Hoy tengo cuerpo de puta

Laura Celeiro

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Ayer, al salir del trabajo, necesitaba despejarme y quedé para tomar un café con una amiga que trabaja cerca del Thyssen. Pasamos horas conversando. María es adorable, pero por algún extraño motivo no consigue ligar. No detecta las insinuaciones ni acusa el impacto de las miradas y dice que desde hace muchos meses no siente el más mínimo interés de ningún hombre por follársela. Ella, a mi juicio, lo merecería, por lo que supongo que su problema lo es sobre todo de actitud. Está ciega y sorda al deseo, y eso es lo que transmite a los hombres con los que se relaciona.


La verdad es que yo soy la otra cara de la moneda. Me resulta extremadamente sencillo llamar la atención de los hombres, principalmente porque me divierte entrar en el juego de forma más o menos sutil, dependiendo del contrincante. Y además tengo la certeza de que me acostaría de buen grado con muchos de ellos. Incluso ahora, aunque tengo pareja, suelo fantasear con ello y me excito. Ando caliente todo el día y estoy empezando a pensar que cualquier tarde de éstas me meto a puta o reviento.


Al despedirme de María me puse a caminar por la zona de Huertas hasta llegar a la calle donde se situaba el garito, con nombre de burdel, en el que trabajé cuando estudiaba: el China Club. Tenía diecinueve años y durante algún tiempo fui la camarera de la primera barra. Y ahí me encontraba de nuevo, paseando y recordando aquellas tardes cuando, antes de abrir, repartía tarjetas por la plaza de Santa Ana en busca de los clientes que luego llenarían mi barra.


Seguía paseando ensimismada en mis recuerdos por la calle de Atocha cuando levanté la vista al pasar por delante de la entrada de Mundo Fantástico, que presumía de ser el sex-shop más grande de Europa. Eran exactamente las seis menos veinte de la tarde y un cartel colgado de la puerta anunciaba el comienzo de un espectáculo porno en vivo, justo a las siete. Estaba bastante caliente, así que entré con paso firme hasta en el local y me puse a curiosear por las estanterías. A los pocos minutos noté sobre mi nuca la mirada de un chulo de campeonato que se había vuelto al verme entrar. El tipo tardó cinco minutos más en acercarse, me saludó y yo le sonreí. Se llamaba Pedro. Me explicó que actuaba en el espectáculo y conversamos unos minutos con naturalidad, como si nos conociéramos de toda la vida.


Me sentía valiente, lanzada, y no dudé un segundo en aprovechar la oportunidad para comentarle las irresistibles ganas que tenía de asistir a una sesión de peep-show. Pedro no titubeó. Me agarró de la mano y me invitó a entrar en una de las cabinas para que viese cómo iba a tirarse a Damaris en el siguiente pase. Ella era moderadamente guapa, tenía el pelo largo y castaño, la piel clara y su cuerpo era un amasijo de curvas. Al verla pensé inmediatamente en cómo sería su coño, aunque unos minutos después no me haría falta para nada la imaginación.


Desde la intimidad de la cabina veía como Damaris me enseñaba su coño perfecto, como esos que solía mirar durante horas en Tumblr, y me sonreía. Se encontraba a tan solo unos metros, aunque lejos del alcance de mi mano y de mi boca, pero muy cerca de la de Pedro, que forzaba el gesto dando rápidos lametones a su coño que se abría y brillaba. Era insoportable estar allí. No podía dejar de mirar y a la vez notaba que mi vagina estaba a punto de explotar. Cuando todo terminó, no sabía cómo calmarme. Me había masturbado mientras Pedro y Damaris follaban, y aún así seguía tan caliente como una perra. Al salir de la cabina, me sentí mareada y aproveché para tomar algo de aire hasta que vi aparecer a Pedro, que quiso saber lo que me había parecido.


Le puse al tanto de mi excitación y me propuso una locura que en ese momento me pareció la idea más maravillosa del mundo. Al despedirnos, quedamos en vernos al día siguiente, a las seis y media, para preparar mi estreno en el mundo que acababa de contemplar.


