iba a buen ritmo. La conducción era muy fluida, contundente a la par que suave. Decidió usarlo de referencia por su propia comodidad y seguridad.


II


Se fijó en el coche verde que iba detrás. Llevaba un rato, pero en ese preciso instante se dio cuenta de que le seguía los pasos. Iban en caravana. Si adelantaba, el coche verde repetía la acción. Si frenaba, también. Siempre pensó en que se puede conocer bastante a una persona solamente viendo cómo conduce. Conducir era un lenguaje en sí mismo. Le parecía muy curioso cómo nos anticipamos a los movimientos de las personas en la carretera. Se preguntaba si la comunicación no verbal se podía aplicar a la automovilística, cuando la luz del atardecer le pegó de lleno.


El coche oscuro había aminorado la marcha. Le hizo gracia. Imaginó que el conductor se había olvidado las gafas de sol. Así que decidió adelantar. Aunque era prudente, esa velocidad era demasiado lenta para alguien que sí tenía gafas. Justo en el momento del adelantamiento miró por curiosidad hacia el conductor del otro coche. Se sorprendió y se avergonzó. Sus prejuicios le habían jugado una mala pasada. Sin embargo, estaba en lo cierto, la mujer que conducía no llevaba gafas de sol.


No alcanzaba a coger las gafas. Estaba pensando en parar un momento pero, para su sorpresa, el coche verde no se alejó cuando la adelantó. Se separó lo suficiente para dejarle la distancia de seguridad oportuna. No se lo podía creer. Parecía que le estaba haciendo un relevo. Ir en caravana sí, pero esto no le había ocurrido nunca. Así que continuaron en tándem. Siguió al coche verde y a una extraña pegatina brillante que tenía en el maletero. Ya quedaba poco. Qué ganas tenía de ver a su gente y desconectar. Deseaba salir, reírse y bailar. Qué bonita estaba la luna.


Aunque le supuso un esfuerzo, se sintió satisfecho de devolverle el favor al otro coche. Empezó a imaginarse cómo sería su regreso al lugar donde se crió. Recordó su infancia y los veranos de su adolescencia. Le invadió la nostalgia. Se preguntaba cómo habría cambiado todo. Por alguna razón, no pudo evitar pensar en la noche que se escapó de casa para ir de juerga con sus colegas. Aquella noche había empezado con mucha adrenalina, sin embargo fracasó cuando sus padres le encontraron en el río. Ahora se reía, pero le costó perdonarlos, no por cortarle las alas y avergonzarlo delante de los demás, sino porque esa noche iba a besar a una chica por primera vez. Esta vez no tenía ganas de salir de fiesta. Quería aprovechar para descansar, hacer un poco de turismo y disfrutar de los manjares que le ofrecía aquel lugar.


III


Había muy buen ambiente. La noche acompañaba y el entorno, rodeado de naturaleza, resultaba acogedor. Abrazos, besos y risas de encuentro regados con un poco de vino, buena comida y mejor música. Mientras mantenía una conversación muy interesante, se percató de que su cuerpo estaba demasiado pendiente de las personas que estaban alrededor, sobre todo, de los hombres. Llevaba varios días excitada, pero durante la última semana, el trabajo y otros compromisos no le dejaron tiempo para sí misma. Rechazó esas sensaciones rápidamente. Sabía perfectamente que estaba experimentando ese momento del ciclo en el que se siente vigorosa e imparable. En el que el deseo llega a cotas insospechadas y crea situaciones, a veces, incómodas. Intentaba no reprimirse y vivir su sexualidad libremente, aun así, quería tener el máximo control sobre la misma. Iba a guiarse por su mente, no por su cuerpo. Su cuerpo, ese fin de semana, era exclusivamente para su propio uso y disfrute.


Pese a la insistencia de su familia prefería no molestar y se había buscado alojamiento. No quería que estuviesen pendientes de él y tampoco le parecía justo para ellos. Tener un poco de intimidad también le facilitaría reencontrarse con su pasado. El viaje había llevado más tiempo del calculado, así que su familia le esperaba en un bar del pueblo de al lado. Allí era normal improvisar. No le molestaba, lo único que no le hacía gracia era tener que coger el coche de nuevo. Recordó su vieja bicicleta. Se sentía entre extrañado y ansioso. A pesar del retraso, se regaló una ducha reconfortante. Mientras sentía cómo el agua calentaba poco a poco su cuerpo, pensó en aliviar toda la tensión acumulada, permitirse un poco de placer. En lugar de eso, tornó la temperatura del agua a fría. Se despejó bastante, pero se arrepintió al momento.


