La hora de los sueños

Carmen Moreno

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Era la hora del desayuno. Momentos tranquilos donde se hacen numerosas confesiones. Esa mañana Eulalia y Cristina estaban tomándose un té en su cafetería favorita. Era un sitio bonito y tranquilo con mesas adornadas con flores y unos oleos muy originales colgados en las paredes. La artista era la dueña del lugar que cuidaba todo hasta en el más mínimo detalle. Aunque estaba un poco más apartada del instituto que otras cafeterías, ésta era especial para ellas. Quizá porque estaba menos concurrida, quizá por la variedad de tés que ofrecía, quizá porque en cada mesa había un cuenquito con numerosos azucarillos, edulcorantes y, hasta miel. La cosa es que este lugar se había convertido en uno de sus lugares predilectos. Tan relajadas estaban allí que entre bromas tenían conversaciones realmente trascendentales.


            Y es que cuando hablamos no nos percatamos de que alguien puede escucharnos. Cualquier persona puede estar atenta a nuestro parlamento… Y eso fue lo que sucedió esa mañana...


            Eulalia, en un ataque de sinceridad, le realizó una confesión muy íntima a su mejor amiga.


—Hay un sueño… algo que hasta me da vergüenza contarlo… pero que me gustaría que ocurriera —dijo ruborizándose—. Me gustaría que un joven apuesto me secuestrara, me atara y me hiciera suya.


Cristina se quedó boquiabierta. Y ambas amigas comenzaron a reírse ante tal «inconfesable» secreto.


—No te rías, lo tengo todo pensado. Una mañana de lluvia, un joven apuesto me estaría esperando en la entrada del instituto. Me sedaría y me llevaría a un lugar secreto. Allí me desnudaría, me vendaría los ojos y me ataría a la cama. Cuando yo despertase comenzaría el juego. Un juego especial.


Cristina seguía riéndose a carcajadas.


—No me lo puedo creer, Lali. ¡Estás completamente loca!


Cuando se levantaron de la mesa, un joven se aproximó a ella y le rozó disimuladamente la mano derecha. Lali no le dio importancia a ese hecho. El hombre ni la había mirado con lo que, simplemente, habría pasado demasiado cerca de ella.


Salieron del local en dirección a su lugar de trabajo, pero ese día tuvieron un acompañante secreto. Unos pasos atrás de ellas, el joven que antes le había rozado la mano, caminaba disimuladamente. Las siguió hasta el instituto. Sus ojos refulgieron al imaginar lo que pronto iba s suceder.


* * *


La oscuridad se cernía sobre la ciudad. Los nubarrones negros cubrían el cielo formando un espeso manto que no dejaba a ninguna estrella asomarse. La fuerte lluvia golpeaba con avidez todo aquello que encontraba a su paso rebotando en las paredes, las aceras y en el frío asfalto. El otoño había comenzado con ímpetu y, desde hacía ya tres días, no paraba de llover. A esto se le sumaba que la forma de llover en Cádiz es bastante peculiar porque el viento siempre acompaña al gaditano. Ya sea viento de Levante o de Poniente, en nuestras ciudades siempre «corre aire». El viento hace que, cuando llueve, el agua vaya de un lado al otro empapándote te pongas lo que te pongas. Las gotas caen sobre ti como fuego cruzado en campo enemigo. Intentas salvarte corriendo hacia tu destino, pero al final, acabas herido.


            Eulalia abrió la puerta del coche y sacó el paraguas antes de salir del vehículo para mojarse lo menos posible. Aunque la distancia que la separaba de la puerta del instituto era de apenas dos metros, el agua caía de forma tan feroz que azotaba sus hermosas botas de Prada. Botas que, a pesar de estar preparadas para la lluvia, tenían unos tacones de vértigo.


            Y es que la directora cuidaba mucho su atuendo. El dinero nunca había sido un problema en su familia y la elegancia, que le había transmitido su madre, germinó en ella desde pequeña. Así que siempre iba impecable, luciendo aquellas prendas que resaltaban las zonas más agraciadas de su cuerpo y ocultando sus pequeñas imperfecciones. Si querías sacarle un defecto era una misión difícil, quizá podrías decir que sus ojos estaban demasiado juntos, o que sus labios eran demasiado finos, o que su pelo era ralo. Pero tan sólo era envidia, pues poco había de cierto en estas afirmaciones.


            Sacó del bolso su llavero de London (era el que utilizaba para las llaves del trabajo). Realizó un rápido movimiento con los dedos y, en dos segundos, localizó la llave de la puerta principal. La introdujo en la cerradura y se oyó un leve clic que le indicó que se había abierto. Cruzó el patio a paso rápido, peleándose con su paraguas y con el viento que soplaba en su contra. Llegó al vestíbulo. Allí se encontraba la puerta de acceso al edificio. La siguiente llave era la de esta segunda puerta. La abrió y se dirigió al cuadro de la alarma. Sus ojos se abrieron en un gesto de asombro al ver que estaba desconectada. «¡No puede ser! Yo soy la última que abandona todos los días el instituto y nunca me olvido de conectarla». Su cara se tiñó con un gesto de preocupación, pero fue tan sólo un instante, pues en el momento en que metía la mano en el bolso para coger su teléfono móvil notó como un brazo la agarraba desde atrás y una mano enguantada le colocó un pañuelo empapado en un líquido que olía a limón sobre la boca y la nariz. La vista se le nubló y sus ojos se cerraron casi al instante.


            Varios minutos después notó como recuperaba la consciencia gradualmente. Abrió los ojos y, aunque sintió un gran escozor, no logró ver nada. Un trozo de tela los cubría. Sintió frío y fue entonces cuando se dio cuenta de que estaba desnuda. Intentó moverse, pero no pudo. Estaba atada de pies y manos. «¿Qué me sucede? ¿Cómo he llegado hasta aquí?». Estaba demasiado mareada para pensar y tenía un fuerte dolor de cabeza. De repente, se acordó de algo. «¡No puede ser, está sucediendo! Alguien escuchó mi conversación con Cristina. ¿Qué hago? ¡Puede ser un loco, un asesino!». Estaba muy asustada. Aguzó el oído y logró oír una respiración cerca, demasiado cerca de su cara. El mareo aumentó, sintió náuseas y volvió a perder la consciencia.


* * *


            Un fuerte olor la despertó del sueño. Ya no tenía los ojos tapados y pudo ver a un fornido hombre sentado a su lado en la cama. En su mano sostenía un tarro que era el que le había acercado a la nariz. Tenía la cara cubierta con una máscara de látex que le cubría casi todo el rostro. Un fuerte cosquilleo recorrió su vientre y notó como se humedecía. Fue a decir algo, pero él le colocó rápidamente el dedo índice sobre su boca.


            —¡Chis! Si hablas tendré que amordazarte. Vamos a poner un par de reglas. En primer lugar, sólo hablarás si te pregunto. En segundo lugar, cuando te pregunte algo te dirigirás a mí como tu amo. ¿Lo has entendido?


            Lali estaba muy confusa, pero este juego le estaba gustando así que de su boca salieron dos palabras:


            —Sí, amo.


            —Buena chica. Ahora voy a taparte, de nuevo, los ojos y vamos a divertirnos un poco.

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