Esa noche, ya en mi cama, me relamía mientras volvían una y otra vez a mi cabeza las imágenes del peep-show. Por la mañana me desperté muy excitada, con cuerpo de puta, impaciente por llegar a la oficina para hablar con mi compañero y confidente. Le explique de forma atropellada todo lo que había pasado la tarde anterior y mi plan de participar hoy en el espectáculo tal como Pedro me había propuesto. Mientras se lo contaba, podía notar cómo se acumulaba la saliva en su boca, consciente yo de que su polla se estaba poniendo dura. Le propuse que viniera conmigo. Me excitaba pensar que él estaría en la cabina mirando cómo me follaban.


A las seis y media, Pedro, que me estaba esperando, me dio una peluca y una máscara que me cubría de nariz para arriba. “La boca debe estar descubierta -me dijo- pues chuparás pollas como nunca lo hiciste, así que prepárate”.


Por un segundo me asusté. Pensaba que iba a ser Pedro quien me follase, pero en ese momento me di cuenta de que tenía una sorpresa para mí. Estaba sola en el centro del espectáculo y me sentía tensa, pero a la vez inflamada por el deseo de exhibirme ante desconocidos pajeándose a mi costa y con unas ganas terribles de empezar. Me reconfortaba además saber que también estaba mi compañero de trabajo y quería sorprenderle. Sospechaba que no podría dejar de masturbarse en cuanto viera lo puta que puedo llegar a ser. Tengo mucho sentido de la responsabilidad y cuando hago algo me propongo ser siempre la mejor. Empecé a acariciar mi cuerpo, bailando al son de la música y contoneando las caderas, y unos minutos después se materializó otra chica en el marco de la puerta. Me gustó. Sus tetas eran grandes y sus carnes firmes. Enseguida empezó a tocarme. Su manoseo me relajo y olvidé por unos segundos las miradas. Me metió los dedos en la boca para humedecerlos. Su sabor era delicioso. Con la otra mano me agarró el coño y lo acarició despacio jugando con mis labios y metiendo en mi vulva sus delicados dedos. Yo estaba ardiendo. Nunca había sentido nada igual. Empecé a perder el sentido mientras me chupaba las tetas y llevaba luego sus labios hasta mi coño para comérmelo. Aquello era una locura. Le cogí la cabeza para que no la apartara de ahí, miré alrededor y cobré conciencia de las pupilas chispeantes que me acribillaban. Las de mi compi también lo hacían, y eso, de puro morbo, me condujo a un orgasmo nuclear.


Aparecieron entonces dos mulatos guapísimos y provistos de unos rabos descomunales. Al verlos caí en trance, me lancé con la boca en ristre hacia ellos y empecé a chupárselas alternativamente. No podía parar y no lo hice hasta que la inminencia del semen comenzó a endulzar mi lengua. Ellos me tumbaron y me comieron el coño y el culo, impacientes por follarme, y yo, desesperada, a la espera de que lo hiciesen. La otra chica se aplicó a la tarea de ensalivar sus pollas para que entrasen bien, aunque no hacía falta. Mi coño echaba humo. Era un fogón. Uno de los mulatos se tumbó boca arriba y yo me senté sobre su polla, bien metida, mientras el flujo vaginal iba deslizándose despacio por mis muslos.


Me folló el coño con contundencia. Creí que me iba a morir de gusto allí mismo. De repente noté que el otro empezaba a buscar el minúsculo agujero de mi culo. Me asusté, pero no pude resistirme. Sentí como metía sus dedos mientras mi esfínter se ceñía alrededor de ellos. Me acarició así durante un buen rato hasta que mi culo de abrió de gusto. Un instante después tenía toda su polla dentro. Enloquecí. El placer era brutal. Me corrí varias veces sin parar, hilvanando los orgasmos.


Al recuperarme, no sin esfuerzo, me di cuenta de que ya nada, nunca, volverá a ser igual. La puta que había en mí ha salido a flote desde lo más profundo del alma y jamás dejaré de vivir en ese mundo fantástico. Cuando salí de la sala, tú estabas fuera, esperándome, y no fue necesario decirnos nada. Te abracé y me besaste. Sentí tu cuerpo caliente y sudoroso, y olfateé tu excitación en el cuello mientras me estrujabas con fuerza contra tu cuerpo. Pude sentir tu polla y como se empapaban de nuevo mis bragas húmedas. Te agarré de la mano y te pedí que me follaras esa misma noche. Asentiste, me cogiste de la mano y nos fuimos. Lo que a partir de entonces sucedió ya es asunto nuestro.

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