IV


Se lo presentaron. No dijo nada porque los nervios se apoderaron de ella. Le sorprendió que él tampoco dijera nada. Se conocían perfectamente. No podía salir de su asombro. Era el chico del río. No se lo esperaba. Sabía que ese día llegaría, pero nunca de esa forma. La cogió totamente desprevenida. Siempre le había gustado, pero en aquella época, pasaba mucho de los tíos. Años después comprendió que aquel día se frenó su estreno en la sexualidad compartida. Perdieron el contacto hasta este preciso momento. Quizás él no la había reconocido, pero algo le decía que sí la recordaba. Reaccionó rápido y disimuló con seguridad. Siguió disfrutando de la noche, como si le hubiesen presentado a cualquiera.


Nunca había pensado en que pudiera encontrarse con ella. Lo último que había oído era que se había ido fuera. Le hizo gracia la casualidad y le alegraba. Siempre se preguntó si ella sabía de sus intenciones aquella noche en el río. Se comportó tal y como la recordaba. No pudo evitar notar el atractivo que había ganado con los años. Temió que se hubiese convertido en el tipo de mujer que nunca se fijaría en un hombre como él. Le hubiese gustado hablar un rato tendido con ella, saber qué era de su vida. La notó distante y fría. Lo trató como si no hubiese pasado tanto tiempo, como si lo hubiese visto hace unos meses. Mucha gente se interesaba por su vida y recordaban historias de antaño. Se sentía querido, pero le abrumaba que ella fuese la única persona que lo ignorase. Herido, intentó olvidar que la tenía a unos metros.


V


Verlo le alteró la sangré. Ya no deseaba nada más que llamar su atención. Se transformó en astucia y atracción. Una mirada suya llena de seguridad se convertía en un imán cuando la otra persona la percibía. Un pequeño gesto que esconde una fuerza de tal magnitud que altera la conciencia de cualquiera. Suficiente fue tener un chupito lleno hasta el borde. Se vio obligada a acercarlo suavemente a los labios y sorber el licor muy despacio, para evitar que se escapara entre las comisuras de su boca y el cristal. Suavidad y lentitud ofrecían el tiempo necesario para observar, con sutil disimulo, a esa persona que tanto interés le había provocado. Ni el resto, ni ella misma, se percató de la explosión que había eclosionado en su interior.


No podía rechazar la invitación a un poco de licor. Hacerlo sería una falta de educación y, además, estaba deseando catarlo. Sin embargo, cuando el paladar se estaba preparando para degustarlo, sus ojos se dirigieron inocentemente hacia el fondo de la barra. Su mirada se topó de lleno con la de ella. Apenas fue un momento, pero el tiempo se congeló por un instante. Ella le había atraído con mucha seguridad, sin él apenas darse cuenta. Notaba como lo invadía. Sentía que no podía aguantar más. Estaba paralizado, cuando ella, como si lo supiera a ciencia cierta, se anticipó a desviar su mirada con total naturalidad. Lo liberó mientras esbozaba una minúscula y satisfactoria sonrisa a la par que saboreaba el licor. Eso fue todo. Ella volvió a la normalidad, como si aquello no hubiera ocurrido. Dudó si lo que acababa de experimentar fuese fruto de su imaginación.


VI


Se volvió a encontrar con él en la calle. Se estaba despidiendo del resto y aprovechó para observarlo mientras se acercaba. Le complacía cómo era. Sus facciones, su tono de piel, su altura, su indumentaria. Iban en la misma dirección de modo que intercambiaron varias frases banales que se recubrieron de cierta incertidumbre hipnótica. Cómo se movía y le sonreía. Los gestos son el espejo de la mente y unos minutos le bastaron para sentirse aún más atraída por él.


La vio acercarse. Su orgullo le pedía huir, pero hizo lo contrario, la esperó. El ritmo se ralentizó a cada paso que se alejaban de la gente. Le sorprendió su cambio de actitud. Cuando estuvieron a solas se mostró más cercana, menos cohibida. En un momento, le cogió de la mano para evitar que se tropezase. Antes de soltársela se la apretó ligeramente y suspiró con nostalgia. Estaba confuso. O equivocado. Se puso en su lugar y entendió cómo se sentiría él si de repente ella reaparece en su vida por unas horas. Al fin y al cabo, él solo estaba de paso. Quizás él hubiera hecho lo mismo.


VII


Sus caminos se separaban. Ella no quería despedirse, pero él no estaba receptivo. Sus palabras le decían que se quería ir, pero su cuerpo le decía lo contrario. Su ambigüedad le atraía y le excitaba. A lo mejor no tenía ningún interés en ella, a fin de cuentas no sabía nada de él. Se preguntaba cómo habría sido su vida sentimental y sexual. Eso le frenó, no quería crearse falsas expectativas. Si tenía que pasar algo, surgiría. No forzaría la situación ni perdería tiempo en ilusiones. Todo indicaba que era bastante por hoy. La despedida fue fugaz, natural e, incluso, templada. Hasta que se giró y asintió con la cabeza.


Se contuvo. Su intuición le decía que podía alargar el tiempo con ella. La deseaba más de lo que pensaba y eso le acojonaba. No tenía las agallas o la fuerza para acercarse. O ambas. De alguna forma la rechazó. Se sintió culpable, pero quería ser coherente. El miedo y el cansancio no eran buenos amantes. Tanto él, como ella, se merecían más.                                                Aun así, mientras se alejaba, mostró cierto coraje y le preguntó si se acordaba de aquella noche en el río. Un escalofrío reconfortante recorrió todo su cuerpo.


VIII


Se desnudó y se explayó sobre el colchón con comodidad. Olvidó al chico del río y al hombre en el que se había convertido. Ahora mismo solamente quería centrarse en ella. Metió su mano entre las sábanas y su ropa interior. Se distrajo con la textura del tejido, sintiendo la suavidad del mismo. Le vinieron a la mente aquellos momentos que más le habían excitado de sus amantes. Cómo la habían besado con pasión, cómo la habían provocado con caricias y sutiles mordiscos, cómo la habían dejado sin aliento en numerosas ocasiones. Pese a disfrutar de varios orgasmos, le supo a poco. No había calmado su sed. La había intensificado.


Por fin se había acostado. Estaba rendido ante el aluvión de emociones, pero no conciliaba el sueño. Pensaba en cómo un par de gestos de ella lo alteraban por completo. Le encendía pensar en probar aquellos labios que se le resistían una vez más. Buscó con su mano la dureza de su excitación. Imaginaba no haberla dejado marchar, abalanzarse sobre ella sin miedo. Cerraba los ojos y la encontraba en su mente, desnudándose para él, para entregarse y hacerlo disfrutar. Pocos minutos después se había quedado dormido profundamente. No así su excitación, que continuaría hasta el día siguiente.


IX


La experiencia le decía que el erotismo residía en deleitarse en el placer de la seducción, en dejarse llevar por las circunstancias. Sin medir el tiempo, sin tener el control. Y no pensaba hacer lo contrario. Esa noche estaba predispuesta a cualquier oportunidad. Contemplaba cómo las casualidades iban entretejiendo las distintas situaciones, mientras se mordía los labios. Varias opciones estaban sobre la mesa. Algunas eran apetecibles y susceptibles de caer en su red, pero no se conformaría con cualquiera.


Sabía que nada sale según lo planeado. Era más fácil que se alineasen los astros a que ocurriera alguna de sus fantasías. Tampoco se le había pasado por la cabeza tener sexo en aquel viaje familiar. Aún así, prefirió ser precavido y acercarse a una farmacia a comprar condones. Y lubricante. Su teoría se confirmó cuando la boticaria que le atendió lo encontró en los servicios del restaurante donde estaba cenando. Le regaló una felación entre el segundo plato y el postre.


X


La melodía era cautivadora y el ritmo la embelesó. Su cuerpo suscitaba un círculo sensual de movimientos hipnóticos. Cuando bailaba su mente se perdía en una inmensidad de sensaciones. El reflejo de aquella extraña pegatina brillante le trasladó a una habitación. La casualidad le llevó a disuadirlo. El hombre del coche verde salió mojado con una toalla. De golpe, sus sentidos se trasladaron de la música a la figura de aquel hombre.


La retó con la mirada, no iba a permitir que le besase. Quería alargar la tensión que había entre los dos. Ella lo aprisionó contra la pared. Él evitaba sus labios mientras acariciaba su cintura y nalgas con suavidad. Cuanto más se reprimía él, más le deseaba ella. En un instante, cambió las tornas y la giró de cara a la pared mientras acercaba su espalda contra su torso. La toalla cayó al suelo.


Sentía de cerca el frío de la pared y el calor de su aliento en la nuca. Solamente le rozó la toalla al caerse. Se derretía cuando él demostraba tanto aplomo. Notaba su excitación entre las piernas. Quería apreciar su cuerpo desnudo. Seguidamente intuyó como su boca se estaba aproximando a su cuello. Sus piernas empezaron a temblar. Deseaba besarlo. Él se lo impedía. Su mano se había colado entre la pared y su cuerpo. Él acariciaba lentamente su entrepierna, ella apenas notaba sus dedos. Se retorcía de placer. Por una vez, prefirió ceder las riendas.


Quería llevarla al límite. Empezó a acariciarla por encima de la ropa, mientras la miraba fijamente a los ojos. Dejó que el tacto le guiará por su anatomía. Descifrar cómo se erguían sus pezones debajo de la camiseta mientras sus pupilas se dilataban a cámara lenta. De repente, se abalanzó sobre él y lo besó salvajemente, rompiendo la tensión en un último intento antes de rendirse. No pudo reprimirse más y se apresuró a quitarle toda la ropa. Quería devorarla.


XI


La impaciencia le ardía. Quería que la follase, que la penetrara. La distrajo con sus dedos. Desconocía que hacía con ellos y alcanzó el orgasmo en varias ocasiones. Seguía sin tenerlo entre las piernas. Quería sentirlo dentro de ella. Se lo pedía, se lo rogaba. Él se perdió mordiendo sus senos con pasión y deseo. Ella aprovechó el instante para buscar un condón. Sus esfuerzos fueron en vano y él descendió por su cuerpo. Sintió su lengua humedecer su rincón favorito. Sus dedos atravesaron nuevamente su cuerpo. Estaba al límite.


Ella le suplicaba al oído mientras le mordía el lóbulo de la oreja. Escuchaba su respiración. No quería sucumbir ante sus encantos. Pasó su mano por sus nalgas y las apretó contra él. La entretuvo unos minutos con sus dedos. Quería penetrarla pero sus pechos se convirtieron en su escape. Su lengua descendió entre sus piernas. Empezó a lamer lentamente su olor. Los espasmos crecían e introdujo sus dedos una vez más. Esa noche era exclusivamente para ella.


XII


Cuando pensaba que no podía más, su mente controló su sexo y lo liberó de tensión. De repente, provocó una catarata orgásmica de convulsiones infinitas. El culmen del placer femenino. El oculto clímax donde el cuerpo y la mente culminan juntos y se funden en mareas líquida de éxtasis. Se rio satisfecha, pero pronto empezó a jadear de nuevo. Ya no había vuelta atrás. Él tenía el control sobre ella. Ella lo tenía sobre su cuerpo. Una y otra vez. Perdió la cuenta de la abundancia húmeda. No podía estar más agradecida. El sexo nunca volvería a ser el mismo. Ella no volvería a ser la misma.


Nunca había visto a una mujer disfrutar de esa manera. Sus gemidos eran de otro universo. Su mirada había desaparecido. Dudó si frenar, pero no había razones para hacerlo. Estaba verdaderamente excitada. Quería ser generoso y aumentó la intensidad. Continuó hasta que una pequeña fuente de placer femenino brotó de su interior. Había atravesado el límite. Nunca había llegado allí. Quería seguir y volvió a estimularla. Ella era insaciable y él interminable. Cuando estaba a punto de explotar, probó el elixir con su propios labios y se dejó ir. Se dejó ir lejos de sus piernas.


XIII


Fueron sexo desde que se encontraron en la carretera.

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